Me siento como el Teatro Michigan

El otro día caminaba con un amigo por la colonia Santa María la Ribera, ya que ambos sentimos un encanto por ella, aunque tenemos opiniones un poco diferentes en cuanto a las construcciones: mientras que a él le molesta la sistemática destrucción de los bellos edificios de la zona, a mí me atrapaba una nostalgia extraña al observarlos.

Mientras caminábamos le comenté que el Cine Ópera estaba cerca. Caminamos hacia allá y lo observamos por entre la cortinilla metálica que lo cubre. Un edificio bellísimo, sin duda. Entonces le dije que me sentía un poco como ese edificio, como si la imagen, lo que de él queda y podemos apreciar fuera un estado anímico.

Le pregunté si ya había visto Only Lovers Left Alive (Sólo los amantes sobreviven, 2014) de Jim Jarmusch; me dijo que no. Yo aseguraba que le gustaría, no sé si ya la había visto, pero pensé que le gustaría.

Le comenté de la película básicamente porque mi intención era hablarle del Teatro Michigan, que se localiza en Detroit, una ciudad que estuvo en la cumbre cuando la venta de autos empezaba, hasta que la producción en serie y el fordismo acabaron con ella gradualmente y el teatro se convirtió en un estacionamiento. Me importaba recalcar eso porque yo me sentía como el Teatro Michigan.

Pero insistí: le gustaría. Primero, porque salen dos vampiros súper (pero súper esnobs): Adam (Tom Hiddleston) es un músico underground que colecciona instrumentos raros y quien ha presenciado los más grandes conciertos, pero está sumamente deprimido (vive en Detroit). Está casado con una vampira llamada Eve (Tilda Swinton) una lectora asidua que temporalmente vive en Tangier con Christopher Marlowe, un escritor contemporáneo de Shakespeare (o Shakespeare mismo, según el mito).

Los tres vampiros viven al día, pero en un sentido especial que sólo aplica a ellos. Evidentemente, necesitan alimentarse (de sangre, obviamente). No hay que olvidar que, en este mundo, los vampiros no son inmortales, solamente son otro tipo de mortales, un tipo que se alimenta de vida (sangre); pero si la sangre no es buena, si está contaminada, pueden morir. Viven al día porque la sangre sana es escasa.

¿Si googleo “enfermedades”, cuántas creen que puedan aparecerme? Sin duda, muchísimas. Esto es algo de lo que deben cuidarse: de la sangre mala; también deben cuidar de donde la sacan. ¿Cuál es el banco de sangre más confiable y a la vez corrupto?

Dos vampiros en la vida moderna tienen muchas preocupaciones para poder sobrevivir; imposible comerse al primero que se atraviese: puede estar enfermo, puede ser importante, pueden rastrearlos, pueden encontrarlos, pueden experimentar con ellos, exponerlos, pueden pasar muchas cosas por un descuido.

Si algo ha caracterizado al vampiro en sus representaciones próximas es su insaciabilidad. Desde que tengo memoria; los vampiros se me han mostrado como amos del exceso, libertinos hambrientos. Sin embargo, en esta cinta, este par apenas puede aspirar a lo mínimo posible para no morir: la condición dopamínica del alimento. Una inyección de serotonina.

El exceso te llevará a la destrucción. Los vampiros de Jarmusch no son un par de hedonistas glotones (salvo por Ava (Mia Wasikowska), hermana de de Eve). Los zombies, sí, los hombres: generaciones y generaciones de criaturas enajenadas, sin alma.

Podría seguir enumerando elementos de este mundo de Jarmuch y no importa cuantas vueltas le dé, todo me resulta sumamente congruente. Lo que no me resulta tan congruente es que sean tan esnobs; tal vez sólo es una pizca de nostalgia, haber visto la grandeza y verla despellejarse en el olvido. Tal vez no son esnobs, aunque a mí me lo parecen. Tal vez, en conjunto, son un estado anímico, una habitación del alma del director.

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