Ni santos ni jotos, y tampoco mojigatos

México siempre fue medio mojigato. En “El mundo soslayado”, prólogo a La estatua de sal, de Salvador Novo, Carlos Monsiváis hace hincapié en que la visibilización de los homosexuales en el país puede rastrearse a 1901, cuando ocurrió “El baile de los 41”: la policía irrumpió en una fiesta de travestis y gais  donde había personas de la “alta sociedad” y fue un escandalazo por las detenciones y la resonancia que tuvo la redada.

Desde entonces —y desde antes— sólo se vio a los gais como desviados, inhumanos, inmorales, repulsivos y asquerosos. Jotitos. Travestis o afeminados. Por mucho tiempo se consideró a la homosexualidad casi casi una enfermedad.

Mientras tanto, los jotos se asieron a los clichés y estereotipos que la sociedad les otorgó. Tras la Revolución, indica Monsi, los tú-la-tráis encontraron en el amaneramiento y el dandismo la forma de diferenciarse de la sociedad. Los Señores Homosexuales de esa época, solteros y letrados y muy camp, se distinguían así de quienes les negaban la integración total al sistema; y también de los “jotos de tortería”.

Pero la sociedad mexicana maduró y, poco a poco, entendió que homosexual y sodomita no son para nada sinónimos. Los espacios culturalmente significativos del “Ambiente” comenzaron a respetarse (y difundirse). Los gais ya no tuvieron que esconderse (¿o sí?). Al menos la Ciudad de México, como otras metrópolis del mundo, se volvió gay-friendly.

Dentro de esta apertura social llegó Pink…El rosa no es como lo pintan, ¿película? del cristianísimo ¿cineasta? norteño Paco del Toro, la cual —muy tarde— panfletea el descontento de un sector hacia la adopción homoparental que en México se aprobó desde 2009.

La controversia que desató antes de su estreno exclusivo en una de las dos cadenas principales del país se dio  porque Yuri, cristianísima también, la promocionó y sus fans pegaron el grito en el cielo. Luego vinieron las entrevistas del director con Ciro Gómez Leyva, en donde Del Toro dijo que su patrón, Dios, lo iluminó para escribir el guion y que casi casi era un Mesías.

Tras su estreno, hubo quienes pidieron que la censuraran o hicieron campaña para intentar desprestigiarla. No fueron necesarias ninguna de las dos acciones: Pink se hunde sola, desde su trama —en la cual una pareja gay adopta a un niño y le causa traumas, le “pega” la homosexualidad y lleva al caos a toda la familia hasta que aparece Dios y el papá más jotito se “cura”— hasta su manufactura técnica.

No me molesta (tanto) que sea exhibida ni que fomente la ignorancia y la estigmatización. No. Me enoja que esté tan mal hecha, la baratez de su construcción. Y no hablo de los recursos monetarios, sino narrativos. ¿Cuántas películas de cineastas incipientes o consagrados no se hacen en México al año y cuántas se estrenan en las salas? ¿Por qué con tantas propuestas interesantes, que con una buena publicidad podrían jalar público, una cadena de cines decidió exhibir un producto con dizque “valores morales” pero no estéticos?

El cine siempre ha tenido como opción ser un medio político y propagandístico. Se vale. Pero  las películas deberían servir mucho más a contar-una-historia que a vender-una-idea. Los films más logrados, construidos con honestidad, pasión e incluso sensibilidad, pueden ofrecer percepciones interesantes sobre el ser humano, que con valores estéticos y artísticos pueden llevar a un cambio en las personas o sólo al goce.

Mas hasta para ponerse políticos hay niveles. Quizá Pink hubiera podido triunfar con más mesura audiovisual. Por eso no me preocupa tanto su exhibición. ¿Qué sector fue a verla? ¿Quiénes van a creer en su mensaje? No quiero decir que los más ignorantes, pero sí quienes viven en otra realidad y niegan y reniegan los cambios y evoluciones sociales. Apuesto a que ellos, los ultracristianos, hacen más corajes que yo.

Basta con ver fotos de gente con playeras de “Jesús. Rey de reyes. Señor de Señores” saliendo de las (pocas) salas donde se exhibe la película para saber que, al final, el público objetivo fue el único que la vio. Y no son mayoría. (Por cierto: imagínense lo que siente un chavito cristiano a quien le gusten los hombres y lo lleven en grupito a ver la película. ¿Se odiará a sí mismo? ¿Saldrá del clóset? ¿Odiará su religión? ¿Le provocará depresión?)

Me da risaloca que el director y los pastores cristianos que la promueven repitan una y otra vez que su discurso es respetuosísimo, sin carga homofóbica, cuando al mismo tiempo sus afirmaciones suenan impositivas, con un pensamiento digno de las sectas decimonónicas. Gómez Leyva le pregunta a Del Toro que qué onda con quienes no creen en Dios y en cambio saben que las leyes civiles son palpables, y el también productor responde que qué pena y afirma que “en Jesucristo hay una opción real”.

Pero lo que en verdad me emputa es lo que declara Pablo Cheng (el ¿actor? que en Pink interpreta al gay más floripondio y estereotipado) en sus entrevistas a Radio Fórmula y TVNotas. Él afirma estar en contra de la adopción homoparental —mas no del matrimonio gay— y dice que “los jotos se hicieron para jotear, para ser jotos entre hombre y hombre o mujer y mujer, pero la mujer se hizo para tener hijos y el hombre también. Los jotos, no: los jotos no debemos hacer eso”.

¿Neta? ¿Un homosexual expresándose así, aceptando un papel que lo denigra sólo por un poquito de fama? Me hace pensar que las “desviaciones” en las personas son intelectuales, del pensamiento, y no de género o sexualidad. Cualquiera puede ser una persona horrible, sin importar si se acuesta con hombres o mujeres. No todos los homosexuales sueñan con travestirse ni todos los heterosexuales son unos machos cabrones. Y si seguimos la Teoría queer, no hay géneros: sólo individuos.

Lo que debería saber Paco del Toro es que la controversia no está peleada con el buen gusto. Si hiciera a un lado —por un momento nomás— la Sagrada Biblia y se acercara a textos de Novo o Monsiváis mismos o incluso John Waters (Mis modelos de conducta es brillante), icono(clasta)s de la elegancia y el ingenio, y grandes provocadores a la vez, se daría cuenta de que se necesita algo-qué-decir y cómo-decirlo-bonito-con-virtud-estilística-y-bien-pensado que esos autores, aun siendo gais y condenados al fuego eterno, dominan como él nunca podrá. O que platique con Francisco Franco (Quemar las naves, Tercera llamada), mexicano, homosexual y verdadero cineasta, pa’ que aprenda algo.

La homosexualidad no es unilateral. Los gais no son jotos o desviados o sodomitas, ni santos o mojigatos: sólo humanos y, por lo tanto, complejos y con varias caras, igual que cualquier heterosexual (o buga). En la sociedad actual, todos podemos profesar y pensar —y criticar— lo que queramos.  ¿Pero no se supone que Dios prefiere amor y paz en vez de rencor e intento de imposición?

Yo me pregunto honestamente si tras el desdén que algunos, como Del Toro, tienen hacia los gais no se esconde una inclinación secreta hacia los adanes en vez de las evas. Podría ser, ¿no? Si nos guiáramos por las palabras de este director, sería evidente que Dios no es tan buen guionista y la mojigatería no otorga en automático dominio de la técnica cinematográfica y narrativa. ¡Pero no! El cine es creación humana y si una película es fea (audiovisualmente), sin importar su temática, es fea y punto. Lo verdaderamente penoso es cuando aparte de fea, es mala y no a propósito.