7:19 La hora del temblor

El terremoto del 85 es la excusa para contar una metáfora política en la nueva película de Jorge Michel Grau.

Cuando un hecho trasciende la historia de un país es inevitable que se haga una película basada en él. Puede ser buscando el dinero producido por el morbo del público, como la poco inventiva World Trade Center (Stone, ‘05); o intentando un acercamiento sentimental real al suceso como Tan fuerte y tan cerca (Daldry, ‘11) o la antología de cortometrajes 11’09’01 (Varios, ’02, subrayando el maravilloso segmento “USA” de Sean Penn), las tres sobre el ataque a las Torres Gemelas. Como estos, hay muchas ficciones —y documentales, como Fahrenheit 9/11 (Moore, ’04) — de sucesos trágicos de otros países, pero poco se ha hablado en el cine de los que han ocurrido en México.

En 1989 Jorge Fons dirigió Rojo amanecer, sobre la masacre del 2 de octubre del 68 en Tlatelolco. Gracias al espléndido guión de Xavier Robles y Guadalupe Ortega —y muy a pesar de su plana realización—, el filme logró una trascendencia inmediata (reconocida a posteriori) en el cine nacional.

La narración fue sencilla: una familia queda atrapada en su departamento en Tlatelolco cuando la policía determina cortar violentamente una manifestación de estudiantes en la plaza, asesinándolos y a cualquiera que logre escabullirse a los edificios, donde la familia protagonista reside. La historia es contada desde el interior del departamento: todo lo sabemos a partir de los sonidos que entran por la ventana, lo que dicen los vecinos, en la televisión, por teléfono. Hasta que el problema entra a la casa, trayendo el final funesto.

Casi 30 años después, dos de los protagonistas —Demián Bichir y Héctor Bonilla—comparten otra vez pantalla para interpretar otro hecho que marcó la historia de México en 1985, ahora dirigidos por Jorge Michel Grau.

En 7:19, la hora del temblor dos hombres, un importante funcionario (Bichir) y el velador veterano del edificio (Bonilla), quedan atrapados en el edificio derrumbado tras un terremoto sin precedentes. Esto permite que ambos personajes comiencen a contar sus miedos e ilusiones, volviéndolos seres humanos similares y haciendo que sus clases sociales dejen de importar, lo cual convierte a la película en una inteligente alegoría política.

La cinta comparte ideas con Rojo amanecer, en especial el guión de Alberto Chimal y Grau mismo. Es clara la decisión de poner a ambos actores con fines homenajezcos, y funciona gracias al nivel actoral que ambos tienen, al únicamente poder actuar con su rostro y voz.

Pero, a pesar de las similitudes estructurales, 7:19 se eleva gracias al dominio del lenguaje cinematográfico por parte de Grau. El  mejor ejemplo es la primera secuencia, filmada en un solo plano, que logra delimitar el lugar para que después, desde los escombros, sepamos dónde están las otras personas. También el juego con la relación de aspecto en los primeros minutos del derrumbe, que hace que un pequeño espacio jamás se vuelva limitado, con la ayuda de una gran fotografía de Juan Pablo Ramírez.

Jorge Michel Grau ha demostrado su enorme talento en sus obras anteriores—Somos lo que hay ’10,  Chalán ‘12, Big Sky ’15 y las antologías de terror ABC’s de la muerte ‘12 y México Bárbaro ‘14 —. Sin embargo, en 7:19 sentí que pudo haber explotado más la historia y vi fallas que después, pensándolo bien, me di cuenta que en realidad no tiene. Incluso recordé lo que Roger Ebert dijo a propósito de Tan fuerte y tan cerca:

 “Ninguna película ha sido capaz de proveer una catarsis para el Holocausto, y sospecho que tampoco ninguna lo hará para el 9/11. Esos temas abruman el arte. La táctica usual del arte es centrarnos en individuos cuyas vidas son una reprensión  a la tragedia. Pasan de largo el evento real y se centran en el evento paralelo que termina felizmente, dándonos una razón sentimental para buscar consolación. Eso es una pequeña comodidad ante la muerte.”

Algo similar ocurre con la película de Chimal y Grau. No obstante, lo que sí lograron es expresar el sentir de muchos mexicanos a partir de dos personajes y dar una catarsis correcta con un desenlace adecuado, dejando que el evento hable por sí mismo.

En el filme hay una secuencia entrañable donde las voces de las otras personas atrapadas y los protagonistas comienzan a cantar canciones ochenteras, de Emmanuel y otros cantantes. Ésta recuerda a otra de Somos lo que hay:

Un joven está sentado en el metro. Tiene una lucha interna entre si arruinar la vida de otra persona o si arruinar su propia vida y la de su familia. Una mujer se sube al vagón.  Comienza a cantar “Atardecer Huasteco”. La canción le habla a él. Al terminar la canción la mujer cuenta que con las monedas que se ganó cantando en el metro, pagó la escuela de su hijo, y como agradecimiento pasa a dar hojas con mensajes positivos. Al joven le estira uno. Él lo rechaza, pero ella insiste. Él abre la hoja y lee: “Estás vivo”.

El estreno de 7:19 no sólo es cercano al aniversario del temblor del 19 de septiembre de 1985, también llega en el momento exacto en el que México y sus habitantes lo necesitamos. Es la forma en la que sus creadores nos recuerdan que estamos vivos.