El inevitable fin. Sobre Casandra, La Jetée y Doce monos.

En la mitología griega, Casandra era hija de los reyes de Troya y sacerdotisa del dios Apolo. Éste le otorgó el don de la profecía a cambio de un encuentro carnal —ya saben cómo le gustaban a los dioses griegos las mortales—, pero cuando Casandra rechazó su amor, Apolo la maldijo: nadie creería más en sus pronósticos. Fue así que llegó la inevitabilidad de la tragedia: Casandra fue incapaz de evitar la caída de Troya, aun conociendo lo que iba a suceder.

El sufrimiento de Casandra consistía en conocer el futuro y no poder evitarlo, pero, ¿qué pasaría si, en lugar de ver el futuro desde el presente, se pudiera ver el pasado desde el futuro? ¿Se podría evitar la catástrofe? En 1962, el francés Chris Marker hizo este planteamiento en el cortometraje La Jetée.

Chris Marker y la ciencia ficción con fotografía fija

Un muelle donde los padres acostumbran llevar a sus hijos a ver los aviones despegar y aterrizar en domingo. Un niño. El encantador rostro de una mujer. Un ruido y los gritos de la multitud. Un hombre cae desplomado. El niño comprende que lo ha visto morir. Un recuerdo fragmentado que lo persigue hasta que se convierte en adulto. En el futuro, ese niño es un prisionero en una sociedad que debe vivir bajo tierra después de la destrucción del mundo a causa de la Tercera Guerra Mundial.

El futuro ya pasó: hay que volver al pasado para componer el nuevo presente. El protagonista es reclutado como “voluntario” por unos científicos que experimentan con viajes en el tiempo. No cualquiera es capaz de resistirlo, pero este hombre tiene algo especial: aquel recuerdo que lo atormenta. Es enviado al pasado, donde encuentra a la mujer que ha visto en sueños durante toda su vida. Y se enamora de ella…

Sobre La Jetée se pueden decir muchas cosas, como que es un contundente ejemplo de una gran historia que no necesita de grandes artificios para ser contada. Chris Marker hizo uso de un montaje de fotografías fijas que son narradas por Jean Négroni. No hay diálogos, pero sí sonido ambiente y algunos murmullos. Incluso se podría debatir si lo que vemos es cine, ya que carece casi en su totalidad de imagen en movimiento. Sea lo que sea, La Jetée es una obra de arte de primer orden y una gran influencia para la ciencia ficción, incluso para alguien tan visionario como Terry Gilliam.

Terry Gilliam y el Ejército de los doce monos

En Doce monos (1995), Gilliam toma prestado el argumento principal del corto de Marker y lo lleva a una nueva dimensión. Es el año 2035: 5 mil millones de personas han muerto a causa de una epidemia biológica. El 1% que se salvó vive bajo tierra. El prisionero James Cole (Bruce Willis) es un “voluntario” enviado a 1996 para recopilar datos acerca del apocalipsis, supuestamente provocado por el Ejército de los 12 monos al esparcir un virus letal por todo el mundo en ese año. ¿Evitar la catástrofe? No. Lo que pasó, pasó; sólo se puede tratar de mejorar el futuro (del futuro).

El estilo que Gilliam imprime en Doce monos es similar al que ya había mostrado en Brazil (1985). Los encuadres y movimientos de cámara son poco ortodoxos, casi esquizofrénicos, reflejando el desequilibrio mental que los viajes en el tiempo producen en el protagonista. El diseño de producción es exquisito, como es costumbre en los filmes del ex Python, aunque hay argumentos para asegurar que Doce monos es una película atípica en la filmografía de Gilliam.

Si bien hay elementos recurrentes en su estilo, este filme es un poco más “realista” y se aleja de la fantasía que impregna la mayoría de sus películas. Doce monos muestra un 1996 donde el final se siente cerca, aunque nadie parece percibirlo. La sociedad está ensimismada en la ciencia, el consumismo y la tecnología. En las ciudades hay violencia y el hombre no tiene respeto por la vida, ya sea humana o animal. Gilliam hace parecer justificable que alguien desee (y ejecute) nuestra extinción.

Además de la trama, Doce Monos parece tomar de La Jetée la simpleza y austeridad con la que se cuenta una historia tan compleja como ésta. Si bien se nota un gran trabajo en la ambientación, no es una película de ciencia ficción que dependa en demasía de los efectos especiales. El futuro de Doce Monos es totalmente verosímil y coherente si suponemos que el apocalipsis llegó en 1996 y después de eso no hubo mucho hacia dónde avanzar: es como una versión desgastada del presente que se vivía en aquél año.

twelvemonkeys

A James Cole lo persigue el mismo sueño recurrente que al hombre de La Jetée. Un aeropuerto, la muerte de un hombre y la cara de una mujer. Esa mujer es Kathryn Railly (Madeleine Stowe), psiquiatra a quien conoce en su primer viaje al pasado y de quien posteriormente se enamora. También está Jeffrey Goines (Brad Pitt), enfermo mental y líder del Ejército de los 12 monos. Willis, Stowe y Pitt conforman un trío actoral que da solidez y naturalidad a la puesta en escena de Gilliam.

Bruce Willis se muestra más que convincente como un hombre que tiene que lidiar con el gran peso de vivir en dos épocas diferentes y mantenerlas separadas —con no muy buenos resultados—. Cuando ve el sol o respira el aire no contaminado de 1996, lo hace como lo haría un niño que está descubriendo el mundo. Mención aparte merece la actuación de Brad Pitt —con todo y bizcos— como un loco que parece más cuerdo y sensible ante los problemas del mundo que la mayoría de la sociedad, la cual le valió un Globo de Oro como Mejor Actor de Reparto.

La tremenda visión de Gilliam está respaldada por el excelente guion de David y Janet Peoples. Doce Monos no es sólo un relato de ciencia ficción: es también un ensayo sobre la locura. Obviamente, nadie cree las advertencias de James Cole sobre el holocausto que le espera a la humanidad. ¿Y qué pasa cuando todos te dicen que estás loco? ¿Terminas por creértela? Doce Monos no es una película sobre salvar al mundo: es la tragedia de James Cole, el hombre que, aun conociendo el horrible futuro, no puede evitar que suceda.