10 años del Sound of Silver. Melancolía 99.1% pura.

LCD Soundsystem

Sound of Silver

DFA/Capitol/EMI; 2007

La mayoría de nosotros confundimos bastante el sentimiento de melancolía con el de nostalgia. Y, aunque técnicamente los dos evocan a la tristeza fácilmente, su diferencia radica en que una, la nostalgia, se trata de negar, negar el doloroso presente -citando a Woody Allen- y la otra meramente nos recuerda lo que fuimos en algún momento de nuestra memoria, no precisamente por algún error, sino por lo que pudimos haber hecho en aquel momento, ya sea para haberlo hecho mejor o para prolongarlo incluso más de lo que creemos recordar.

Debido a esto es que el 2007 se ha vuelto -una década después- un año bastante melancólico en cuanto a lanzamientos. Radiohead, Arcade Fire, Spoon y los Arctic Monkeys se encargaron de sobresalir lo suficiente para pronosticar algo digno de rememorar -mediáticamente hablando-; aunado a estos sucesos, ocurrió la última (hasta ahora) gira de Daft Punk con su impresionante pirámide y, aunque un poco fuera de panorama, debo mencionar también las despedidas de dos emblemáticas bandas del rock en español: Soda Stereo y los Héroes del Silencio.

Es por eso que ese año, que quizá algunos vivimos muy jóvenes, es un año que probablemente en su momento pasó “desapercibido” para nosotros, y que ahora recordamos como un ciclo donde las inflexiones correctas o incorrectas pudieron serlo todo; donde el haber escuchado el LP debut de Blonde Redhead te habría hecho sumamente popular ahora.

Y precisamente estos “hubiera” modificados son lo que debemos evitar, porque esos sucesos ya tuvieron su tiempo, y lo único que debería quedarnos de ello es su legado. Legado que no necesariamente se trata de volver a escuchar un álbum y decir: “¡qué buenos tiempos, debí escucharlo más veces!” sino todo lo contrario, y encontrar esa forma de ver qué fue para nosotros, descubrir qué más hizo el lanzamiento de tal o cuál, y sí realmente está siendo relevante: ¿qué papel funge en la realidad musical de nuestros días?

Aquí es donde entran James Murphy y compañía con el afamado Sound of Silver.

LCD Soundsystem era una banda solo un poco más que medianita con su primer disco, y no lo digo por una infravaloración del talento demostrado, ni por la bellísima fiesta que armaba. Pero digamos que el 2005 fue un año complejo y bastante atascado de resaca noventera, de esa resaca que hace prometer no volverlo a hacer; sí, todos sabemos que mentimos, pero eso no quiere decir que “Daft Punk Is Playing at My House” no sea una rolota, y que la influencia de los noventa no permee de manera un tanto negativa en Murphy (sin ofender a los tintes post-punk) pero tampoco se llega a la grandeza con un concepto tan corto como el logrado con el álbum debut. Me gusta pensar que llegada la “despedida” en 2014, James conocía perfectamente el concepto planteado, logrado y querido alrededor de todo LCD; que éste, ya con 3 álbumes y varias giras después, había por fin culminado, y que por ello decidió acabar todo con un gran y ruidoso final en el Madison Square Garden.

Final que terminó convirtiéndose en solo una intermisión de 3 años. ¿Buena decisión, mala decisión? Ya se verá en unos meses.

En fin, regresemos al 2007. LCD Soundsystem, como todo buen grupo de newyorkers, “iban por todas las canicas”. Estaban en ese momento de levantar la mano e izar una bandera que probablemente ni ellos se habían imaginado que existía, pero que surgiría justo en el mismo año que Hissing Fauna, Are You the Destroyer?,(Of Montreal), Icky Thump (The White Stripes) y Graduation (Kanye West) hicieron su aparición en las tiendas; todos juzgados desde una meritocracia ficticia tienen cualidades interesantes y obviamente cada quien podrá tener su favorito entre estos y otros más, pero es inevitable negar que Sound of Silver tenía algo especial, algo que pronosticaba su futura relevancia, la cual fue provocada probablemente por una chispa melancólica única en su tipo, asequible solo por un talento excepcional, o quizá por un simple golpe de suerte.

¿Qué hay de diferente?

Una historia, pero el acierto no recae llanamente en ésta, porque no hay nada especial en relatar historias a través de un álbum. De facto es estúpidamente común y, aunque no se pude acusar desde esa vista, es bastante frecuente encontrar desgastados ciertos recursos, ya sean literarios o melódicos, que terminan ahondando la mayoría de las veces dentro de los mismos conceptos: relaciones, relaciones rotas, trips, muertes, acontecimientos históricos, riffs, acordes, amistades, etc.

Es ahí donde nuevamente destacan los de New York, porque, como todo buen top, su genialidad radica en la manera de materializarlo, de concretar un sonido propio para expresar el cometido. En este caso, en un cometido de 56 minutos que destroza y re-imagina el pre-planteado esquema per se, y que para los LCD tenía como único objetivo ser totalmente plateado (literalmente). Por eso es que es una placa que sin duda fue firmada, forjada y diferenciada por los parámetros creados por ellos mismos, aun con todos esos elementos utilizados que pudieron o no ser un común denominador en otras circunstancias.

Por eso es que desde las concepciones de un amor frustrado hasta el orgullo reivindicado por la pista de baile (o viceversa), tuvieron que ser conquistadas y modificadas para su uso en el álbum. Conceptualizando así de manera innata todo ello: todo su amor por New York, toda esa tristeza y experiencia vivida, justo al mismo tiempo que la incentiva de hacer algo exponencialmente mejor, y así replantear/reinventar/desarrollar la manera de concebir un sonido propio, de ser esa excepción groove que durante nueve pistas parece ser omnipotente.

Inevitablemente, como en todo, hay puntos o tracks claves a lo largo del recorrido musical. Por ende, es indispensable acotar que “Someone Great”, “All My Friends” y “New York, I Love You but You’re Bringing Me Down” tienen un lugar aparte dentro del rango marcado por todo el elepé, pero también es inefable pensar que pudiesen formar parte de alguna otra elaboración. Por esto y todo lo anterior es que la añoranza de un mal necesario como lo es la melancolía se puede condensar en éste álbum; porque independientemente de lo que nos haga pensar o sentir al escucharlo, lo que dejó plasmado y encriptado para su deguste diez o mil años después must be por la enseñanza y la grandeza que puede dejar algo bien hecho. Algo fuera de la caja.

Algo que posiblemente recordemos durante toda nuestra existencia.

Y ahí, justo donde la melancolía parece ser de leve importancia, nos damos cuenta que necesitamos más discos como el Sound of Silver, que si bien no alcanzan la perfección, mueren con cada vibración en el intento. Pero es a sabiendas de dominio popular que nadie morirá si no llega otro álbum de esta magnitud y quizá es por ello que deberíamos darle play una vez más.