La vida de Calabacín

Ícaro, o como él prefiere que le llamen, Calabacín, es un niño que por azares del destino queda huérfano y debe vivir en un orfanato junto con otros niños que están en la misma situación. Calabacín, Simón, Camille y el resto de los niños huérfanos descubren que no todo está perdido sí tienes a tus amigos cerca.

Quizá pienses que esta es una historia que Disney podría haber hecho, pero no es así. No con esa sensibilidad y realismo. La vida de Calabacín es el primer largometraje animado del director suizo Claude Barras; fue presentado durante la Quincena de Directores del Festival de Cannes en 2016 y desde entonces no paró de sonar en festivales y premiaciones alrededor del mundo, incluso fue nominada a Mejor película animada en los Globos de Oro y los Oscar.

Para desgracia de Barras, su película compitió en las premiaciones más importantes con dos películas Disney: Moana y Zootopia, la cual terminó llevándose las estatuillas tanto en el Globo de Oro como en el Oscar. Sin embargo, esto no significa que La vida de Calabacín no los mereciera. Al contrario, pienso que esta película aporta mucho más que la ganadora.

De entrada, porque toca temas tan sensibles como el abandono, la orfandad y la adopción de una forma tan cuidadosa que logra convertir una tragedia en una historia llena de ternura y esperanza. Además, los personajes son entrañables. Desde el principio de la película, logras establecer un vínculo emocional con Calabacín y el resto de los niños, el cual se fortalece conforme se desarrolla la trama.

Cada huérfano tiene una historia diferente, todas cercanas a la realidad social actual. Desde el niño que es separado de sus padres drogadictos, pasando por una pequeña que es separada de su madre por ser inmigrante ilegal, hasta una niña que era abusada por su padre, La vida de Calabacín logra conmover y emocionar como pocas películas animadas.

Por momentos, la película recuerda a Los 400 golpes de Francois Truffaut, principalmente por el personaje de Jean-Pierre Léaud, quien interpreta a Antoine Doinel, un niño abandonado emocionalmente por sus padres, situación que lo hace perder el camino y toma una actitud agresiva como la de Simón en la película de Claude Barras. Tal vez sea mi imaginación, pero la secuencia de la pelea de bolas de nieve en la cabaña es casi tan catártica como la pelea de almohadas en Cero en Conducta de Jean Vigo, cinta que el mismo Truffaut homenajea en Los 400 golpes.

Hay una secuencia donde Calabacín descubre la trágica razón por la cual su amiga Camille llegó al orfanato. En el documento dice que la pequeña vio morir a sus padres, y Calabacín se da cuenta de que ese es el motivo por el cual los ojos de su amiga se ven tan tristes. Son precisamente los ojos uno de los personajes principales de la película, pues Barras tuvo la brillante idea de darles el centro de atención en el diseño de los personajes. Todos tienen esa misma mirada triste y a veces perdida, que da la impresión de que con sólo miraros podrías ver la razón de su semblante.

Basada en la novela Autobiografía de un calabacín de Gilles Paris, la película ofrece un retrato que por momentos resulta poco complaciente, porque como espectador quisieras poder detener tanta tragedia. Así, La vida de Calabacín es una película que te llena el corazón de gratitud por tener una vida afortunada, comparada con la de estos huérfanos que encuentran en la amistad una motivación para seguir con sus vidas.