El cine también se escucha

La anécdota va más o menos así. Estaba en curso la 60 Muestra Internacional de Cine en la Cineteca Nacional, la primavera del año pasado. Acudí a una función de La asesina, de Hou Hsiao-Hsien, película que, si uno se deja guiar por el póster y la mercadotecnia, promete mucha acción y espadazos.

Me senté en el lugar asignado, justo cuando comenzaba el filme. A mi lado derecho, se encontraba una mujer con su pareja y una caja grande de palomitas en las piernas. Resultó que La asesina, más que peleas, tiene largos pasajes sin diálogos, contemplativos, con un diseño sonoro que privilegia los ambientes donde se desarrollan las escenas.

A mí vecina poco le importó esto. Su manera de comer las palomitas era estruendosa. Desde que encajaba la mano en la caja para obtener la mayor cantidad de producto posible, moviendo las palomitas de un lado a otro. Y su forma de masticar era, por decirlo amablemente, irrespetuosa con la ecología sonora. Encima, no dudaba en comentarle a su pareja “ya, toma, si no me las voy a acabar”, para segundos después arrepentirse y seguirle dando a su acometida palomera.

Mientas el filme me invitaba a disfrutar de sus ambientes visuales/sonoros, ella me incitaba a levantarme de mi asiento e irme. Por fortuna, las palomitas no son eternas, y su concierto de música experimental en plena sala de cine duró solamente los primeros minutos de la película; el resto transcurrió con relativa tranquilidad. Obviamente, no es la única ocasión en que me ha ocurrido algo similar.

Más allá del respeto hacia las demás personas en una sala de cine (otro tema), retomo la historia por otra razón. En La asesina, como en muchos otros filmes, el sonido es una parte importantísima. Claro que no se puede generalizar, pero la actitud de mi vecina de asiento representa, me atrevo a decir, la de mucha gente: les importa muy poco, o nada, el sonido en el cine.

El cine es un medio (a veces arte) audiovisual. No exclusivamente visual: audiovisual. La misma palaba lo dice: es mitad imagen (en movimiento), mitad sonido. Omitir la mitad de lo que una película puede ofrecernos parece demasiado. El problema es que, a simple vista, a ojos de lo cotidiano, no parece gran cosa.

Esto quizá no sorprende en una época en la que el sentido de la vista goza de un predominio apabullante sobre los otros cuatro. Es difícil negar que nuestra manera de entender el mundo pasa irremediable y principalmente por los ojos. Si queremos examinar algo, lo observaremos con atención, desde distintos ángulos, lejos o cerca. Después, quizá, nos atrevamos a tocar, oler, escuchar o saborear: un extra a la experiencia de ver. La cultura occidental parece haberse construido alrededor de esta condición: televisión, cine, carteles, pinturas, museos, esculturas, espectaculares, luces.

El sonido, como fenómeno físico, siempre está ahí. Nunca desaparece. Para dejar de ver basta con cerrar los ojos, pero nunca podemos dejar de escuchar (ni siquiera cuando dormimos). Sin embargo, es nuestra perspectiva la que nos hace poner más atención en ver que en escuchar. El cerebro es selectivo, y da prioridad a los ojos, ya sea para sobrevivir o simplemente para ver una película.

Eso: ver una película. En la forma en que nombramos el acto va implícita nuestra actitud al realizarlo. No vamos al cine a escuchar una película. Aun cuando el sonido está ahí más que evidentemente (no me digan que en una sala de cine no hay buen sonido), parece que estamos configurados para relegarlo a un segundo plano. Pareciera que el sonido no es tan importante porque, irónicamente, no lo podemos ver.

Pero el sonido es mucho más que un mero acompañamiento para la imagen. ¿Les ha pasado que escuchan una película en otro cuarto y son capaces de reconocerla por sus sonidos? ¿O han puesto una película para, literalmente, sólo escucharla mientras hacen otras cosas? Eso es porque la parte sonora del filme carga con una gran cantidad de su sentido. Traten de ver una película quitándole el sonido. O mejor, véanla con otra música, otras voces. El sentido de la película, tal como lo conocemos, sólo se da en la relación de sus imágenes y sus sonidos.

¿Qué escuchar? Todo. Las voces de los actores, con sus diferentes entonaciones, dan un sentido específico a lo que están diciendo (de ahí el odio de varios por las películas dobladas). Los efectos de sonido, por muy obvios que parezcan, están ahí por algo (traten de ver una película de acción sin ellos). Ni se diga la música, que a veces parece no estar ahí, pero nos pone en el mood necesario. Incluso los meros ambientes pueden situarnos en el lugar que estamos viendo.

Traten de escuchar. Muy seguramente, su experiencia en el cine será más amplia, y su apreciación de la película, más completa. Sonidistas, editores de sonido, mezcladores, diseñadores sonoros, efectistas, compositores; todos merecen que su trabajo sea igual de reconocido que el de fotógrafos, actores y directores. (Y de paso se volverán espectadores más respetuosos).

Epílogo (fe en la humanidad restaurada)

Hace poco acudí a ver (¡y escuchar!) 2001: Odisea del espacio en la Cineteca Nacional. El respeto que la audiencia presentó por la película era admirable. Los pocos que se atrevían a hacer ruido eran rápidamente silenciados por discretos “shhh”. Ello me dejó un buen sabor de boca. Sí, la de Kubrick es una película que se presta para tales condiciones, pero ojalá así fuera más seguido.

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