Julieta rompe el silencio

El 9 de julio del 2012 desperté y, al revisar Facebook, recibí el mejor regalo dealmodovar cumpleaños: una carta escrita por Pedro Almodóvar publicada en el perfil de su productora El Deseo, donde  anunciaba su nuevo proyecto y regreso a la comedia: Los amantes pasajeros (2013). Este año recibí otro regalo, ahora un poco adelantado: el estreno en la cartelera mexicana de Julieta (2016), opus 20 del autor.

Julieta inicia en rojo, como la mayoría de la filmografía del manchego. Y comienza, también, como la más floja de ésta. Cuarenta minutos —aproximadamente— después, todo comienza a tomar sentido. Todos los relatos de Pedro comienzan así: los protagonistas en medio de un problema personal del cual no sabemos nada, pero deseamos verlos dejar de sufrir, hasta que te lo explican todo a partir de saltos en el tiempo o simplemente con una conversación —como el primer encuentro entre Ricky y Marina, que lo conocemos a partir de una conversación en una cama y una mesa en ¡Átame! (1990) —.

Así como el director español se hace auto entrevistas, también se responde a sí mismo en sus películas, que comparten un solo mundo: en Los amantes pasajeros responde a su final de Laberinto de pasiones (1982); en Volver (2006) responde al libro robado hecho guión de Amanda Gris en La flor de mi secreto (1995); en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) refleja la obra de teatro que protagonizan Carmen Maura y Manuela Velasco en La ley del deseo (1987).

En su obra siempre se ha reconocido el amor que le tiene a la figura materna y a su propia madre. En algunas cintas la relación madre-hija es cariñosa (La flor de mi secreto); en otras es fragmentada (Tacones lejanos, 1991). Mas al final —como en Volver—, Almodóvar siempre  nos habla sobre el lazo inquebrantable entre madre e hijo.

emmaTacones lejanos explora, entre otras cosas, la relación entre una madre-famosa-que-siempre-está-ocupada con su hija, recelosa de la ausencia de la otra. El relato, contado desde el punto de vista de la hija, comienza con un flashback doloroso para ella. Julieta es ahora la historia de una madre (Emma Suárez y Adriana Ugarte) abandonada por su hija, quien continúa su vida sin ella. Y aunque narrativamente no se parecen mucho—especialmente Julieta no tiene el brochazo noir de Tacones…— el parecido aumenta con la música del colaborador almodovariano frecuente Alberto Iglesias con la de Ryûich Sakamoto, con quien sólo colaboró en Tacones…

El cineasta de la Mancha tiene en su haber muchísimas elipsis memorables. Abusa de ellas porque nunca se conforma con contarnos una historia simple: quiere que todo conecte con todo; que sepamos la mayor parte de la vida de los personajes que vemos para comprender hasta su forma de caminar. Le gusta recordarnos lo fortuita que puede ser la vida, y le aumenta a esa realidad una ficción que no nos creemos, llena de casualidades que nos gustaría que sucedieran.

En 2009, Almodóvar hizo su última obra maestra: Los abrazos rotos, fotografiada por el gran Rodrigo Prieto, donde se autorespondió un poco a Mujeres al borde… a través de “Chicas y maletas” —el film dentro del film—. Los abrazos… hace un paralelismo entre la realidad, la vida y el cine, y éste como arte y máquina. Para mí es una despedida de Almodóvar a su arte. Después de ésta, su opus 17, ya no siento igual sus películas. Su siguiente obra fue La piel que habito (2011), que está dentro de sus contados relatos de género negro como Matador (1986), La mala educación (2004) y Carne trémula (1997); sin duda no sus más famosos.

La piel… está realizada con maestría y fotografiada por su otro colaborador de cabecera, José Luis Alcaine, y se aleja formalmente de otras obras, especialmente en la paleta de colores. Mucho del encanto almodovaresco recae en su estética, donde sobresalen los rojos saturados, y en ésta se distanció tanto de su aquel estilo que lo convirtió en autor que, aunque es una gran película, no es una buena película de Almodóvar. Con Los amantes… sucedió algo similar: los colores y personajes/actores de siempre estaban ahí, pero algo no se sentía bien.

Con Julieta pasa lo mismo. Tal vez tiene que ver con la fotografía de Jean-Claude Larrieu —en su primer trabajo con el manchego—.  La iluminación es poco almodovaresca, aunque la paleta de colores lo sea. También, probablemente, sea la transición a digital lo que no benefició a sus filmes.

Con todo y los —debatibles— pequeños tropiezos que pueda haber tenido el cineasta español, con sus obras recientes sigue vigente.  A diferencia de algunos camaradas de su edad o trayectoria, Pedro Almodóvar todavía mantiene su grandeza haciéndonos sentir como sólo él sabe a través de su arte. Así como canta Chavela Vergas en Julieta, le decimos a Pedro:“No quiero que te vayas, porque, si tú te vas, en ese mismo instante muero yo”.

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