36 Foro Internacional: La película prohibida

Margot escapa por la puerta de un sueño: hombres lobo, mujeres esqueleto, un leñador perdido en un submarino y un capitán inútil. Un padre muerto regresa una y otra vez; su esposa e hijo lo recuerdan con un acetato en el que suena su voz. Nosferatu ataca otra vez. Las mil una noches canadienses y quién sabe qué más.

El baño suele considerarse como un espacio prohibido ya que no se menciona lo que pasa adentro. Si tomamos una ducha en la tina, la mente puede viajar por muchos lugares. Al escuchar la caída del agua, sentirla u observarla podemos imaginar distintos escenarios y perder el sentido del tiempo.  El cuarto prohibido (The Forbidden Room, 2015) parte de esta idea. Una cámara se va por la coladera y llega al mar donde nos cuenta la historia de un submarino oxidado. ¿Cuántas historias pueden relacionarse con este momento?

froomSi nos encontramos con un largometraje de poco más de dos horas en el que no existe una linealidad, las historias cambian constantemente a manera de contenedor y donde los personajes son aparentemente ilimitados con cambios de humor, de sonido, de color e incluso temáticos, ¿estamos ante un cine prohibido?

El mundo onírico, extraño y brillante de Guy Maddin (The Saddest Music in the World, 2003; My Winnipeg, 2007) ,en codirección con Evan Johnson, existe entre el sueño y el insomnio. Una cinta que no tiene inicio ni fin, podría durar menos o más: el tiempo no se siente. Un montaje dialéctico que nos hace alucinar junto con sus planos oscuros. Es un cine del que no se puede explicar con claridad lo que nos muestra.

El cuarto prohibido sale de contexto y regresa. Como si fueran fotogramas viejos, con colores oxidados, encontrados en el mar. De Canadá a EE.UU, de Italia a Alemania. De lo mudo a lo contemporáneo. Con un viaje por el cine dentro del cine; una mezcla de las corrientes cinematográficas reconstruidas de forma creativa. La cinta va más allá del remix, del cine musical y experimental; pareciera ser todo lo contrario y a su vez lo mismo —lo que sea que eso signifique—.

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Rostros humanos evaporados, sobreexpuestos, quemándose lentamente. Un juego formal como si se hubiese sacado de pinturas expresionistas, da la impresión de haber sido coloreado cuadro por cuadro. El recurso del grano hace todo memorable: nos recuerda cómo solamente el celuloide puede generar tal textura, a pesar de que haya sido grabada en digital. Una fotografía casi antigua con una extraordinaria agilidad del jump cut. Colores de alguna cinta de Parajanov y un doctor loco a-la-Ken Russell. Un cine silente en llamas con intertítulos; su extrañeza invade la sala ya que presenta todo tipo de sonidos, huesos rotos y diálogos perdidos en el aire —junto con quien los escucha—.

En momentos, la edición parece ser un ejercicio intervenido por Peter Tscherkassky. Los sentidos se sumergen entre los relatos enlazados de forma caleidoscópica y lyncheana.  Un collage cinematográfico donde se puede apreciar lo olvidado, lo desconocido, lo popular y lo prohibido.

Maddin nos muestra que en el recuerdo y el pasado del cine se puede encontrar lo original y poco convencional. Una experiencia que constantemente hace un llamado de atención al espectador. Es imposible no perderse; sin embargo, todo momento es entretenido y extraño.

Cuando salí de la sala no supe qué pensar. Sé que me encontré con una sorpresa; definitivamente una película prohibida traída de Canadá que se debe ver en pantallota. El 36 Foro Internacional de la Cineteca Nacional nos la presentó y lo hizo bien.

 

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