La La Land, más que una historia de amor

Contrario a lo que podría parecer, la nueva película del director de Whiplash no es sólo un cliché y un homenaje a los musicales hollywoodenses clásicos

En 2011 Oxford agregó oficialmente a su diccionario la palabra la-la land: un concepto que puede referirse tanto a la ciudad de Los Ángeles, como a estar fuera de la realidad, soñando o “en la luna”. En ocasiones, la-la land puede significar estar en ambos lugares al mismo tiempo.

En los años 20, cuando Hollywood comenzó a edificarse como la meca del cine, los aspirantes a estrellas le apodaron “La La Land”. El apodo era una mezcla entre L.A. (Los Ángeles) y lo que decía un gran letrero luminoso que comenzaba a asomarse entre las colinas que anunciaban un nuevo complejo habitacional: Hollywoodland. Con el tiempo, las luces del letrero dejaron de funcionar y retiraron el “land” de la palabra para convertirse en lo que hoy conocemos como el símbolo representativo de la industria.

Fuera de los estudios, Hollywoodland fue sinónimo de vicios y excesos; distaba de la imagen glamurosa que logró conforme al crecimiento y reconocimiento de su cine. Pero algo que sobrevivió al paso del tiempo fue la idea de que La La Land es un lugar donde la magia es posible y los sueños se hacen realidad, tal como dice el emblema actual de la ciudad.

Damien Chazelle (Whiplash: música y obsesión, 2014) sabe que en Hollywood la magia es posible y por eso La La Land: Una historia de amor (2016), su tercera película, es un homenaje a la ciudad donde cumplió los sueños. La película no podía tener un nombre más ad hoc ¿no creen?

Mia (Emma Stone) es una aspirante a actriz que trabaja en una cafetería en los Estudios Warner. Sebastian (Ryan Gosling) es un músico de jazz que de haber nacido en otra época, tendría el éxito garantizado. Juntos persiguen el sueño de convertirse en grandes figuras que iluminen el cielo de La La Land, la ciudad de las estrellas.

Chazelle utiliza la historia de amor entre los protagonistas para homenajear al cine clásico hollywoodense de los 40 y 50, así como a la ciudad e misma. Qué mejor forma de rendir tributo a ese cine que lo formó como realizador que filmar como se hacía entonces: en 35 mm y con CinemaScope. Sólo una de las secuencias finales está filmada en 16 mm para lograr el efecto de color que necesitaba y representar algo que en lugar de un sueño pudo haber sido un recuerdo para los protagonistas —quienes ya la vieron, sabrán a qué me refiero—.

Visualmente, la película es un recordatorio constante del Technicolor, la técnica de color más utilizada hasta principios de los cincuenta, que permitía esa saturación de color característica de los musicales del cine clásico. Las escenografías, los colores del vestuario y la iluminación fueron pensados para lograr las referencias necesarias y llevarnos en un viaje onírico al pasado desde el presente de los personajes.

La cámara es otro personaje, un bailarín en las coreografías: los números musicales en su mayoría fueron filmados como planos secuencias, lo cual agrega un punto más a la complejidad técnica de La La Land. Tan sólo la primera secuencia de la película no tiene cortes; es un número sencillo pero con ejecución impecable que sirve de introducción a todo lo que está por venir.

La película no es sólo una comedia romántica, aunque así parezca en su descripción. Los personajes, con sus propios duelos internos por no saber cómo sobrellevar el éxito del otro, representaron un reto físico para los actores. Las coreografías ejecutadas con precisión y Ryan Gosling tocando el piano como una promesa del jazz son resultado de un trabajo previo y horas de práctica dignas de ser reconocidas. Emma Stone brilla aún sin las coreografías por su expresividad, logra transmitir junto con Gosling la frustración detrás de lograr el sueño.

L.A. es otro personaje en la historia. Sus característicos atardeceres entre rosa y anaranjado aparecen constantemente, así como lugares emblemáticos de la ciudad que aparecen en las películas a las que se hace referencia en la trama: Casablanca (1942), Rebelde sin causa (1955) y Cantando bajo la lluvia (1952). Como el mismo Chazelle lo dijo: una de sus más grandes influencias es el cine musical de la Nueva Ola Francesa, particularmente el de Jacques Demy, y La La Land está llena de guiños al trabajo del cineasta francés, tanto en las imágenes como en la música.

Las estaciones del año como metáfora del amor es algo que hemos visto en numerosas ocasiones; sin embargo, en la película de Chazelle es la cereza del pastel poético que nos presenta. Le da ritmo a la película y cierra de forma espléndida con un epílogo musical que corona a La La Land como un homenaje a la estética y la música que convirtieron a Hollywood en la gran meca del cine.

Y sólo Hollywood podía romper su propia regla: el “happy ending”. Tal como lo hizo Casablanca en su momento, esta historia que tiene todo para ser una comedia rosa decide terminar con un final diferente sin dejar un mal sabor de boca. Un final que nos deja una pareja entrañable como las que forjaron el star-system estadunidense.

 Más que una historia de amor, La La Land es un homenaje al cine y a la ciudad de las estrellas que hace los sueños realidad. Es un recordatorio de que aún en tiempos de superhéroes, franquicias literarias y comedias simplonas, se puede regresar al origen, a eso que hizo de Hollywood la industria que es hoy.