En busca de los nuevos gigantes.

Los siglos pasados nos dejaron artistas de gran envergadura. Es común voltear al pasado lejano, y no tan lejano, buscando ejemplos de grandes autores que en su obra dejaron un camino a seguir, ejemplo de virtud y gran talento, obras que les otorgaron el título de leyendas o de gigantes de su rama. No solo en la música; el cine y la literatura ganan por mucho más rango, en cuanto a formalidad y disciplina, si es el caso.

El siglo XXI da cuenta de ello. En este surgió el rock y toda la evolución que desemboca en la música actual. En el cine grandes figuras que fueron galardonados una y otra vez (o no, como Kubrick) y que ahora son honrados con homenajes en festivales, premiaciones, o, lo que para mí es mejor, en las obras mismas. Escenas recreadas o revisadas en películas dan cuenta de ello. Pero hasta ellos tenían sus gigantes que idolatrar e imitar. El jazz y el blues dieron a The Rolling Stones su sonido, a The Beatles su constante cambio, a Bob Dylan su incipiente música, a los punk sus ganas de cambiar todo por mera incomodidad e incluso a Spinetta sus ganas de revolucionar Latinoamérica.

No es una coincidencia. Recordando mis atropelladas clases de arte que tuve en la universidad, hay una frase que me dejó marcado e inmediatamente la relacioné con la música y de lo que va este artículo: “Siempre hay gigantes en cualquier corriente o vanguardia, pero simplemente no lo saben o lo valoran hasta que mueren, o los demás dan cuenta de lo que han hecho…”. Mi profesor tenía razón. Siempre hay, pero como son tan cotidianos, tan presentes y, con la actual oleada digital, la inmediatez e incluso la globalización que permite traer a cualquier artista al país, hemos dejado de notar los detalles que hacen gigante a un artista.

Pienso en música, evidentemente. Ahora esos gigantes del siglo pasado han dejado una larga influencia en los del presente. Estos gigantes no son los que anhelan realizar una obra como las de antaño (creanme, no habrá un nuevo The Wall, o un Sgt. Pepper, un nuevo Bob Dylan o Freddy Mercury). Sé que alcanzar tales logros y personas es algo difícil, pero eso es lo bueno. ¿Para qué tener dos Frank Zappa sí con tener uno se vuela la cabeza cualquiera? Eso ya está hecho, mejor pasemos a algo nuevo y tal vez mejor.

Y con esto no quiero decir que el valor de la obra de músicos del siglo pasado sea menor. Al contrario, ese es el reto: que al escuchar un nuevo disco de x músico te llene igual o más que tu artista favorito de hace cinco décadas. Ejemplos hay muchos. Partiendo de lo que admiro he encontrado en la música de Damon Albarn un nuevo referente, en las letras de Joaquín Sabina un mar de historias, en Jamie xx nuevas atmósferas, En Cerati un mar de ritmos y sonidos enormes al oído, en Jack White el poder de un músico en la industria aplastante, En Beyoncé la esperanza de que el pop sea pensado y no sólo una mera formula comercial, y así puedo seguir con más ejemplos.

Tal vez se encuentre su símil de los setenta u ochenta o mejores músicos no tan conocidos en el orbe mundial, puede ser. El punto es ése: voltear a las escenas locales, nacionales e internacionales, buscando a los nuevos gigantes e impulsar su ascenso. Los consagrados ya no, ellos tendrán su Coachella old school este año.

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