Tarkovsky Vs Snyder y el genocidio cultural

En esta ocasión, nuestro colaborador Arturo Santibarra compara los recursos cinematográficos de Zack Snyder con los del cineasta ruso Andrei Tarkovsky. Además, ofrece una reflexión sobre la forma en que vemos el cine a través de las dos películas recientes de DC: Batman Vs Superman y Escuadrón Suicida.

Un día apareció en mi página de inicio de Facebook una imagen que me molestó: comparaba
pósters de películas como Enemy (Villeneuve, 2013) Mulholland drive (Lynch, 2001) 2001: Una odisea en el espacio (Kubrick, 1960), y Solaris y Stalker (Tarkovsky, 1972; 1979) con un promocional de Batman Vs Superman: El amanecer de la justicia (2016), acompañada con la leyenda “ESTAS SON PELÍCULAS DEMASIADO GRANDES PARA MENTES PEQUEÑAS. ÉSTA ES UNA MAMADA”. Estas imágenes sirven sólo para hacer reír a unos cuántos; pero su (preocupante) relevancia ocurre cuando muchas personas reaccionan de manera positiva a ellos, lo que significa que la consideran una verdad.

IMG_5576¿Cuál es la verdadera mamada?

Andréi Tarkovsky (1932-1986) comenzó su carrera formal con La infancia de Iván (1962), relato sobre la Segunda Guerra Mundial contado a través de los ojos de un niño, que en un principio estaba en manos de otro director. Por dificultades, en especial políticas, realizó únicamente siete obras. Y, al sentir  una necesidad de hacer más, escribió Esculpir el tiempo (Ed. UNAM/CUEC, 2013).
Puede que haya personas que sólo vean “cine industrial” —o “comercial”— con el fin de entretenerse. Es completamente respetable, ya que así es como los Lumiére lo establecieron en sus inicios —aunque su fin era más científico —; después se descubrió el poder del cine como lenguaje nuevo y un arte. Sin embargo, la mayoría aún lo ve como hace 120 años, y parece una buena justificación para que a algunos les parezcan complicadas o difíciles las películas de Andrei Tarkovsky o de David Lynch (etcétera), cuyo objetivo es artístico: proporcionar una experiencia estética.

Lo que no me parece respetable es decir que alguien tiene menos capacidad intelectual o es ignorante si no “entiende” cierto tipo de películas. Si no las comprende o no se identifica, simplemente no son para ellos.

El cine  de Tarkovsky no es demasiado grande para mentes pequeñas. Ni el cine —ni ningún arte— es para mentes pequeñas o grandes. Su obra, quizás, es lenta: debes tener paciencia para poder escuchar lo que quiere decir y, cuando comienza a decirlo, todo fluye como agua. En sus filmes se debe poner atención, y después recordar y pensar sobre qué es lo que acabas de ver.

La cita de Marx que hace el cineasta en su libro  es cierta: “Si uno quiere gozar el arte, debe tener una formación artística”, que no es lo mismo que decir que no es que no se tenga la capacidad de poderla tener. Por eso hay películas que no son para todo el público: carecen de esa formación.

Una de las cosas malas que le han sucedido al cine en los últimos años ha sido el uso descontrolado del celular en las salas y la existencia de redes sociales para presumir la vida. ¿Cuántas veces  en el news feed no salen publicaciones de personas que hacen check-in en el cine? Lo malo no es eso, sino que lo hacen durante la función. Las personas que la mitad de la película revisan Twitter para ver cómo le fue a su publicación y no le ponen atención a los pequeños detalles son quienes saliendo de la sala echan mierda de ellas.

Lo segundo es que ya no hay criterio propio. Conozco personas que desde antes de que saliera Batman vs Superman, La cumbre escarlata y otras, no las quieren ver porque leyeron que es mala o “según lo que leí de ella se veía diferente”. O peor aún, que la detestaron porque “esperaban que pelearan más Batman y Superman y sólo pelean 5 minutos”.

Al ver una película se debe de hacer un pacto de ficción, comenzar desde cero — especialmente si está basada en un libro, cómic, etc— y construir tu criterio a partir de lo que ya estás viendo. El relato mismo siempre dice todo (como el hermoso final de Solaris, explicado en la primera parte), te entrega pistas para que lo descifres (como la figura retórica de la araña en Enemy), o quizá también necesites de otro tipo de conocimientos además de cinematográficos para tratar de entender ciertas cosas (como el inicio y final de 2001 con Strauss y Nietzsche).  Al finalizar puedes, si lo necesitas,  leer otras opiniones sobre ella y compararlas con la tuya, pero después de haberte forjado una propia.

Tarkovsky  y Snyder: esculpiendo el tiempo

Con algunos directores cuyo trabajo admiro he encontrado un patrón en sus cinco primeros trabajos. Tarkovsky, Reygadas —cuya mayor influencia es visiblemente el primero—, Malick, Cuarón y Zack Snyder: 1)Una ópera prima sencilla pero poderosa, donde se ve el gran potencial que tienen y se presentan por primera vez forma y temas recurrentes en su demás filmografía, que se podría debatir si es su mejor obra; 2) Segunda gran película donde busca aprender más sobre su oficio y por lo cuál es su más distinta y “extraña” (en Cuarón esta etapa son dos películas: La princesita y Grandes esperanzas); 3) Un tercer trabajo y obra maestra triunfadora, donde todo trabaja armoniosamente, opus 3 que convierte al director en cineasta y autor total; 4) una cuarta película donde el ya-cineasta trata de ofrecer algo diferente tanto para el espectador como para sí mismo, y 5) Quinta película donde ofrece el estilo que desde su primera película ha pulido, para así continuar su carrera.

El cuarto trabajo (live-action) de Snyder fue Sucker Punch: Mundo Surreal; de Tarkovsky, El espejo. Ambos los considero primos lejanos que, aunque parecen muy diferentes, tienen similitudes.

Tarkovsky explica así el trabajo de un director:

“Así como un escultor toma un pedazo de mármol y, consciente en su interior de los rasgos que tendrá su obra ya terminada, elimina todo aquello que no sea parte de la misma, así también el cineasta, a partir de un ‘pedazo de tiempo’ […] corta y desecha lo que no necesita, dejando sólo aquello que formará parte de la película terminada.”

Para él, la característica fundamental del cine es su facultad para registrar el tiempo de la vida real. Por eso mismo en sus películas hay planos larguísimos. Mas sus films nunca son aburridos gracias a su idea del ritmo, el cual obtiene desde el momento de la filmación y  que la edición per sé no puede brindar. Ese ritmo se traduce en movimientos de cámara lentos, hipnóticos, que por inercia te llevan, tras un corte, a la siguiente secuencia como en los sueños del protagonista de La infancia de Iván.

Para comprender mejor ambas películas es necesario ahondar en sus títulos: El espejo de Tarkovsky es un reflejo de la vida de Andrei, donde cuenta una ligera historia contada de forma fragmentada no-lineal. Toda se desarrolla a partir de la capacidad del director para esculpir el tiempo, que logró que ese pequeño reflejo de su vida se convirtiera, a través de imágenes artísticas que evocan emociones, un reflejo de la propia vida del espectador.

La expresión “Sucker Punch” es definida por Urban Dictionary como “Un golpe en el diafragma de la víctima, quitándole el aire, dejándola indefensa para ser un objetivo sencillo”.  Justo eso  pretende la cinta: un espectáculo violento, donde nunca sabrás qué es lo que te golpeó. La película fue criticada principalmente por su narrativa, diciendo que es confusa y poco interesante por sí sola; pero ahí es donde entra el trabajo principal de Snyder: darle el ritmo al tiempo a partir de su escultura.

Snyder, al igual que Tarkovsky, domina el ritmo como pocos en la actualidad. Saben ofrecer lo más esencial y contar una historia a partir de un conjunto de imágenes y sonidos.  Por eso usa ralentizaciones para crear dramatismo: le funcionan. Aun así, las mejores partes en su cine no son sus en cámara lenta, sino la magia que le da a su forma, como las transiciones oníricas de Baby Doll, que evocan a las de Iván.

Es evidente la diferencia de ideologías de ambos autores. Uno trabajó para el arte, para crear emociones que pusieran en duda y a prueba la humanidad del espectador, mientras el otro busca sólo el placer del público.  Pero los dos lo hacen con los mismos recursos audiovisuales. Tarkovsky menciona en su libro cómo un artista muere al trabajar para un estudio porque debe de pensar exclusivamente en el público y no en su visión. Me gustaría ver un Snyder independiente, que no sea adaptación de cómic ni blockbuster o remake. Tal vez en una narrativa distinta a lo que ha hecho hasta ahora, podría también lograr una armonía entre lo comercial y lo reflexivo.

Una vez leí un comentario sobre Sucker Punch donde decían que parecía que la había dirigido un puberto de 12 años. Lo decían como insulto, pero no lo vi así. El cine es el mejor lugar para que las diferentes voces se alcen. Dice Tarkovsky:

“Sin importar qué tan compleja y extraña pueda parecer la percepción del mundo del artista, encontrará su público, no importando qué tan reducido pueda ser. Todas esas peroratas acerca de si una obra de arte carece o no de sentido para las ‘masas’ sirve únicamente para oscurecer el problema de cómo el artista y el público se relacionan entre sí”.

Al final Zack Snyder nos ofreció con Sucker Punch una cinta puramente cinemática, donde toda esa magia que se conoció cuando un tren parecía que pasaría sobre ti es emanada y logra emocionar al espectador, así cómo todas sus películas, que sin duda son superiores a sus vídeos musicales, ya que él entiende la diferencia que hay entre una pantalla para computadora de 12 por 14 pulgadas a una de 72 por 53 pies (como las de IMAX), y cómo la técnica y un estilo deben llenar eso.

Lo que pretendo con este texto no es elevar a Snyder al nivel de Tarkovsky, porque incluso cineastas que se dediquen al mismo tipo de cine que el cineasta ruso jamás lo podrán igualar. En el texto Sobre lo sublime, Dionisio Longino, autor al que se le atribuye a veces, otras veces es anónima, señala una ruta para llegar a lo sublime: “[consiste en] imitar y emular a los grandes poetas y prosistas del pasado, una meta a la que debemos tender con todas nuestras fuerzas.” Y es justo lo que Zack hace con Tarkovsky y, abiertamente, con Kurosawa; así como Andrei lo hizo con Bresson y Dovzhenko. El cine es y será siempre un círculo de innovaciones e influencias, que sólo importan cuando se realiza de manera interesante, donde abracen las mismas ideas pero las hagan suyas y le den vuelta hasta poder verlo de forma distinta.

Snyder y su amanecer de la (in)justicia

Fui a ver Batman Vs Superman con un amigo que ama los cómics. Yo iba emocionado porque quería ver que pasaba después de El hombre de acero (2013) —que siendo la peor película de Snyder aún es digna de ver—; él, con temor de que fuera tan mala como todos decían. Pasaron dos horas y media, de las cuales no me aburrí ni un minuto. La historia me pareció coherente, adoré los paralelismos entre Clark Kent y Dorothy de El mago de Oz y sentí que la pelea fue puntual. Cuando terminé de procesar el final, volteé a comentar con mi amigo. En eso, una persona de atrás exclamó un “Qué mamada”.

Cuando salimos de la sala me comenzó a bombardear con información de cómics, de mezclas de entregas, de Doomsday y otras cosas que realmente no recuerdo. Pero sí me acuerdo que tanto a él, a partir de sus recuerdos del cómic, como a mí, nuevo en la historia, nos pareció maravilloso cómo logran ver los protagonistas parecido que  comparten: el nombre de su madre.

Y así como todas las películas te dicen todo, sin importar si son no-lineales o “complejas”, lo comprendes viéndola. “Martha” es explicado desde el inicio, y tiene todo el sentido del mundo. La suma convierte a la cinta en una tragedia moderna, gran experiencia cinematográfica, divertida para tarde con amigos, y entrañable película para fans, todo en partes iguales.

El genocidio cultural

No sé si la presencia de varias elipsis en la narración sea lo que haya causado conflicto a algunos espectadores y a la mayoría de los “críticos”. La versión extendida de Batman Vs Superman clarifica ideas, pero de una forma casi didáctica, ya que desde la primera versión se entiende. Lo que sí otorga son escenas extras a secuencias ya puestas que aderezan algunos momentos.

También creo que molestaron algunas escenas como la de la elevación de Bruce al inicio, que si bien se sabe que es verosímil dentro de la trama porque ES UN SUEÑO, muchos lo han de haber visto como una de esas “mamadas”. ¿Por qué debería de haber algo así en una película de superhéroes?, quizá pensaron.

En El hombre de acero, en una secuencia de flashback de Clark Kent, Snyder utiliza ciertos encuadres que evocan a Terrence Malick.  Se siente más como si sólo hubiera sido un berrinche del director: se sale tanto como del estilo del autor como de la congruencia ya creada de la película. Como dije antes, emular otros estilos únicamente funciona cuando lo haces tuyo.

Así como no entiendo la desaprobación de Batman Vs Superman,  tampoco comprendo la elevada aprobación que tuvo El renacido (2015), de Iñárritu, ante los críticos. El director mexicano utilizó al fotógrafo de cabecera de los últimos años de Terrence Malick (Emmanuel Lubezki), y quizá pensó que con una historia de hombre-contra-naturaleza podría crear algo semejante a Malick.

Si bien visualmente es maravillosa, El renacido es vacía y desenmascara el poder que necesita un director para ofrecer algo verdaderamente íntimo, que va más allá de lo visual y actoral. La película ha sido comparada con Tarkovsky , y quizá visualmente se asemeje, pero anímicamente está a años luz, incluso si Iñárritu trató de hacer “cine poético” al igual que él.

Fue el mismo Alejandro González Iñárritu quien una vez dijo que el cine de superhéroes es un genocidio cultural. Para mí el cine es la mejor forma de hacer sentir algo que tú sientes, y decir algo en lo que tú crees. Una de las mejores películas independientes de ésta década que he visto es Super (2010), escrita y dirigida por James Gunn, una tierna historia de un hombre solo, que, por varias razones, decide volverse un superhéroe. Cuatro años después, Gunn hizo su película más cara: Guardianes de la galaxia (2014), y en su Facebook dijo “Si creen que yo por poner a un mapache parlanchín hago películas con menos amor que ustedes [las películas “serias”] están muy equivocados.”  Ese amor es el que hace que las historias se conviertan en grandes películas.

Otro ejemplo de una película hecha con amor es Escuadrón suicida (2016), que se estrenó ayer en nuestro país y fue destruida por la crítica al igual  que su antecesora del Universo Cinematográfico de DC.

Escuadrón suicida

Los únicos antecedentes que tenía sobre esta historia de DC eran los capítulos de la serie animada de Batman, donde me encantaba el personaje de Harley Quinn y su relación con El Guasón, y la película-para-DVD de Jay Oliva Batman: ataque a Arkham (2014), donde el escuadrón debe entrar al asilo de Arkham a conseguir datos del gobierno que El Acertijo robó. Creí que la adaptación live-action sería parecida, y en cierta forma lo es.

La dirección estuvo a cargo de David Ayer, cuya Corazones de acero (Fury, 2014) es su obra más conocida, pero que tiene otras buenas películas como Sabotaje (Sabotage, 2014), Último turno (End of Watch, 2012) y Vidas al límite (Harsh Times, 2005). En sus historias siempre hay violencia, generalmente callejera, y gente intentado redimirse sin conseguirlo;  personajes latinos que sobresalen de los demás por sus decisiones éticas, que los convierten o en héroes o en mártires. Su carrera más los personajes ya conocidos hicieron de Escuadrón suicida una película colorida, divertida, violenta sin ser sangrienta  y, en momentos, entrañable.

Al inicio de Batman: ataque a Arkham hay una pequeñísima introducción de los personajes harleyquinnassscometiendo algún pequeño crimen y explicando su personalidad en menos de 30 segundos por personaje, y al final de cada una, aparece en un rótulo sobre imagen el nombre y alias de cada uno. David Ayer utilizó éste mismo principio, que, si bien no es único, ayuda a acelerar la narración,  evitando hacer una película para cada personaje para después poder hacer otra que sólo sea la pelea.

El conflicto de la película brilla gracias a su estructura como de juego de ajedrez, donde a lo largo de una noche se van acercando al villano principal después de ir destruyendo a cada peón. Mientras, descubrimos  las aspiraciones de cada personaje, y nos interesamos más en ellos, especialmente en Deadshot (Will Smith), El Diablo (Jay Hernandez) y Harley Quinn (Margot Robbie). Para la última es para quien existe el Joker (Jared Leto): Ayer lo utiliza sólo como recurso para explicar a Quinn, por eso sale tan poco en pantalla y por eso no lo necesitamos ver más, aunque la versión del personaje de Leto haya sido (más o menos) interesante.

Escuadrón suicida convence gracias a la inmediatez y extravagancia con la que junta todos sus elementos. La estética refrescante de Ayer nos acerca mucho más a la experiencia de-cómic que cualquier otro blockbuster reciente.


 

Por último, le pido al lector un último favor: disfruten el cine. Véanlo con los ojos bien abiertos, cuestiónenlo y decidan por ustedes mismos. Es pedante pensar que alguien como simple espectador tenga la verdad absoluta en cuanto arte, pero en entretenimiento la decisión es propia. Sólo recuerden que no hay películas buenas o malas; sólo con ideas o sin ellas.