El eterno retorno del rock. Indie en el siglo XXI.

El indie rock a comienzos del siglo XXI parecía algo increíblemente novedoso... ¿o no?

En el 2001 apareció un grupo de cinco neoyorquinos llamado The Strokes. Irrumpieron en la radio y televisión con “Last Nite”, canción con guitarras sencillas de ritmo un tanto plano, sobre una voz desgarrada y desganada. El bajo y la batería cumplían con lo necesario, manteniendo el ritmo. Mis compañeros de la secundaria y yo nos volvimos locos por aquel sonido, sin saber exactamente por qué. “Es como rock viejito con guitarras desafinadas”, lo describía un amigo.

Las alabanzas para The Strokes llovían. No tardé en comprar su álbum debut, Is This It. Todo en él me parecía extraño: su sonido hacía referencia a una época antigua, que yo ni de chiste pude haber conocido. En el booklet, las fotografías de los integrantes parecían haber sido tomadas hace treinta años y convivían con imágenes de autos viejos y dos sillas art deco claramente sesenteras frente a una pared deteriorada.

¿Por qué esto me parecía (y a todo el mundo) increíblemente novedoso? (Claro, además de por mi juventud e inexperiencia). La música en ese entonces no comulgaba mucho de aquellos sonidos que parecían una reliquia desenterrada del CBGB. El nu metal era lo cool en ese entonces, con sus guitarras metálicas y versos desenfadados. Por otra parte, Radiohead había exorcizado lo que le quedaba al rock en Kid A, el cual, al menos en papel, parecía el punto de partida para la música del futuro.

Pero aquellos cinco muchachos de Nueva York se mostraban una actitud que era tan indiferente por el futuro como nostálgica por la tradición del rock. Los críticos señalaban reminiscencias de Television, The Stooges, y, sobre todo, Lou Reed y The Velvet Underground. Se hablaba también de que habían venido a salvar el rock.

Si bien esto parece una exageración, lo cierto es que The Strokes sí representó un intento por mantener viva la noción romántica del sexo, drogas y rock n’ roll. De alguna forma, los jóvenes se habían cansado de las pretensiones futuristas de los noventa y volteaban hacia una especie de idealismo del rock por el rock. Julian Casablancas se convirtió en un modelo a seguir gracias a que era, más o menos, un cretino, que se veía aburrido de cantar por más exitoso que fuera.

¿Por qué comenzar una disertación sobre la música indie en el siglo XXI con la historia de The Strokes? Porque después de ellos nada fue igual. De repente, todos queríamos ser ellos. Tanto si eras músico como si no lo eras. Las calles se llenaron de jóvenes que copiaban el look y pretendían tener la misma actitud que ellos. Ahora la moda era no peinarse y podías ser aceptado en cualquier banda si sabías lo mínimo para tocar tres acordes.

A The Strokes siguieron Interpol, Yeah Yeah Yeahs, The Hives, The White Stripes, The Rapture, Franz Ferdinand, The Libertines, Phoenix, Bloc Party, Arctic Monkeys. Esto si hablamos de los más exitosos, pero por ahí circulaban nombres como The Vines, The Bravery, The Paddingtons, Razorlight, Jet, The Raveonettes, The Sounds y The Stills. (Era impresionante la cantidad de bandas que podías nombrar cuyo nombre empezaba con la palabra “The”).

Y así sucedió. En ese entonces, cualquier banda con batería, bajo, guitarra (la alineación clásica de rock) y un vocalista medianamente bueno podía aspirar al éxito, aunque fuera efímero. Pero no era lo único. Debía recuperarse un estilo retro, que sonara a banda nueva ensayando en garage (aunque no siempre fuera así). El virtuosismo, la experimentación y la innovación habían pasado a segundo plano. Lo in era tener una melodía pegajosa sobre guitarras que rasgaran el uno-dos-tres-cuatro a la perfección.

Pero así como era importante lo sonoro, también lo externo a ello. Los videos con filtros que remitían a los setenta inundaron las pantallas de TV. La ropa, mientras más desgastada, mejor (¡incluso parecía que algunos la rompían a propósito!). El cabello largo, despeinado, casi ceboso, parecía requisito primordial en los vocalistas. Chamarras de cuero descarapeladas, jeans pegaditos con un agujero en las rodillas, Converse negros que alguna vez fueron blancos.

Al igual que The Smiths y The Jesus and Mary Chain desdeñaron el synth pop en favor de las guitarras, o como Pavement dejó de lado las bondades de la electrónica noventera, The Strokes y el aluvial de grupos que le siguieron le dieron la espalda al futuro y no quitaron la mirada del pasado. Interpol rescató a Joy Division, The Rapture a Blondie, The Hives a New York Dolls, The Libertines a The Jam, Wolfmother a Led Zeppelin, etc. La primera década de los dosmiles se caracterizó por un reciclaje al infinito de la música guitarrera de actitud rock de los últimos cuarenta años.

Tal vez no hayan sido las primeras bandas en retomar sonidos del pasado pop inmediato (esto ha ocurrido desde los ochenta), pero pronto algunos comenzamos a sentir que nos estaban tomando el pelo y que aquello no era tan novedoso. Claro que reciclar no es algo “malo”, pero cuando eres la tercera o cuarta versión de algo es difícil innovar.

Si al principio nos pareció novedoso, quizá fuera por una cuestión generacional: aquellos que entonces éramos jóvenes no estábamos tan familiarizados con aquel pasado glorioso que las bandas actuales fetichizaban. Pronto crecimos y acudimos a aquellas referencias originales que tanto citaban. Gracias a ellos, conocimos el pasado y sus maravillas: ahora lo que teníamos enfrente ya no nos pareció tan bueno.

Otro aspecto curioso es que en esta etapa lo indie (casi) dejó de serlo. Aunque todas estas bandas venían de disqueras indie (Rough Trade, Interscope, Matador) tuvieron su principal punto de exposición en MTV y otros canales populares. Lo indie ya no se encontraba en las tiendas subterráneas ni las revistas alternativas. Ahora se hablaba de ello en todas partes, aunque los chavos de entonces no supiéramos a ciencia cierta de qué hablábamos. Esa categoría, que por casi dos décadas se encontró entre el estrellato y lo underground, por fin daba el salto definitivo a costa, quizá, de su identidad. Pero lo más importantes es que aquellas ganas indie de diferenciarse se convirtieron en ganas de parecerse a. Las implicaciones políticas de ser indie se disolvieron en una mera estética retro.

El término indie volvió a ser ampliamente usado, aunque ahora era más confuso que nunca. Durante los noventa se había preferido la palabra “alternativo”, que sirvió para emparentar a artistas tan dispares como Radiohead, Björk, NIN o Beck. Pero ahora lo indie parecía ser más una herramienta mercadológica para acercarse a los jóvenes. Si tenía la palabra indie por delante, seguramente era cool, buena onda, y te iba a gustar. Y aunque a veces las bandas podían sonar muy diferentes, todas compartían esa obsesión por los sonidos guitarreros del pasado.

Hacia la segunda mitad de la década, la palabra indie se utilizó para nombrar expresiones muy diferentes a los sonidos garage, pero igual de maravilladas con el pasado. Por un lado, aquellos que retomaban sonidos folk, como Arcade Fire, Sujfan Stevens, Devendra Banhart, Joanna Newsom, Fleet Foxes, Animal Collective, The Decemeberists, Andrew Bird o Beirut. Por el otro, se retomaba un sonido más bailable y electrónico con Klaxons, New Young Pony Club, CSS, MGMT, Cut Copy y Hot Chip. Y TODO ESO era indie, por muy diferente que fuera. La palabra no pudo terminar la década más prostituida, y se volvió uno de los términos más desconfiables a la hora de designar algo. Pronto lo que la gente llamaba indie comenzó a ser reemplazado por lo hipster, término igual de desconfiable.

Las bandas que comenzaron todo terminaron siguiendo otros caminos. The Strokes trató de demostrar que sabían tocar. Yeah Yeah Yeahs se fue por el lado electrónico. Arctic Monkeys se americanizó. The White Stripes ya ni existe y  Jack White está enfrascado en una etapa Nashville de la que nadie parece poder sacarlo. Otros como Interpol continuaron haciendo pequeñas variaciones a lo ya conocido. La mayoría de las bandas quedaron en el one wit wonder, y su rastro se perdió. Las que lograron sobrevivir se mantienen vigentes únicamente gracias a su circuito de fans más acérrimos.

Hoy las mayores innovaciones parecen venir del hip-hop y la electrónica. Lo indie, lo alejado de la corriente principal, parece difícil que exista de verdad con Internet mediando nuestras vidas. El rock parece seguir en la resaca de la repetición y muchas veces depende de combinarse con otros géneros para poder producir algo interesante. Quién sabe, tal vez pronto resurja como aquella fuerza de cambio que solía ser. O quizá no.