Todos apretaditos en el Patrick Miller

¡Hace tanto calor! “¡Si así es el infierno, quiero morir ya!”, dicen los chicos que bailan a un costado de la barra de cervezas. Todos apretaditos, moviendo esa cadera que por fin tiene un uso y, en un segundo de motivación, todos bailan al mismo ritmo: sincronía imperfecta. No existe la pista, no hay leyes de la física. Es el Patrick Miller.

Un viaje mal improvisado al pasado, un lleno total y excesivo. En el centro de la ciudad se sitúa un lugar al que muchos han denominado la “bodega neón”, un espacio dedicado al dance, al disco y a toda la onda romántica de las décadas doradas del baile. Las licras fluorescentes y las chamarras de cuero ya no abundan; en su lugar, los zapatos de vestir y los jeans entubados han invadido el pasado para demostrar la nostalgia de la cultura musical.

El templo del high-energy (hi-ENG), música echa exclusivamente para bailar creada en los años setenta allá por el Reino Unido. Movimiento que se expandió por todo el mundo modificando la forma del baile y que fue la base de la primera corriente de la música house. Más que un simple género musical, rápido y colectivo, sirvió como símbolo de representación para las comunidades homosexuales de la época, haciéndolo mucho más interesante.

Solo una vez a la semana, viernes bendito, se puede ir a bailar sin ser un experto. Las luces a bajo nivel y los reflectores psicodélicos trasforman al peor bailarín en un maestro de la pista. Las bolitas de amigos abundan, las cervezas fluyen sin parar y las gotas de sudor son las protagonistas de cada noche. Dos narrativas en la pista de baile. Nivel novato: los que no tenemos idea de cómo se bailan las rolas que suenan pero que intentamos dar lo mejor de nosotros (la mayoría). Y los dones del dance: señores (casi siempre) o chicos que se han especializado en los movimientos esenciales de aquellas épocas y que se lucen en el centro de cada grupo de amigos.

El culto a lo perdido. El lugar recibe el nombre gracias a Roberto Devesa, un DJ mexicano que allá por la década de los ochenta trajo a México toda la fiesta que contiene el hi-ENG. Después de contagiar por mucho tiempo con estos “reventones”, un grupo de seguidores comenzó a predicar con el legado de Roberto, al que apodaron Patrick Miller, y desde entonces las legendarias fiestas de este personaje se desarrollan en el antro que lleva su nombre. Es por eso que el pasado de esas fiestas se debe de conservar. No existen los prejuicios, salvo una condición: si no sabes bailar, debes observar a los señores que van de pants, pues aquellos son los expertos del baile.

Miles de luces que atraviesan la piel, perforan la vista y despiertan la adrenalina de cualquiera. El Patrick Miller tiene el minimalismo que se necesita para regresar en el tiempo, sin mucha logística. Una pista manchada de neón y una pantalla al fondo del lugar dan la bienvenida a unos 500 bailarines cada viernes. Tan barato como divertido, nadie tiene excusa para no ir y dejarse llevar por el calor y “YMCA” de Village People.

¿Qué si hay una bola disco en el techo? Claro que sí, todo está acondicionado para que entres en una capsula del tiempo y te olvides en que década estás. Todos apretaditos, sin dejar de mover los pies o la cintura, porque tal vez ya no se pueda mover nada más; porque es mejor llevar ropa cómoda y ligera, ya que posiblemente arderás mucho más que en un vagón del metro a las siete de la mañana. Y, por si fuera poco, deja de pensar que te sentarás un rato, pues el chiste es morir gracias a un calambre en los pies. Así es el Patrick Miller.

Ubicado estratégicamente en la calle Mérida 17, Col. Cuauhtémoc, la bodega funciona a partir de las nueve de la noche y termina poco antes de las tres de la mañana (como lo marca la ley). Se vende cerveza y agua, alguna que otra bebida energética para los más débiles y tiene una pequeña área de fumar. Sin embargo, el calor es parejo y no podrás escapar tan fácil del infierno. Prueba un viernes de algún mes y podrás estar seguro de que regresarás cada vez más seguido.

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