Fleet Foxes: Crack-Up

Fleet Foxes

Crack-Up

Nonesuch; 2017

Después del lanzamiento de Helplessness Blues en 2011 y su posterior gira promocional, Robin Pecknold, vocalista y líder de Fleet Foxes, se inscribió en la Universidad de Columbia, poniendo a la banda en una pausa que duraría varios años. Con la intención de completar una carrera en Literatura Inglesa, Pecknold cambió la relativa tranquilidad de la costa noroeste de Estados Unidos para vivir en la caótica Nueva York.

Hablamos de Pecknold ya que se trata del principal compositor y alma de Fleet Foxes, por lo que es comprensible que lo que acontece en su vida afecte la dirección que tome la banda. Y así ha sido esta vez más que nunca. Será que su estancia en la universidad le otorgó una nueva forma de pensar y ver las cosas, pero Crack-Up, tercer álbum de Fleet Foxes, es su trabajo más complejo y desafiante hasta la fecha.

El debut homónimo de la banda fue una extraña pero agradable sorpresa en el mundo indie. Su alma folk y pretensiones de profundidad eran innegables, pero también era una música que resultaba extrañamente amigable, con melodías que podían volverse familiares después de pocas escuchas. En Helplessness Blues se mantuvo el mismo tono, pero se notaba una búsqueda por llevar el sonido ya propio a otro nivel.

Y aunque Fleet Foxes no es una banda que pueda considerarse cool, en Crack-Up abrazan esto más que nunca. Los elementos recurrentes de su música siguen ahí: guitarras acústicas, arreglos orquestales, metales, armonías vocales, pasajes instrumentales, pianos, bases rítmicas sencillas pero potentes. Siguen sonando inconfundiblemente a Fleet Foxes, pero la complejidad de sus elementos dio un salto gigantesco, al mismo tiempo que se aleja varios pasos de un sonido accesible y del agrado popular.

Algunos hablan de la música de los de Seattle como prog-folk (folk progresivo, pues). Sea esto completamente adecuado o no, nos da una idea de a qué suena. La instrumentación, más que ser un vehículo para la voz cantada, es un personaje central por sí mismo, adquiriendo matices muchas veces insospechados para la sensibilidad folk. Pero más que aventurarse en el virtuosismo muchas veces asociado con el progresivo, se centra en la construcción de paisajes.

Lo de Fleet Foxes en Crack-Up, musicalmente hablando, se trata de paisajes. Es un bosque de árboles descomunales, donde la luz apenas traspasa las copas y el aire es difícil, espeso. Es una playa donde las violentísimas olas embisten contra las rocas y el sol se esconde tras las nubes grises cargadas de tormenta. Es un paisaje ya inexistente, perdido hace miles de años junto con alguna civilización antigua.

La manera en que Pecknold y compañía adoptan nuevos elementos y los absorben resulta más que sobresaliente. Hay influencias de sintetizadores estilo krautrock, acordes de jazz, cuerdas mediterráneas, ritmos apaches, gnawa (un tipo de música ancestral islámica del norte de África); pero éstas nunca son demasiado obvias ni rebasan los límites de lo que Fleet Foxes es.

Si bien esta banda nunca ha tenido un éxito masivo, algunas canciones como “White Winter Hymnal” o “Ragged Wood” tenían potencial de quedarse en la cabeza por un rato. En Crack-Up es evidente la falta de un candidato obvio para ejercer la función de sencillo amigable. La elección de “Third of May/Ōdaigahara”, de casi 9 minutos de duración, como primer adelanto, deja ver el tipo de álbum ante el que estamos.

Así que, en vez de embarcarse en la búsqueda (asumida como inútil) de una pieza perfecta de tres-y-tantos minutos, Fleet Foxes decide perderse en el viaje de armonías, ritmos y texturas. El nivel al que logran hacerlo está en una escala que parece inalcanzable para la gran mayoría de bandas “indie” en 2017.

Con esto pareciera que Crack-Up es un disco pretencioso e imposible. Quizá la primera escucha pueda ser desconcertante, o difícilmente alguna de las canciones se quedará en tu cabeza a la primera. Pero esto se debe a que es un disco hecho con tremenda paciencia y habilidad, con enorme pasión y amor, que exige lo mismo de aquél que escucha. Una vez que logramos penetrar, encontramos una obra sumamente generosa y cálida.

“Puse la música a un lado por un rato, porque era confuso”, confesaba Pecknold para Pitchfork recientemente. ¿Debe la música sólo sentirse bien o es un problema intelectual que se resuelve a través del sonido? No hay respuesta correcta. Así como el hombre se enfrenta a los misterios de la naturaleza para tratar de resolverlos, Crack-Up es el intento del artista por resolver el misterio de la música. Hay miles de respuestas, y el riesgo de elegir una es enorme. Pero vale la pena.

Homo sapiens | CDMX | Periodismo musical | Producción audiovisual

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