Tidal y Pono. Los músicos le entran al negocio

Este 2015 han ocurrido dos acontecimientos singulares en la industria musical. Y son singulares porque quienes lo llevaron a cabo no son los que regularmente deberían hacerlo. Los músicos se están volviendo empresarios de la música, algo que, aunque parezca irónico, no era nada común. Ahora, además de crearla, también quieren venderla.

Uno de ellos es el veterano Neil Young, quien inició en este camino hace casi tres años. Fue en 2012 cuando fundó PonoMusic, compañía destinada a cumplir su propósito de rescatar la música de la miseria en que estaba sumida por el MP3. Young nunca ocultó su desprecio por este formato digital, en especial por la calidad ofrecida por iTunes. Ese mismo año apareció en el programa de David Letterman con un prototipo del reproductor de música Pono.

Pasaron dos años para que, en 2014, Young anunciara que Pono sería un sistema basado en el formato FLAC, con un catálogo que incluiría tanto a las grandes disqueras como a las independientes. Se inició una campaña en Kickstarter para recaudar los 800,000 dólares que permitirían la fabricación de los dispositivos. Se recaudaron 6,2 millones de dólares, convirtiendo a la de Pono en la campaña más exitosa de la historia de Kickstarter.

Fue el 5 de enero de este año que aquellos que habían pre-ordenado su Pono pudieron tenerlo, así como el público en general. El ecosistema Pono consiste en el reproductor con 64 GB de capacidad (más expansión para tarjetas SD de 64 y 128 GB); la tienda en línea donde se pueden adquirir los álbumes; y una aplicación que permite sincronizar los archivos con el reproductor.

Sin duda, las intenciones de Young son buenas: quiere que escuchemos la música de una mejor manera. La campaña inicial fue un gran éxito, y demostró que esas buenas intenciones tenían un gran número de seguidores (y que Young también es bueno para el marketing). Todo pintaba bien, así que, ¿qué podía estar en su contra? Parece que, hasta ahora, unas cuántas cosas.

Para empezar, ni el precio del reproductor ni el de la música son tan accesibles. Pono se vende en la página oficial por 399 dólares (unos seis mil pesos); prácticamente, lo mismo que un iPod Touch, el cual ofrece un número bastante mayor de funciones. El precio de los álbumes oscila entre los 9.99 y los 24.99 dólares (entre 150 y 375 pesos), algo que, quizá, no mucha gente está dispuesta a pagar cuando ya compró esa misma música anteriormente o incluso la descargó gratis.

El año pasado pudimos ver un video donde distintos músicos famosos, desde Tom Petty hasta Elvis Costello, se desvivían en elogios para Pono. Según sus comentarios, nunca antes habían escuchado la música de esa manera. Parecía que se venía una revolución comandada por Young. Y aunque el elevado precio estaría justificado por la calidad superior de audio, hay quienes no están de acuerdo en que esto ocurra realmente.

Unas cuantas semanas después del lanzamiento de Pono, David Pogue de Yahoo! Tech hizo un interesante experimento para comprobar la supuesta superioridad del nuevo reproductor ante su némesis, el iPhone de Steve Jobs, ese que había succionado el alma de la música. 15 voluntarios, de entre 17 y 55 años, fueron puestos a prueba escuchando tres canciones, las cuales fueron compradas dos veces, una en la tienda de Pono y otra en iTunes, y fueron reproducidas en sus respectivos aparatos.

Los voluntarios escucharon las tres canciones tanto con unos buenos audífonos de diadema como con unos simples earbuds. Los escuchas podían cambiar la canción entre los dos dispositivos cuando quisieran, aunque nunca pudieron saber cuál de los dos estaban escuchando. Los resultados indican que la mayoría nunca notó la diferencia entre Pono y el iPhone, e, incluso, algunos prefirieron el iPhone por encima de su competidor. (Pueden ver el artículo completo aquí).

Parece algo decepcionante, tomando en cuenta que la supuesta calidad superior de audio es la carta principal de Pono, aquello por lo que alguien debería comprarlo. A eso hay que agregar los comentarios que señalan su incomodidad para ser transportado y manipulado. Pero parece que hay algo que ni Young ni nadie había tomado en cuenta. El mercado, así como hace unos quince años despreciaba el CD en aras de los archivos digitales, ahora hace a éstos a un lado en favor de la nueva forma de escuchar música: el streaming. Quizá Pono llegó un poco tarde al mundo.

Es aquí donde otro músico, con un puñado de buenos amigos, ha entrado al quite. Jay Z y Tidal, su reciente servicio de streaming para música. Parece haber ciertas similitudes entre lo que ocurre con Tidal y Pono, aunque esta historia tiene sus particularidades.

Tidal apareció el año pasado como una apuesta de la compañía sueca Aspiro, dentro del boom de servicios de streaming que tiene a Spotify a la cabeza. A principios de este 2015, Aspiro fue adquirida por Project Panther Ltd., compañía que pertenece a Shawn Carter, alias Jay Z. El 30 de marzo, a través de una fastuosa ceremonia en Nueva York, se celebró el relanzamiento de Tidal, con la presencia del mismo Jay Z, su esposa Beyoncé, Kanye West, Arcade Fire, Daft Punk, Jack White, Nicki Minaj, Madonna, Rihanna, Usher, Alicia Keys y otros, todos ellos copropietarios.

El discurso era esperanzador. Una empresa de música manejada por los músicos mismos, sin intermediarios. Y que, además, pagaría a los artistas las regalías más altas, en comparación con otros servicios similares. Esto parecía algo bueno tomando en cuenta que artistas como Thom Yorke o Björk han retirado su música de Spotify por considerar que los autores no son pagados lo suficientemente bien.

Todo esto respaldado por artistas sumamente populares, cuya sola presencia es suficiente para llamar la atención. Al igual que Young, parece que Jay Z es bueno para el marketing, ya que el hype comenzó con una estrategia en redes sociales donde los propietarios cambiaron su avatar por un cuadro de color azul, así como con un video promocional. De que hicieron ruido, lo hicieron.

A partir de ese día, Tidal estuvo disponible para el público. Básicamente, funciona como cualquier otro servicio de streaming ya existente; con la salvedad de que no existe suscripción gratis alguna. Para usar Tidal debes pagar, y no es poco. La suscripción estándar cuesta 9.99 dólares al mes (unos 150 pesos) y reproduce música en formato AAC a 320 kbit/s (la misma calidad de iTunes o de Spotify Premium). Tidal HiFi ofrece reproducción de música en formato FLAC a 1411 kbits/s (lo mismo que Pono), pero cuesta el doble: 19.99 dólares.

Al igual que con Pono, el precio no es lo más accesible para un público masivo que, alta calidad de sonido o no, busca accesibilidad y bajo precio. Quizá la gente esté dispuesta a pagar, pero no todos parecen necesitar la mejor calidad de audio. Como con Pono, quizá la diferencia entre un archivo estándar y uno de alta calidad no sea tan perceptible como para pagar el doble por la segunda. Además, el precio tira por la borda el slogan #TIDALforAll que acompañaba los tuits de algunos artistas propietarios. No, no parece ser para todos.

Eso sí, a diferencia del reproductor portátil de Neil Young, Tidal parece llegar en un mejor momento, cuando este tipo de servicios comienza a consolidarse. Sin embargo, no parece ofrecer una diferencia sustantiva en comparación con sus competidores, incluido el venidero Apple Music. Tidal tiene 25 millones de canciones en su catálogo, mientras que Spotify tiene 30 y Apple tendrá 37. Tidal está disponible en 43 países, mientras que Spotify lo está en 60 y Apple estará en más de 100. Y, como ya habíamos dicho, Tidal no tiene una modalidad de suscripción gratis, lo que parece su mayor debilidad.

El mayor atributo de Tidal parece estar en los productos exclusivos, aunque habrá que ver si es suficiente para que la gente esté de acuerdo con el precio. Por otro lado, está el discurso mesiánico acerca de un nuevo modelo manejado por artistas que ayuda a los artistas. Sin embargo, algo no parece encajar. El modelo sigue siendo el mismo, solo que estos empresarios tienen el negocio completo.

“Nosotros le pagamos más a los músicos”. Parecen las palabras de un hombre de negocios, no de alguien que quiere mejorar las cosas. Quizá si los artistas independientes, aquellos que de verdad necesitan ser mejor pagados, hubieran estado en aquella ceremonia de gala (o mejor aún, fueran socios), sería diferente. Eso sí sería un nuevo modelo. Pero no se siente bien ver a esos artistas millonarios quejándose sobre lo mal que son retribuidos.

No dudo de las buenas intenciones de Neil Young y Jay Z. Quizá sus empresas no tengan un éxito masivo, pero sí parecen tener un buen nicho de mercado que satisfacer. Por lo menos, están tratando de hacer las cosas de un modo diferente.