Blue Lines. Massive Attack y la invención del trip-hop.

Massive Attack

Blue Lines

Wild Bunch/Virgin; 1991

Hoy es común hablar de Massive Attack y el trip-hop como referencias de culto, tanto para fanáticos como para otros músicos. Pero, como toda historia, la de Robert Del Naja, Andrew Vowles (hoy fuera del grupo) y Grant Marshall, tiene un inicio: el 8 de abril de 1991, día en que fue lanzado su debut discográfico, Blue Lines. Y, si queremos entender de dónde viene eso que hoy llamamos con tanta naturalidad trip-hop, dicho álbum es el punto de partida obligado.

Para inicios de los años noventa, el hip-hop comenzaba su irrupción en el mainstream, veinte años después de su nacimiento en los bajos mundos del Bronx en Nueva York. Después de la consolidación a manos de artistas como Run DMC o los Beastie Boys, el género se diversificó (como suele suceder) en diversas corrientes que reflejaban distintas necesidades.

Por un lado, existían grupos con una gran carga ideológica, militantes y subversivos como lo eran Public Enemy o N.W.A; por el otro, estaba el hip-hop de mero entretenimiento a la MC Hammer, dirigido a un público masivo; también podemos encontrar un tercer camino en el trabajo de A Tribe Called Quest o LL Cool J, con una carga más experimental, dirigida al hedonismo.

¿Qué tiene que ver todo esto con Massive Attack? Los sonidos del hip-hop habían tenido repercusión del otro lado del Atlántico, y ahora era turno de los músicos británicos de asimilar esa nueva forma de hacer música (y toda la cultura alrededor de ello). Adaptando las formas hip-hoperas a su idiosincrasia, tres muchachos de Bristol añadieron un poco de niebla y melancolía típicas de los ingleses.

Para 1991, Del Naja, Marshall y Vowles (mejor conocidos como 3D, Daddy G y Mushroom) tenían casi toda la década de los ochenta forjando el hoy conocido sonido Bristol. Como parte del colectivo y sound system The Wild Bunch, tocaban sets con un amplio rango de estilos musicales: desde punk hasta reggae. Más que tratar de poner a la gente a bailar como loca, se enfocaban en crear ambientes con ritmos más lentos y atmósferas electrónicas que resultaban poco usuales en aquellos tiempos, pero que se convirtieron en sello distintivo de la escena underground de su ciudad.

Con todos esos referentes, comenzaron la grabación de su álbum debut como Massive Attack, auspiciados por la cantante Neneh Cherry y su esposo Cameron McVey, quien produjo el disco junto con Johnny Dollar. Hasta ahora tenemos algunas pistas de lo que sucedió a continuación. Si bien con el tiempo se consideró a Blue Lines como la primera obra de trip-hop, en esencia fue hecho a la manera de un disco de hip-hop, con un toque inglés.

Lo cierto es que este trío supo reconocer lo que tenía enfrente. El hip-hop y la música dance en Inglaterra estaban en busca de una nueva identidad y Massive Attack se la dio. Sin purismos, malas interpretaciones, ni prejuicios innecesarios. Un mero punto de partida. Era un momento en que los músicos se volvían a replantear su trabajo y cualquier cosa podía pasar (si no pregúntenle a Primal Scream).

Haciendo uso de técnicas del hip-hop como breakbeats, sampleos y el rapeo, Massive Attack añadió instrumentos en vivo con texturas que se adentraban en la entonces nueva década. Todo esto enriquecido intensamente con elementos de soul, dub, dance y rock psicodélico. Reemplazaron los ritmos y arreglos típicos por texturas graves y orgánicas que definieron cómo sonarían los noventa a partir de entonces. Comparado con lo que pasaba con el género en EE.UU., no había nada igual. Ni en ningún otro lado.

Desde que escuchamos el beat y la línea de bajo que abren el disco en “Safe from Harm”, sabemos a qué suena Massive Attack. Y a lo largo del disco (y de toda su carrera) se mantiene la línea: una mezcla de géneros rodeados de una atmósfera profunda, nocturna, densa y paranoica.

Con la ayuda de la cantante Shara Nelson y su voz de mil almas, así como del veterano del reggae Horace Andy y su berreo ancestral, el álbum se cierra y no deja salir nada. Hermético, sin una sola costura. Y, aun así, varía en su exploración sonora en cada track. “One Love” es una pieza reggae con una vibra digital y un loop  funk tenebroso. “Daydreaming” es hip-hop casi puro, con capas sintéticas y el rapeo susurrado de Tricky (otro colaborador fundamental en el disco).

La apoteosis del álbum (y de la carrera de Massive Attack [y de la música de principios de los noventa]) llega con “Unfinished Sympathy”, canción con un beat contenido y constante acompañado de arreglos de cuerdas casi de soundtrack de película. La ejecución vocal de Shara Nelson es más que sobresaliente y emotiva, respaldada por esa pared de sonido hecha de voces de sirena, sampleada de “Planetary Citizen” de la Mahavishnu Orchestra de John McLaughlin.

A fin de cuentas, lo que hizo Massive Attack es lo que cualquier artista de su época podía hacer: juntar todo lo que tenían a la mano y mezclarlo para crear algo nuevo, pero de manera magistral. Líneas de bajo dub, sintetizadores ambientales, beats hip-hoperos, voces de sirena y un rapeo casi hablado. Blue Lines es el equivalente sonoro de las calles de Bristol, donde distintas culturas convivían y se reciclaban día con día.

Es curioso que, a pesar de sus profundas raíces en el hip-hop, Massive Attack sea más popular entre fans de la música electrónica y rockeros alternativos. Pero es que el trío inglés, con Blue Lines,  cambió las reglas del juego. Llevó al hip-hop, y la música en general, en una dirección más introspectiva: un sonido meditativo, de escapismo ante la realidad (pero bailable).

A eso que Massive Attack inventó y luego desató, la prensa lo llamó trip-hop unos cuantos años después. La verdad es que poco importa cómo se llame. Sampleos minimalistas, discretos; ritmos pacientes, pesados; cuerdas sinfónicas, magnificentes; las voces etéreas de Shara Nelson y Horace Andy; todos estos elementos combinados le dieron al mundo una nueva forma de comprender la música. Era 1991 cuando Blue Lines daba comienzo, diez años antes, a la música del Siglo XXI.

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