Kid A cumple quince. Un homenaje.

Radiohead

Kid A

Parlophone/Capitol; 2000

¿Qué más se puede decir de un disco como Kid A? Durante quince años, críticos, aficionados y otros músicos han derrochado todo tipo de elogios sobre esta colección de diez canciones. ¿Por qué? Razones hay muchas, pero la principal es que es un álbum de esos que, simplemente, lo cambian todo; es más: quizá estemos hablando del último disco de esa especie.

Kid A lo ha cambiado todo, incluso vidas. Al menos la mía. En el año 2000, era un puberto “rockero” que gustaba de Metallica, KoRn y Nirvana. De Radiohead conocía, obviamente, “Creep”, más algunas canciones de The Bends y Ok Computer. En la extinta Radioactivo 98.5 solían programar constantemente “Optimistic”, primer adelanto de lo entonces nuevo de la banda inglesa. El sonido de aquella canción me parecía extrañamente familiar, pero inusualmente nuevo.

Para entonces Radiohead me parecía una banda enigmática, con un “algo” que no sabía explicar. El gusto por “Optmistic”, más algunas críticas halagadoras para el Kid A de algunas revistas, me hicieron decidir que compraría aquel nuevo y misterioso álbum. ¿A qué sonaría? Un día de aquel octubre, después de salir de la secundaria, tomé el camión que me llevaría a la tienda de discos más cercana. Busqué la letra R en la sección de “Alternativo”. Ahí estaba: Kid A. Aproximadamente $200. Me lo llevé sin pensarlo.

Regresé a casa y desempaqué la nueva adquisición. El arte gráfico que acompañaba el disco era extraño, pero me cautivaba de cierta manera. Coloqué el disco en la hoy difunta grabadora con reproductor de CD y me acosté en la cama con la cabeza cerca del aparato. Sonaron las primeras notas de “Everything In Its Right Place”. No hace falta decir que nunca había escuchado nada igual. Aquello no era rock; no sabía qué demonios era, pero me encantaba. El mood que provocó en mí aquella primera escucha era totalmente nuevo para mí. ¿Cómo debía sentirme ante tal amasijo de sonidos? Quizá fue esa confusión la que me hizo, casi instantáneamente, enamorarme del Kid A. Para cuando terminó “Motion Picture Soundtrack”, mi vida había cambiado, y nunca sería como antes.

¿Por qué contar mi historia, si quizá a nadie le importe más que a mí? Porque supongo, espero, otras personas vivieron experiencias similares, en distintos lugares y momentos. Porque algo que quizá no se ha dicho del Kid A es la forma en que pudo cambiar individualmente distintas realidades.

Pero, colectivamente, ¿cuál es la importancia de un disco como éste? Difícil saber por dónde empezar. Tres años antes, con Ok Computer, Radiohead ya se había ganado un lugar en el olimpo del rock, curiosamente, comenzando a romperlo. ¿Cómo seguir después de un álbum tan brutal? Continuando con esa destrucción, rechazando todo. Kid A hizo que el rock pareciera cosa de niños. Para Radiohead no había otra forma de salvar la música que destrozándola por completo.

Y es que juzgar Kid A como un álbum de rock parece un poco absurdo. Es cierto: tiene riffs, líneas de bajo y ganchos. Pero también tiene elementos de electrónica, de glitch, de ambient y hasta de jazz. Desde su lanzamiento, el álbum escapó a cualquier clasificación y, hoy, quince años después, sigue haciéndolo. Ponle play y te encontrarás con una experiencia emocional única. Parecía la consecuencia lógica de una era encarnada en una banda y un álbum: la muerte y renacimiento del rock. Radiohead, cansado de ser Radiohead, cansado de todo, se destruyó a sí mismo, destruyó su música, y, de esa forma, construyó una entidad que parecía su versión ideal.

Pero, al mismo tiempo que Kid A parecía ser una nueva versión de la música por su carácter inclasificable, encarnaba el último resquicio de otra. Tal vez algunos de ustedes recuerden que antes la música se escuchaba de forma diferente. La gente compraba objetos físicos (CDs, cassettes o vinilos). Uno se sentaba y escuchaba de principio a fin, sin levantarse, aquella pieza musical (ya fuera sólo una selección de canciones o un concepto en su totalidad).

Kid A quizá fuera inclasificable, pero sus canciones encarnaban una totalidad. En aquellos años, Napster e Internet comenzaban a cambiar aquello. El álbum dejaba de ser la unidad por excelencia para escuchar música y daba paso a la canción. Todo se hacía más pequeño. El shuffle y las playlist son lo de hoy. Hoy, muy pocos artistas conciben sus obras como completas: se revelan más de la mitad de las canciones semanas antes del lanzamiento, o podemos escucharlo en YouTube sin ninguna restricción, poniéndole pausa cuando queremos.

El cuarto álbum de Radiohead llegó cuando tenía que llegar. Representa el final de una era y el principio de otra. No parece casualidad que haya sido lanzado en el año 2000. Es representación y bandera de una generación que tuvo que acostumbrarse a una nueva forma de vivir (y escuchar), comandada por Internet.

¿Qué representó este álbum para sus creadores? (¡Sí: eso fue creado por alguien!). Ya lo adelantamos un poco: un rechazo completo a sí mismos, sólo para crear la mejor versión de sí. Después del éxito de Ok Computer, la banda bien pudo repetirse con variaciones de “Karma Police” y aun así le hubiera alcanzado para conservar su reputación por un buen rato. Sin embargo, decidieron hacer todo lo contrario, iniciando un proceso interno de constante cambio que no ha terminado aún.

Incluso la idea de “volverse electrónico” parece un cliché hoy en día (y también lo era en los noventa) para una banda. Pero los elementos integrados en Kid A no sólo estaban ahí para eso. Respondían a una tesis musical que habían comenzado a explorar un disco antes y que era llevada a otro nivel. Todas las herramientas estaban al servicio de la exploración sonora y Radiohead supo usarlas a su favor. La idea de la tecnologización de la sociedad, que tanto ocupaba a la banda, vuelta música.

Cuando apareció el álbum, el 2 de octubre del 2000, sonaba al futuro. Sonaba a Internet. Sonaba al mundo digital entrando poco a poco en nuestros cerebros. (No es que sea bueno o malo: sólo es.) Y hoy, quince años después sigue sonando igual. Sigue sonando al futuro. Quizá suene ilógico, pero, como buen representante de su tiempo, Kid A suena atemporal. Nuestro tiempo es tan rápido que no percibimos el cambio.

¿Todo eso importa al momento de escucharlo? No. No importa qué tanto se diga de Kid A, su experiencia parece seguir intacta. Sólo escuchen y compruébenlo. Toda la complejidad de una era en diez canciones, en el orden perfecto, funcionando juntas. No sé ustedes, pero creo que ningún álbum ha vuelto ha impactar al mundo de igual forma en estos quince años. Larga vida a Kid A.

Homo sapiens | CDMX | Periodismo musical | Producción audiovisual

Deja un comentario