Pride: orgullo y esperanza

Dentro del Mes del Orgullo Gay, en Afónica aprovechamos el film británico Pride, disponible en Netflix desde hace un par de semanas, para hablar sobre lo que ha ocurrido recientemente.

Orgullo y temor

Quince días después del tiroteo en el antro-bar Pulse de Orlando, en donde el casi-treintañero Omar Mateen asesinó a cincuenta personas e hirió a 53 más, la sombra del evento persigue las celebraciones mundiales por el “Mes del Orgullo Gay”.

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El preocupante hashtag #MatarGaysNoEsDelito

Aquí en la Ciudad de México incluso se han difundido mensajes de alerta sobre posibles ataques durante la marcha que habrá mañana sábado. Con una pizca de temor en el aire, sobre todo pensando en quienes Mateen pudo envalentonar y los hashtags de #MatarGaysNoEsDelito, es imposible no tomarlos un poquito en serio.

La noticia del tiroteo cambió mi perspectiva. Antes pensaba que los gais éramos muy exagerados y nos hacíamos los sufridos para conseguir notoriedad; que ya todo el mundo era súper gay-friendly. Qué equivocado estaba.

Eso viene desde el ser humano mismo. Las personas nos tomamos muy en serio. En nuestra época, donde la palabra bullying está de moda aunque siempre ha existido la práctica, nos dicen que debemos querernos mucho. Y nos queremos tanto que no salimos de nosotros mismos.

Así, la gente ve el mal en todo. Todos creen que tienen razón y sólo piensan en sus necesidades o deseos. Por eso no hay diferencia entre la reacción ante una tragedia y los comentarios tras un partido de fútbol o el estreno de una película: los hechos nos afectan en tanto nos importen o no.

Hoy todos quieren —y pueden— opinar. Y necesitan caer bien para que los sigan en las plataformas informáticas. Viendo las barbaridades que ponen a veces Facebook, por ejemplo, me doy cuenta del daño que hace la falta de educación; pero sobre todo la academia. Y lo digo con dolor. Por un lado, ir a la universidad te hace crecer como ser humano —a algunos—, amplía tu bagaje cultural y te prepara para los conflictos de la vida. Por el otro, te vuelve pretencioso, sabelotodo, aburrido e insensible.

Por eso no me gusta discutir en las redes, a excepción de que alguien me parezca contradictorio o vulgar y quiera molestarlo. O si es una charla-amistosa-constructiva. Ahí sí le entro.

Tengo poca paciencia con las personas en general. Quizá porque fui un niño consentido estoy acostumbrado a que cedan a mis caprichos. Pero de eso a que agarre una metralleta y me chingue a todas las señoras que me la han hecho de a pedo en el metro por ir en el vagón de damitas porque se me hacía tarde para la escuela y entré donde se pudo, o torture a todos los que se han burlado de mí, nah, no estoy tan enfermo.

Sin querer ser alarmista, sé que la intolerancia y la inseguridad existe seas o no gay, y te puede tocar un pinche disparo sin que te pregunten si prefieres pene o vagina. No sabes en qué momento te vas a encontrar a un enfermo mental o fanático religioso o alguna lady —ajá, como “Lady Brujería”— que te grite, golpee o mate sólo porque no le agradas.  Sin embargo, hoy sí pienso que ser homosexual aún te puede traer (más) problemas con la gente pobre de pensamiento, con poca educación o costumbres muy arraigadas.

Esperanza

Es ahí donde entra Pride: orgullo y esperanza (2014), del director británico Matthew Warchus —responsable de la puesta en escena de Matilda: El Musical en West End y Broadway, y al parecer también de la próxima adaptación fílmica—. Basada en una historia real ambientada en la misma época que otros filmes como Billy Elliot (2000), Pride… relata la creación de LGSM [Lesbianas y Gais Apoyan a los Mineros] durante la huelga minera de 1984-1985.

Mark Ashton (Ben Schnetzer) y los demás miembros de LGSM van al pueblito de Onllywyn, 
una comunidad minera galesa, donde no todos los reciben con los brazos abiertos. Sin embargo, por sus acciones y solidaridad, se ganan poco a poco el corazón de la gente.

Como película, lo tiene todo: un argumento sólido que va al punto, contado en colores brillantes y movimientos de cámara atractivos, música ochentera —King, Culture Club, The Smiths, etecé—y personajes interesantes y variopintos.

Pride tiene el tipo de historia que debe contarse por su relevancia histórica y también porque, narrada desde el siglo veintiuno, aporta algo más: un relato donde los personajes gais tienen varias caras y no son clichés. Eso se hace evidente desde el guion y la forma hasta el género: en vez de construirlo como un melodrama, con conflictos de persona a persona, los personajes se mueven en una especie de tragedia-mezclada-con-comedia, donde se lleva a cabo la lucha de un grupo contra el sistema mismo. Y lo mejor: busca la empatía sin hacernos sentir tristeza o lástima.

Por eso dista de ser sólo una “película gay”. Cada personaje, homosexual o no, aporta mucho. Como Siân James (Jessica Gunning), simpatiquísima miembro del Grupo de Ayuda a Mineros, que aboga por LGSM ante quienes no los aceptan por su sexualidad —y quien, en la vida real, perteneció hasta el año pasado al Parlamento inglés—. O Gethin Roberts (Andrew Scott, el genial Moriarty de Sherlock BBC), cuya historia personal muestra otra cara de la aceptación familiar y el perdón. Aunque como dice Mark en algún momento: “Somos un grupo de gais y lesbianas y no nos tenemos que disculpar por eso”. Ése bien puede ser el lema del film; no por nada la narración inicia y termina en una marcha del Orgullo.

El tema más importante de Pride no es ni la “lucha gay” ni la huelga minera. Es la unión. El encuentro entre dos grupos minoritarios para ayudarse mutuamente en una época difícil, donde el gobierno liderado por un casi-dictador —Margaret Thatcher— los reprime por igual. ¿Quién, en este país, no podría identificarse con esos tópicos? ¿No es, acaso, como si un grupo de estudiantes o jóvenes decidiera unirse a las protestas de maestros para darle en la torre al priismo (y perredismo, etecé)?

Lo que hoy muchos critican de las marchas del Orgullo Gay es la “vulgaridad”, la diversión, la “pérdida de causa política”—como he leído que dicen—; el que sólo vayan a echar desmadre.

Lo que no entienden es que sirve para visibilizar un problema o una petición, y eso lo vuelve un acto político. Así que no importa si sólo vas a cotorrear o ligar, a gritar consignas o sólo caminar tranquilamente por el Centro Histórico. Al final, marchas para que te vean. Vas a que se den cuenta de que eres parte de un grupo muy grande y a darte cuenta de que no estás solo. A jotear tranqui sin que te digan nada; sin que nadie se meta contigo —ni tú con nadie—. Ahora lo entiendo.