Casi famosos. Siete discos indie-spensables.

Una selección de álbumes que, si bien no es definitiva, nos puede dar una idea de lo que significa ser indie en la música.

Hablar de indie siempre es un maldito problema. Pero un problema peor sería no hablar de ello y dar por hecho que esa cosa existe sin preguntarnos qué carajos es, quién lo inventó o con qué se come. Entre las disputas sobre si es un género, un estilo, una pose o un invento de las transnacionales para dominar al mundo, el término ha sido utilizado y reutilizado para nombrar a un sinfín de bandas que muchas veces no tienen nada en común.

Incluso, relatar una historia del indie resultaría en un arduo proceso por seleccionar lo que debe entrar y lo que no, lo que ha sido y lo que nunca fue, lo que puede ser y lo que nunca será. Los criterios para llegar a esa selección también pueden ser muy variados; sonoros, mercadológicos, periodísticos, sociales, de clase, de consumo, estéticos. Lo que se considera o no indie puede variar considerablemente depende del lugar de donde se vea y de los lentes que se usen.

Tal vez lo indie, más que con la forma en que se hace la música, tiene que ver con la forma en que se habla de ella. Si es por parte de las disqueras, se habla de ella para venderla. Si se trata de los críticos, hablan de ella para clasificarla, para tratar de entenderla. El público hablará de ella para aceptarla, para asimilarla dentro de sus gustos personales o dentro de cierto sector. Y los músicos, muchas veces, son los que menos tiene que ver en este proceso de hablar sobre sus creaciones. O quizá se trata de una actitud ante lo que se hace y cómo se hace. Una actitud para defender el arte propio y la expresión personal ante las presiones y exigencias de esa mancha voraz que se llama mercado.

A veces pareciera que se trata de una categoría intermedia entre el underground y el mainstream, tan separados en años anteriores. Pero, si hay algo en común entre todas las bandas que han sido catalogadas como indie, es que se trata de outsiders tratando de participar de lo mismo que todas las bandas: que su música llegue a personas como ellos. A partir de mediados de los ochenta esto pareció ser más fácil para ciertas bandas que podían ser percibidas como “raras”, un poco alejadas del gusto mayoritario. Pero, de alguna forma, se abrieron camino.

La siguiente selección no es un the best of del indie. Tampoco es un intento por encasillar a tal o cual banda dentro de una u otra etiqueta (¡a veces no se puede aunque uno quiera!). Sin intenciones absolutistas. Los estilos son variados, así como los lugares y las épocas. Lo que sí es que todos estos álbumes ayudaron a forjar la noción de lo que hoy se conoce como música indie, además de sus aportaciones adicionales a la música.

The Smiths – The Smiths (1983)

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Dice Johnny Marr sobre “This Charming Man”: “Era la culminación de tratar de encontrar una manera de tocar que no fuera rock pero aun así expresara mi personalidad.” En noviembre de 1983, cuando The Smiths apareció en Top of the Pops, muchos vieron una especie de año cero. The Clash había rechazado estar en el programa, pero Morrissey y compañía pertenecían a una nueva generación que, paradójicamente, retomaba el sonido sesentero de Phil Spector, que tanto despreció el punk.

La aparición de The Smiths en cadena nacional británica y el éxito de este álbum se tradujeron en que el post punk se volvió mainstream. Aquellos grupos que únicamente tenían oportunidad de ser escuchados gracias a programas como el de John Peel ahora podían dar el gran salto. El término indie comenzó a ser utilizado para describir a la banda, en contraposición a Depeche Mode o New Order, más apegados a la electrónica, o a The Cure, contratados por una disquera major. Música de guitarra que reflejaba un nuevo tipo de sensibilidad. Años después, todo mundo quería ser The Smiths.

The Jesus and Mary Chain – Psychocandy (1985)

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Durante los años ochenta, las fiestas, la radio, la TV y las discotecas estaban inundados por los sonidos electrónicos generados por sintetizador. Pero no todos querían participar de ello. Al igual que The Smiths, los hermanos Reid crecieron viendo a Bowie y T. Rex en Top of the Pops, pero las bandas estilo Duran Duran los hacían querer vomitar. Fue por ello que tomaron lo que en ese momento llamaban indie y trataron de regresarlo a sus raíces (sin saber que al mismo tiempo le estaban dando una nueva identidad).

En su debut Psychocandy, The Jesus and Mary Chain retomó el pop en su raíz primigenia, con melodías que se acercaban más a los Beach Boys y las Supremes que a the Stooges, y llenaron todo el vacío con ruido blanco que sangraba de sus guitarras. La pared de sonido de Phil Spector tomaba una nueva dimensión. Pero lo que ellos querían era salir del vecindario indie (que en sus palabras era una “celebración del fracaso”) y ser unas superestrellas. Casi lo logran.

Pixies – Surfer Rosa (1988)

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Cuando Black Francis (nombre real: Charles Thompson) decidió abandonar la escuela, puso un anuncio buscando una bajista que gustara tanto de la banda punk Hüsker Dü como del trío folk Peter, Paul and Mary. La única que acudió al llamado fue una tal Kim Deal, que nunca había tocado el bajo, pero algo vio en el anuncio. Si esto no es lo suficientemente raro, debemos decir que Pixies no surgió de Nueva York, Los Angeles o Chicago, sino de Boston, una ciudad nada conocida por sus aportes a la música de masas.

“Quieres ser diferente a otras personas, seguro, así que arrojas tantas cosas arbitrarias como sea posible”, le dijo Black Francis a Simon Reynolds poco después del lanzamiento de Surfer Rosa, en 1988. Si bien son catalogados como precursores del alternativo noventero (en Estados Unidos se prefería usar dicho término), los Pixies son evidencia de la asimilación estadounidense de la actitud indie por diferenciarse de los demás.

Sonic Youth – Daydream Nation (1988)

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“La música indie es muy diferente a la que se escuchaba en nuestros tiempos […] para mí sólo son bandas de MTV… un indie rock falso.” Así se refería Lee Ranaldo a bandas como The Strokes o Interpol, durante la visita de Sonic Youth a México en 2007. Y si hay alguien que tiene autoridad para decir eso, son ellos. Nacidos de la escena arty de Nueva York a principios de los ochenta, Sonic Youth llevó el ruido y la experimentación a la arena mainstream.

Aunque llevaban casi toda la década ochentera reinventando lo que la guitarra podía hacer, fue con Daydream Nation donde lograron un balance perfecto entre la manufactura de canciones accesibles y su característica experimentación ruidosa. Ese balance, ese no renunciar a hacer lo propio manteniendo una apertura, es gran parte de la esencia del indie. Si un disco ayudó a moldear lo que el indie estadounidense podía ser, es este.

My Bloody Valentine – Loveless (1991)

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El trabajo de My Bloody Valentine es más comúnmente catalogado como shoegaze (signifique lo que eso signifique). Pero, en cuestiones de actitud y aproximación a su trabajo, es una de las bandas clave en lo que se considera indie. Loveless apareció en noviembre de 1991, tan sólo seis meses después de Nevermind. Sobre decir que no era un álbum esperado o con gran expectativa. Pero eso no era lo importante.

Kevin Shields, líder de la banda, era (y es) un obsesivo de lo que las manifestaciones sonoras pueden significar en la música pop. Porque, aunque tiene letras, estas no tienen la mayor carga emocional del disco. Loveless es un álbum con un culto casi religioso, que emana perfección como pocos. Se puede decir muchísimo de él, pero lo más importante es que representa una independencia creativa en todo sentido, y no hay nada más indie que eso.

Pavement – Slanted & Enchanted (1992)

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La cosa con Pavement es simple: es la banda indie por excelencia. Stephen Malkmus es la encarnación de la actitud indie. Un nerd al que no le importa un carajo serlo. Un erudito con actitud estúpida. Un romántico que, sin embargo, encuentra belleza en lo cotidiano. Ha sido catalogado como una mente superdotada en el cuerpo de un slacker (hola, Generación X). Sus letras están llenas de oscuras referencias a la cultura popular y comentarios sobre otras bandas más populares.

En gran parte, Pavement y su disco debut fueron la síntesis de todo lo que el indie ochentero fue forjando. Está ahí la base guitarrera, la búsqueda por diferenciarse, la independencia creativa. Lo que Malkmus y compañía hicieron fue combinar influencias dispares como el hardcore de X y Black Flag con el college rock de The Replacements y Minutemen con un toque de Wire y The Fall. El modelo era siempre estar al límite del éxito, sin nunca alcanzarlo realmente. Ni dentro ni en contra del mainstream, sólo lo suficientemente al lado para hacer las cosas a su manera.

Neutral Milk Hotel – In the Aeroplane Over the Sea (1998)

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Este álbum es una extraña elección. La mayoría de las otras entradas en la lista presentan música basada en el uso de guitarra, y aunque fueron lanzados en disqueras independientes, tuvieron un sólido respaldo detrás. En In the Aeroplane… la (muy) básica guitarra acústica se acompaña de instrumentos tan eclécticos como acordeón, banjo, trompeta, trombón y hasta un serrucho. Y aunque tenía el apoyo de Merge, en un principio la expectativa era vender 7,000 copias. No era falta de confianza, sino prudencia.

Cuando el disco salió a la venta, Neutral Milk Hotel era famoso en el circuito indie de Athens, Georgia, pero nada más. En 2014 fue cuasi-headliner de Coachella. En los quince años que pasaron en medio, Jeff Magnum (la mente maestra del Hotel lechero neutral) desapareció sin más ni más, y la “leyenda” se esparció de boca en boca. Esta banda es la prueba viviente del sueño indie: cualquiera puede ser moderadamente famoso. Se puede ser todo lo raro que se quiera, y aun así habrá alguien dispuesto a seguirte. Este álbum tiene una gran base de seguidores, y un número igual de grande de detractores. Pero, siendo lo más no-cool del universo, también se puede lograr algo. Eso es lo indie.

No famosos, pero casi.