El fin del viaje: Amy Winehouse

Los viajes, como la vida, tienen un final. Tristemente, algunas cosas no duran para siempre, y es que pareciera que la vida está organizada de manera cíclica, que necesita  finalizar para renovarse y comenzar otra vez. Los viajes pueden tener dos funciones finales: pueden ser la apertura a una nueva etapa o el cierre a una larga carrera; en cualquiera de las forma, se necesita hacer un reencuentro de los ganado y de lo perdido.

Los viajes que no tienen un regreso son los que dejan un hueco en el espacio y en el tiempo. La muerte forma parte de aquellos, y estos marcan el final de una vida. Para la música, los viajes sin retorno pueden representarse de varias formas: la separación de una banda, el fin de una época musical o la muerte (literal) de una voz. Y con ello, el viaje llega a su final.

Hay viajes como los de Ozzy Osbourne o Mick Jagger  que pueden durar más de 60  años, pero hay otros que son más cortos, que sin duda lastiman más profundo. Amy Winehouse tuvo uno de esos viajes pequeños y rápidos, dejando en pausa muchos proyectos, tanto de vida como profesionales. Murió el 23 de julio del 2011; fue una de esas breaking news que paralizan a los medios de comunicación, a los fans y, por supuesto, a su familia.

El viaje de Amy duro 27 años. Nacida en Inglaterra y poseedora de una de las voces más impactantes de los últimas décadas, Amy se destacó por ese contralto que surgía de su garganta, por la poderosa capacidad para interpretar el blues, el jazz, el rock. Como un plus, Amy era acreedora a una de las personalidades más llamativas del medio; dejó el estereotipo de “niña perfección” del pop para traer a la vida a una mujer del siglo XXI.

Con un gesto de tristeza y con la determinación de un felino, Amy tenía entre sus muchas virtudes tener asegurado el éxito, que para el 2006 explotó. “Back to Black” sería una de esas rolas que el mundo agradecería por haber existido, la voz de Amy en su mejor momento, un ritmo clásico y con un mensaje deprimente pero real. Eso era Amy, una persona real que interpretaba su realidad.

Y aquí viene el éxito: los cinco Grammys, el dinero, las giras y todo el mundo a sus pies; le siguen las drogas, el alcohol y todas esas adicciones adquiridas por el ya conocido “mundo del espectáculo”, un viaje que parece una montaña rusa. A veces, pocas, Amy con una sonrisa en los labios y con la fuerza en su garganta para interpretar Rehab, a veces, muchas, Amy con una copa en la mano y con la mirada perdida tratando de comprender que su realidad es solitaria.

Con su eterno delineador de ojos y con el cabello perfectamente fijado, Amy logró, con solo dos discos, conquistar al mundo. La fama le sobraba y los escenarios no eran suficientes para ella. Nominada a un sinfín de premios por parte de MTV, debutando en el Billboard, ganando Grammys y sembrando un futuro que al parecer marchaba exitoso (con el simple detalle de sus adicciones, su comportamiento suicida y las malas relaciones que tenía).

Una pausa larga en su carrera, como si se hubiera quedado inmóvil mientras el mundo seguía caminando, un divorcio, una visita a muchos centros de rehabilitación y pocas presentaciones. La voz que había tenido como don se fue quedando afónica y la delgadez más corrosiva la fue consumiendo, lentamente y en soledad, justo como toda su vida.

La pausa se quitó, el viaje continuaba pero lo que nadie sospechaba era que el final del recorrido estaba por llegar. A sus 27 años, la cantante inglesa fue encontrada muerta en su habitación un 23 de julio. El suicidio como escapatoria, como un terrible accidente o simplemente la muerte como el final de su vida terrenal. La tragedia de perder una voz consumió al mundo, un viaje corto, exitoso pero borroso y desequilibrado.  Por lo menos Amy Winehouse cumplió con su labor en la Tierra: regalarnos una voz perfectamente hermosa.

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