Loco, estúpido, naíf e inmoral amor

En 1995 Richard Linklater realizó una de sus mejores películas: Antes del amanecer (Before Sunrise), sobre un encuentro fortuito entre dos desconocidos que pasan toda una noche juntos y descubren una relación diferente a todas las que han tenido y tendrán—.

Así de fortuitamente conocí la obra de Manolo Caro. Como cualquier admirador de Almodóvar fui a ver su ópera prima, No sé si cortarme las venas o dejármelas largas (2013) para entender por qué una actriz española tan famosa como Rossy de Palma había caído en una película mexicana. Cuando la vi, entendí que ella era el más grande de todos los homenajes al manchego a lo largo del filme. En Caro vi a alguien que claramente veía el mismo cine que yo; encontré a un autor que no sólo quería hacer algo para sí mismo, sino que ofrecía algo original y de calidad a un espectador, tanto así que su opera prima, y cada película que ha hecho le ha ido increíblemente bien en taquilla, y ahora estrena su cuarto opus.

David Fincher alguna vez mencionó que divide sus obras como películas y filmes. Las películas son aquellas que se hacen únicamente con fines comerciales, así como para el placer de la audiencia; y los filmes son para el público, más audaces y atrevidos. Él ejemplifica diciendo que La Habitación del pánico es una película, mientras Zodiaco y El club de la pelea son filmes. Manolo Caro tiene dos películas y ahora dos filmes. 

La vida inmoral de la pareja ideal (2016) , el nuevo filme de Caro puede ser tanto su mejor película como su peor por la misma razón: es dueña de una ingenuidad enorme, tanto narrativa como formalmente.

Como en sus anteriores trabajos, los personajes están luchando con la búsqueda del amor, pero afrontando de una forma naif, aun más que en Amor de mis amores (2014). En Antes del atardecer Celine declara “El amor para siempre vende” y ésa puede ser la mejor forma de desacreditar el cine de Caro, rebajando sus obras a cualquier comedia romántica o película donde haya una subtrama amorosa. Sin embargo, sus películas no son manufacturadas para un éxito comercial, sino que la honestidad atraviesa la pantalla, haciendo que el público sienta empatía, La vida inmoral… defiende su ingenuidad gracias a ésa honestidad inherente claramente utópica muy seguramente autobiográfica, que se lee como un “me gustaría que hubiera pasado” de parte de Caro, a diferencia de sus otros relatos, que son de final agridulce como la vida misma.

Por lo general, sus películas tienen una fuerza estética superior a la gran mayoría de las películas mexicanas, y esos adornos comienzan desde un prólogo, como el flashforward al ritmo de manecillas del reloj en Las Venas, hasta un epílogo, como las olas del mar de Acapulco dispersando las cenizas del esposo de Elvira y los créditos, mientras que la protagonista nada entre ellos.

En su cuarto opus, Manolo Caro reduce estilo, introduciéndonos a la vida de ésa pareja ideal con una leyenda (importante más adelante) con una fuente que evoca a la advertencia de ficción en Los amantes pasajeros, seguida de una bella y poco explícita escena de cama, parecida a la espléndida de Átame. El estilo surge hasta que los protagonistas se juntan, y los recuerdos comienzan a fluir.

No vi ninguna de las obras de teatro que hizo Manolo Caro. Sin embargo no noté hasta La vida inmoral de la pareja ideal la influencia teatral. El último acto recuerda a películas de espacio minimalista, como Carnage de Polanski o El ángel exterminador de Buñuel, fácilmente traducible al teatro donde, al igual que éstas, cierta elegancia se va perdiendo.

La importancia de Manolo Caro radica en la carencia de una buena industria cinematográfica en el país. Películas parecidas a las de él son en su mayoría o remakes (No manches, Frida) o poco interesantes (Cásese quien pueda), o simplemente pobremente creadas (Los fabulosos 8), mientras las suyas mas que intentar ser comedias románticas son comedias mexicanas, que están al nivel del cine extranjero como el de Linklater, así como otras buenas propuestas como la sorpresiva Sopladora de hojas (Dir. Alejandro Iglesias) o la elegante  Tercera llamada (Dir. Francisco Franco),  necesarias para que nuestro cine crezca. 

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