Miguel Gomes y la música

Una voz en off pausada, seria y melancólica nos presenta un paraíso musical. Sería injusto considerar aquella entonación constante en la filmografía del realizador Miguel Gomes sin cuestionar las implicaciones que mantiene junto a la presencia musical.

Hablar de cine portugués contemporáneo no puede aislarse sin tener una reminiscencia de “Tú serás mi baby” (Les Surfs) o “Baby I love you” (The Ramones). Las imágenes coloniales de Tabú mezcladas con música aparentemente fuera de contexto pueden resumir el interés musical del cineasta.

¿Cuántos directores saben utilizar la música en cada uno de sus fotogramas de la misma forma que Miguel Gomes? ¿Cómo es que logra trasladar el código musical al cinematográfico? ¿Será que nunca deben separarse? Me atrevo a decir que pocos logran el montaje rítmico como él y con un estilo tan desarrollado.

El autor de Aquele Querido Mês de Agosto (2008), Tabú (2012) y su más reciente As Mil e Uma Noites (2015) estrenada en Cannes, dividida en tres volúmenes donde suenan varias versiones de la pieza “Perfidia”; con cada una de sus cintas, muestra las posibilidades musicales que tiene el cine (obras proyectadas en México como parte de una retrospectiva presentada en FICUNAM, 2016).

Gomes ha declarado que si él hubiese podido elegir otra profesión que no fuese ser cineasta o crítico, sería la de músico y a su consideración no se le dio. Por lo mismo, le es inevitable mantener un constante acercamiento a la música en cualquiera de sus cintas. Lo anterior se nota en cada secuencia y canción que elige; nos transporta por el umbral musical, el cual parece sacado de videoclips, del realismo poético francés o del cine musical de mediados del siglo XX; sin la necesidad de alejarse a una construcción contemporánea y propositiva, ya que logra transgredir el uso acostumbrado de la música.

Nos encontramos con un autor y, ante todo, un espectador que nos quiere gritar a todo momento: “Esto es cine”. Porque el cine es imagen en movimiento pero también es música y sonido. En Aquele Querido Mês de Agosto una pequeña discusión entre el director y su diseñador sonoro nos deja ver con claridad su postura: “Cuando la gente normal está escuchando cosas insignificantes […] yo no puedo escuchar esas cosas, no estoy ahí, entonces para mí no existen”, la cual justifica su forma de “capturar” el sonido.

Este filme nos muestra diversos grupos musicales portugueses en conciertos; la música forma parte de la narrativa: una historia de amor (incestuoso) se mezcla, en múltiple exposición, con las melodías y montañas naranjas. El contrapunto y la contradicción; las transiciones y la abstracción, se entrelazan en cada fragmento.

Tabú es una cinta con romance y política. Un amor en fuga nostálgico, extraño, imaginativo y con delirio. Unas nubes con forma de cocodrilo pintadas en monocromo, ocasionan un gran homenaje al espectador que logra comprender los recursos referenciales, como una oda al cine mismo: de Murnau al cine hollywoodense de Billy Wilder. Mientras se juega con la narrativa y voz de Gomes, vemos a los personajes dialogar y no sabemos lo que dicen; pero sí logramos escuchar los ambientes, los pasos, los balazos (a la manera de Godard) y la música, mucha música.

Antes de ser cineasta Gomes fue crítico, por lo mismo se percibe su bagaje cinematográfico y su (auto) valoración como observador audiovisual. Pocos cineastas se ponen en la butaca antes que atrás de la cámara, es así que el portugués sabe tener empatía con su espectador,  nunca alejado de él y en una relación dialógica. Por ejemplo, Lisbon Story (Wenders, 1995) fue rodada en su ciudad natal y, de alguna forma, siempre está presente en sus filmes con una reflexión semejante sobre el sonido.

Miguel Gomes y la música siempre van juntos. El director de orquesta logra trascender la pantalla a partir de la construcción de los espacios, su puesta en cámara, la fragmentación y las posibilidades interpretativas; todo vinculado a la música, la cultura popular y los cuentos (así como se evidencia en A cara que mereces de 2004, donde se juega con los siete enanos de Blancanieves).

Aquél que se encuentra con su cine, no queda inactivo en ningún momento. Intuitivo y alejado de los métodos, para él la línea entre la ficción y la realidad no existe. Aunque considera lo poético como uno de los principales problemas de los cineastas, nunca se aleja de ello. El autor portugués quiere mostrar y contar, hablar y cantar: sin separación.

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