El rock en carne viva: The Rolling Stones

Fotografía tomada del facebook de Fernando Aceves

Al acercarse la hora de un concierto no siento emoción desbordante: esa especie de corriente eléctrica que recorre todo mi cuerpo sólo está presente al sonido de los primeros acordes. Sin dudar, puedo decir que la emoción llega hasta que veo a la banda hacer lo que mejor hacen; pero antes de ese momento es un día como cualquier otro. Eso no pasó ayer, jueves 17 de marzo, día que The Rolling Stones tocaron en México como parte de su gira América Latina Olé, que los hizo recorrer todo el continente. La corriente eléctrica estuvo presente todo el día.

Podemos adjetivar de múltiples formas a estos ingleses, muchas veces exagerando su condición a “dioses del rock” o similares, pero después de estos conciertos y con todo el peso de una vida llena de excesos, logros musicales, tambaleos personales y en conjunto, nombramientos polémicos, accidentes, mitos y demás situaciones, no hay una sola banda en el mundo que haya pasado por cada época en la que el rock vio nacer a cada uno de sus derivados. Tal vez The Who, pero aun así los Stones ganan con amplio margen de ventaja.

Conforme se acercaba la hora era imposible no emocionarme por ver a una de las bandas más influyentes del siglo XX. The Rolling Stones se presentarían en el Foro Sol esa noche y ya con un primer concierto que, de acuerdo con lo que había leído, fue fenomenal; la expectativa crecía como espuma desbordada en un vaso.

Al llegar al lugar era imposible no ver los rostros de la gente que ingresaba al recinto; el entusiasmo saltaba por sus ojos y recorría todo su cuerpo, el cual en muchos casos estaba enfundado en pantalones negros, botas, chamarras de piel (o su común imitación) y la clásica playera de los labios mostrando la lengua que ha recorrido el mundo por más de 50 años.

Era un hecho: estaba a pocos minutos de disfrutar a unas leyendas salir al escenario e interpretar un set de éxitos de su larga trayectoria que, irónicamente, no cansa a quien los escuche, pese a ser el mismo –con sus variaciones– desde hace tiempo.

Con pocos minutos de retraso las luces del foro se apagaron y el público se fundió en un grito al unísono, silenciado por la proyección de un clip animado que situaba a “los Rolling” y su historia en un viaje a través de México , para culminar en un “Welcome México” y dar paso a los primeros acordes de “Jumping Jack Flash”, momento en el cual la cabeza de las más de 60 mil personas explotó tras 10 años de espera. Con un set de 18 canciones, con piezas diferentes al de la primera fecha, los Stones dieron un recorrido por muchas etapas de su carrera musical y que se agradece infinitamente. Con Mick Jagger gritando “Chingón”, hablando un español no tan atropellado y lo bien que se la han pasado en México, la locura comenzó.

La pirotecnia, juegos de luces, sonido más que trabajado, ecualizado y bien distribuido, pantallas en alta definición con buen proporción para los desafortunados que no contaban con 10 mil pesos para ver las arrugas de Jagger y compañía de cerca y, por supuesto, la intensidad del rock encarnada en estos cuatro personajes, hicieron que cada minuto de las dos horas de la presentación valieran la pena, y más, totalmente. Ponerse frente a una producción de este calibre–que, desde el punto de vista de quien escribe esta crónica, pocas veces se ha visto en México (véase casos como: Paul MCcartney, Roger Waters y Radiohead, si sólo nos enfocamos en el foro donde fueron realizados tales actos)– es impresionante, técnica y creativamente.

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Atrás de ellos una espina vertebral musical se movía veloz y efectiva: sus músicos de acompañamiento de cabecera daban el alma para que estos cuatro señores brillen ante las multitudes que los envuelven en gritos y admiración. Es necesario e importante darles el crédito que merecen, y los Stones lo hacen en todo momento. Desde la presentación de sus nombres, hasta los elogios en sus interpretaciones. ¿Cómo? Acercándose a ellos, acentuando con la cabeza la calidad de su ejecución: su trabajo es valioso y los Rolling lo saben perfectamente.

Declaraciones de vida: “It’s Only Rock and Roll”, “Out Of Control”, “Angie” y “Let’s Spend the Night Together” –la petición del público a través de Instagram– hicieron que olvidáramos por un instante el estrés de la vida común, sumergiéndonos en un vaivén de rock y blues que te vuela la cabeza si no estás lo suficientemente preparado para tal chapuzón musical (o si las cervezas se apoderaron de tu ser cuando Little Jesus teloneó más temprano).

Siempre sostuve que un “blanco” no podría tocar bien algo de blues.  Me equivoqué completamente. Keith Richards, armado con una guitarra acústica, nos hizo recordar la década de los cincuenta, ésa donde los Stones encontraron sus orígenes y decidieron dedicar su vida a homenajear tales sonidos y ritmos. “You Got The Silver” y “Happy” (dedicada a su esposa cumpleañera) fueron la prueba de lo anterior.

“Midnight Rambler” comenzó el encadenamiento de éxitos. Para ese momento, la extasiada multitud no dejaba de gritar y bailar, pese a que algunos no tenían más fuerza para hacerlo. Con todo y gargantas destrozadas corearon “Miss You”, “Start Me Up” y demás éxitos que la banda arrojaba a la multitud.

Conforme transcurrió la noche, el concierto fue encausándose alrededor de la melancolía, excitación y catarsis al tener enfrente a tan bestiales músicos. Pese a la ya evidente lentitud en Keith Richards y Ronnie Wood en comparación con la máquina Jagger, su ejecución es aplastante. La exactitud en sus entradas, su forma de improvisar acordes frente a una armónica desquiciada de Mick, su complementación con Charlie Watts en el ritmo, es sin duda alguna lo que se disfruta de su concierto.

Pese a sus 72 años, Mick Jagger sigue moviéndose como hace 30: sus caderas pegadas a los huesos siguen sacando gritos de lujuria por parte de las seguidoras. Su energía y movimientos asombran a quien lo observa. Es impresionante para cualquier mortal; no para Mick Jagger, que hace que miles de personas le canten al demonio con “Simpathy For The Devil” o se llenen de sensualidad con “Brown Sugar”.

Al escuchar “Satisfaction” sabes que todo terminará pronto, pero no importa nada en ese instante, sólo ver a esos hombres homenajeando a la música y al rock, el cual los ha traído toda su vida profesando su mensaje que, aunque se lea como panfleto religioso, para muchos es un estilo de vida al que ayer rindieron tributo.

El saldo final al encenderse las lámparas del foro es devastador: una multitud consumida por el calor de las más caras cervezas de la ciudad, de la adrenalina desbordante por estar ahí en ese momento, de la mariguana quemada que aderezó el recital, de los adolescentes que observaron a las leyendas que sólo habían visto en videos de YouTube, de una multitud que exclama “It’s Only Rock and Roll, but I like it”.

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