Loveless. La des-invención del rock.

My Bloody Valentine

Loveless

Creation; 1991

¿Se puede crear mediante la destrucción? La respuesta no sólo es afirmativa, sino que, a veces, destruir lo hecho por otros (o uno mismo) es la única opción para llegar a nuevos territorios. Eso es justamente lo que hicieron Kevin Shields y My Bloody Valentine con Loveless, una obra (sí) de arte, que lo mismo es un acto de violencia que uno de tremenda expresividad.

La grandeza de Loveless no vino exactamente de la nada. My Bloody Valentine había lanzado en 1988 un álbum que rayaba en la perfección: Isn’t Anything. En aquel momento, estos irlandeses no eran muy diferentes de algunas otras bandas con intereses similares, y en la prensa musical se hablaba de términos como noise pop, dream pop y shoegaze para referirse al estilo que éstas comenzaban a popularizar.

Pero era claro que My Bloody Valentine tenía algo especial. Su disco debut fue una referencia inmediata, y muchas bandas comenzaron a imitar ese sonido borroso que confundía los límites entre los diferentes elementos musicales. En 1989 comenzaría la grabación de un nuevo álbum, el cual tardaría dos años en ser completado, aunque no debido a factores externos.

Kevin Shields, cantante, guitarrista y líder de la banda dominó el proceso de principio a fin. Tratando de recrear los sonidos imaginados en su cabeza, Shields grabó prácticamente todos los instrumentos por sí mismo (a excepción de “Touched”, compuesta y ejecutada por el baterista Colm Ó Cíosóig); experimentó con el tremolo, la afinación, la producción, el feedback, los samples y prácticamente todo. Su obsesión por la perfección llevó al grupo a 19 estudios diferentes y a trabajar con un buen número de ingenieros.

Durante el tiempo que Loveless cobró vida, My Bloody Valentine se convirtió en un dolor en el trasero para Alan McGee, patrón de Creation Records (que ese mismo año había lanzado otro álbum parteaguas), que hacía corajes cada vez que Shields le pedía un nuevo cheque. El costo final de producción ascendió aproximadamente a 250,000 libras, cifra estratosférica para una disquera independiente en la época, que prácticamente dejó en bancarrota a Creation.

Después de lanzar “Soon” y “To Here Knows When” a través de dos EPs, Loveless apareció el 4 de noviembre de 1991, sólo seis semanas después de (y opacado por) Nevermind de Nirvana. Decir que Loveless era un álbum altamente esperado y que le fue bien en ventas sería mentir. Pero para Kevin Shields no se trataba sólo de eso.

¿Y a qué suena Loveless? La respuesta, aunque suene absurda, es que suena a Loveless. En su sangre corren influencias que van desde Velvet Underground hasta contemporáneos como Dinosaur Jr, Sonic Youth y Jesus and Mary Chain. Pero su identidad propia está en el hecho de que más que reinventar la guitarra, Kevin Shields la des-inventó. Lo que parió era algo totalmente contrario al rock n’ roll. Las guitarras, las voces, las palabras, el sonido mismo, parecen no estar ahí, a pesar de que podemos escucharlos.

Como muchos de los grandes discos, este también juega con las contradicciones. Están ahí el ruido y la violencia contra la dulzura y la melodía. La belleza contra la fealdad. Estructuras simples contra texturas intrincadas. Creación contra destrucción. Letras profundas y sensuales que apenas son entendibles. El trabajo de Shields aquí es altamente experimental, y, aun así, sigue siendo pop. Y aunque destruyó la guitarra, es uno de los grandes álbumes de guitarra de todos los tiempos (¡tiene una en la portada!).

Con este disco, My Bloody Valentine se movió muchísimos niveles arriba de otras bandas similares, marcando un nuevo estándar que nunca nadie pudo alcanzar. Ahí donde otros difuminaban los contornos del lenguaje musical, Kevin Shields los destrozó por completo, sólo para construir unos nuevos. En vez de adherirse al canon en el que la música parece un acompañamiento para la palabra cantada, aquí el sonido significa por sí mismo.

Para apreciar a Loveless no hay que entender, sino sentir. Aquí los conceptos de nitidez, claridad u orden no tienen cabida. Aunque tampoco es que se trate de un caos sonoro. La proporción de cada sonido junto al otro, de cada momento antes o después de otro, es lo que le da vida. Es, si bien no el único, uno de los álbumes que abrieron las posibilidades del sonido por el sonido en la música pop. Si algo podemos aprender al escucharlo es a percibir las cualidades emocionales de las texturas sonoras.

Loveless, sin temor a exagerar, parece trascender la idea de música popular y acercarse a la de arte. Y hablar de perfección en el arte es complicado; pero en casos como este, donde algo es en sí mismo y por sí mismo, pareciera no existir otra definición. Pocos álbumes de música popular pueden permitirse que se hable de ellos de esa manera.

Quizá, Loveless sí tuvo algo negativo. Después de todas las alabanzas que generó, Kevin Shields y compañía no pudieron encontrar un camino más allá. La disquera los botó por costosos y conflictivos, y finalmente se separaron en 1997. Shields se recluyó al estilo Syd Barrett, aunque no lo suficiente, ya que diez años después reformaría la banda. Y, finalmente, 22 años después, Loveless encontró a su sucesor: m b v (2013).

A menudo se habla de este álbum como la muestra más refinada del shoegaze. Y aunque eso es cierto, su legado trasciende mucho más allá de un género. Es uno de los discos más significativos de los noventa, de los últimos 25 años y de quién sabe cuántos más. Mientras más pasan los años, su importancia se hace más evidente y su popularidad crece. Hoy, 25 años después se escucha más vivo que nunca.

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