Straight Edge: del vicio a la abstinencia

Por casi medio siglo, el espíritu de la contracultura ha sabido desafiar e incomodar los convencionalismos morales e institucionales de occidente, aquellos que se erigen como modelos formadores, tradicionales, y dominantes de un complejo hegemónico interesado en dar orden y estabilidad en la sociedad.

Pero así como la contracultura ha condenado los errores cometidos por la sinrazón de las guerras, y la decadencia política, económica, y moral del mundo occidental del siglo XX, también ha adolecido de algunos síntomas que empezaron a ser notorios a principios de los ochenta, sobre todo por parte de un sector que empezó a redefinir hacia otros aires la humareda que había dejado la llama del punk de los años setenta: los Straight Edge.

Con motivo de los 35 años que cumple el lanzamiento del primer EP de la banda de hardcore estadounidense Minor Threat (disco imprescindible de donde se retomaría el nombre del movimiento) resulta idóneo reflexionar sobre uno de los momentos de mayor fisura dentro de la cultura underground, en específico la del punk norteamericano. Pues, a ojos de una generación ulterior al nacimiento de esta contracultura, se pudo visualizar y entender los alcances generados por la autodestrucción, la negación del futuro y los excesos.

Aquellas actitudes se habían convertido en motivos recurrentes con las que aquella tribu urbana hacía frente a una realidad que consideraban dolosa y poco motivante. Pero si bien esto sólo mostraba la cara menos “amistosa” del movimiento punk, fueron los signos principales de innumerables críticas por parte del contingente Straight Edge de los años ochenta, quienes a su vez apostaron por una inclinación o pacto a la mesura y la abstención.

Para aquel año de 1981 (y a lo largo de toda esa década), no sólo se estaban discutiendo los enredos y la falta de orientación del punk, sino también se estaban creando otras rutas para salir del embrollo que asolaba a la juventud estadounidense. Quizá el descontento más genérico se dio por el neoconservadurismo promovido por el gobierno de Ronald Reagan, al que la mayor parte de la población norteamericana se entregó dócilmente.

Esta relativa estabilidad fue promovida por un código de comportamiento social más estricto, pero el detalle que caló más hondo para la juventud de aquellos días (o mejor dicho, para el sector interesado en su provenir), fue la decadencia que distintas ciudades de la Costa Este (como Nueva York o Washington D.C) padecían en aquel contexto de supuesto orden.

En palabras de Henry Rollins, ex miembro de la mítica banda pionera de hardcore Black Flag, la Costa Este era básicamente un basurero, las ciudades estaban sobrepobladas, sucias, contaminadas, y aguardaban un número incuantificable de delincuentes y drogadictos. Viéndolo bien, el escenario era similar o peor que el de su homólogo inglés: Londres y Manchester, que al igual que la Costa Este fueron el epicentro de formación de la contracultura más agitada y rabiosa, pero que en formas de expresión (política y artísticamente), discrepaban considerablemente.

De este lado del mundo, el punk norteamericano ochentero había caminado a otras vertientes y se convirtió en hardcore. En contenido y ritmos era otro, pero no dejó de ser punk, no dejo de ser descontento, rebeldía, y siguió apelando a una postura necesaria de resistencia ante el sistema y al sagrado lema del do it yourself. Sólo que no era lo mismo. Algo había cambiado.

Los escasos años que habían pasado desde el nacimiento del punk hacia 1976, hasta la época en que empezó a tomar otros rumbos, eran más que suficientes para fruncir el entrecejo y ver qué demonios estaba pasando en la escena. Al menos así lo pensó una generación que, si bien no se encontraba muy alejada de aquella que hizo nacer y reproducir el punk, sí que pudo apreciar el momento de declive que desactivaba cualquier impulso al cambio. Aquella gran masa de inadaptados sociales empezó a parecer estancada y sin rumbo alguno. Por otro lado, la actitud nihilista y autodestructiva que fue difundida en mayor medida por la figura iconoclasta de Sid Vicious, no sólo se tornó impracticable ante un contexto de urgencia, sino que se observó con cierto desdén y recelo.

Para cuando Minor Threat lanzó su primer EP homónimo en 1981, el debate ya estaba puesto sobre la mesa. Un total de 8 canciones fueron las que se escribieron y cantaron con mucha energía y descontento, pero no era el típico descontento contra la marea dominante, sino contra la propia contracultura de su contexto. La canción más representativa es la que años más tarde daría el nombre a un movimiento que poco a poco se fue ampliando y buscaría crear sus propias rutas:

I’m a person just like you but i’ve got better things to do than sit around and fuck my head, hang out with the living dead, snort white shit up my nose, pass out at the shows. I don´t even think about speed, that´s something I just don´t need. I’ve got the straight edge. I’m a person just like you but i’ve got better things to do than sit around and smoke dope, cause I know that I can cope. I laugh at the thought of eating ludes, laugh at the thought of sniffing glue. Always gonna keep in touch, never wanna use a crutch. I’ve got the straight edge.

En 45 segundos, Minor Threat y su “Straight Edge” hicieron patente una nueva forma de enfrentar su realidad al promover un modo de vida alternativo, donde los excesos ya no podían tener cabida. En vez de eso, se optó por lo opuesto: la expurgación del individuo en cuerpo y espíritu. No se fumaba, no se tomaba y muchos menos se drogaba en la nueva escena que empezaría a consolidarse como movimiento hacia 1985, cuando la banda neoyorquina Youth of Today amplió los horizontes al formar el llamado Youth Crew, donde se concentró todo un sector de jóvenes con una marcada tendencia al abstencionismo.

Straight-Edge

De aquí en adelante, aquella tribu urbana empezó hacer hincapié en otro tipo de acciones políticas y sociales. Ahora ya no sólo se hablaría de drogas, represión o problemas comunitarios, sino de sexismo, racismo, el medio ambiente, y la homofobia; situaciones que de igual forma reflejaban una problemática y que involucraban a la misma contracultura. De esta manera, los caminos trazados ya tendrían otro sentido, y sobre todo, la mirada puesta al futuro, algo que quizá hacía falta en aquel contexto de pesadumbre: una nueva ruta que sacara del hoyo a aquel conjunto de individuos indispuestos a imitar una contracultura que empezó a ser disfuncional e inerte al cambio.

No se trata de glorificar o condenar las acciones de las distintas manifestaciones contraculturales que se han desenvuelto en contextos muy complejos y diversos, sino tratar de entender que cada generación piensa y se desenvuelve de formas muy particulares dentro de sus propios espacios recreativos. En este sentido, el Straight Edge quizá indicó la única salida viable para un puñado de jóvenes que pudieron captar el desgaste de una escena que, si bien promovía la libertad individual, no lo hacía de forma responsable. Pero sobre todo, se acudió a ella porque procuró un cambio necesario.

La permanencia del Straight Edge en la escena underground no sólo probaría ser un movimiento de resistencia ante diversas problemáticas políticas y sociales, sino que también puede haber otras opciones, otras áreas de cambio donde el individuo pueda seguir comulgando con lo contestatario, sin tener que recurrir a excesos autodestructivos.

Claroscuro

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