Me gustaban más en su primer disco

Seré sincero. Este texto se basa, casi en su totalidad, en impresiones personales y evidencia anecdótica. No sé ustedes, pero he notado una tendencia a valorar positivamente el primer (o primeros trabajos) de un artista o agrupación, mientras que los últimos o más recientes a veces parecen menospreciados o ni siquiera cobran relevancia alguna en el medio musical.

Y aunque todo se base en mi percepción, creo que hay suficientes ejemplos para tomar esto en cuenta (al menos eso creo). Numerosas bandas se presentan ante el mundo con un tremendo primer disco que hace soñar con una prometedora carrera y canciones memorables en el futuro. Dos años después, el segundo disco decepciona, y para el tercero, ya casi nadie se toma la molestia de escucharlos si no son fans de hueso colorado.

¿Nombres? En años recientes tenemos a Bloc Party, Klaxons, Wolf Parade, Franz Ferdinand, Clap Your Hans Say Yeah!, Hercules and Love Affair, Hot Hot Heat, The New Pornographers, Peter Björn and John, The Polyphonic Spree, The Raveonettes, Razorlight, Scissor Sisters, Sleigh Bells, Midnight Juggernauts, The Vines, Wolfmother. Según recuerdo (y quizá ustedes también), todos ellos fueron la sensación en algún momento de la última década, pero hoy son pocos los que se enteran si sacaron un nuevo álbum.

Ojo, no me malentiendan. No estoy diciendo que estos grupos sean malos o que antes hayan sido buenos y ahora no lo sean. Sé que tienen una base sólida de fans y que algunos de ustedes forman parte de ella. Sin embargo, pienso que la relevancia cultural de sus posteriores trabajos nunca igualó a lo que logró el gran debut. Pero hay otros casos; no hace falta ser olvidado por completo para probar este punto.

Ahí tenemos a dos de los consentidos de los últimos tiempos. The Strokes e Interpol. This Is It en 2001 y Turn on the Bright Lights de 2002 permanecen, hoy en día, como dos joyas de la música del nuevo siglo. No importa la cuestionable calidad de sus últimos trabajos o lo extraño o soporífero de los discos solistas de sus integrantes, esos dos discos se ganaron la posteridad. ¿Qué pasó? Si The Strokes evolucionó, tocan mejor sus instrumentos y utilizan nuevos. Si Interpol perfeccionó su notable sonido y mejoró su ejecución. Simplemente, nunca lograron cautivarnos como lo hicieron ya hace más de diez años.

La cosa cambia de un grupo a otro, pero se mantiene en esencia. Vayamos con grupos formados hace un poco más de tiempo. ¿A alguien de verdad le interesó el último disco de Pearl Jam o U2? ¿Alguien se enteró que Bruce Springsteen, Billy Idol y Prince lanzaron disco en 2014? Quizá, muy pocos. De nuevo, hablamos de la relevancia cultural del trabajo artístico, no de la calidad.

Si nos vamos a los verdaderos clásicos, pienso que la cosa sigue sin cambiar mucho. David Bowie siempre será recordado por su trabajo en los años setenta, principalmente, y la figura de Ziggy Stardust es uno de los iconos más importantes de la cultura pop. Sin embargo, no ocurre lo mismo con álbumes como Heathen, Earthling o Black Tie White Noise. Lo mismo puede decirse de los últimos trabajos de Led Zeppelin, Pink Floyd, The Rolling Stones o The Cure. O los que regresan queriendo revivir viejas glorias y sólo consiguen una sombra de ello, como Pixies y Smashing Pumpkins. (Quizá una excepción sea Radiohead, cuyo primer álbum es el menos apreciado por crítica y público).

El chiste de todo esto es que en los inicios parece estar lo bueno y después viene el declive. Explicaciones parece haber muchas, aunque quizá la correcta es una combinación de todas ellas. Para simplificarlo, podemos centrarnos en el artista, en la industria o en la crítica, aunque no de forma aislada.

Si nos centramos en el artista, podemos hablar de creatividad. ¿Será que la creatividad se acaba con la edad? Puede ser. ¿Será que la juventud tiene un empuje místico que hace que el artista saque lo mejor que tiene dentro? Tal vez. O quizá, una vez conquistado el mundo, no queda más que seguir haciendo que la maquinaria funcione. No sé qué piensen, pero pareciera que, las grandes nuevas canciones, pocas veces vienen de alguien que no es joven.

No cabe duda que para sobrevivir en la industria y en el gusto de las masas se requiere algo más que un puñado de buenas intenciones. Los grupos mencionados, como Bloc Party o Razorlight, sin duda tenían talento, pero quizá no les bastó más que para una buena entrega. Pero, muy aparte del genio que algunos tienen y otros no, debemos tomar en cuenta el contexto en el que la música es creada y escuchada.

Sí, quizá hay músicos que parecen tener el talento de un dios a la hora de componer; pero toda esa genial música no salió de la nada, tuvo que haber venido de algún lado. Los músicos, como humanos que son, absorben influencias de todo tipo, responden al momento que viven, son productos de su tiempo (y de todos los anteriores). Y por ende, su música, su creación, también es producto de todo eso.

Es así que, por ejemplo, Lou Reed reflejó en su música lo que él vivió en Nueva York al momento de componerla. Y esas mismas condiciones, sumadas a su gran talento, hicieron que su trabajo resultara relevante en cierta época y lugar. Es decir, The Velvet Underground fue lo que fue gracias a ciertas condiciones que marcaron tanto la creación de la música como su recepción. Ante esto, sería ingenuo pensar que Reed y compañía hubieran sido lo mismo si hubieran surgido en Oklahoma a inicios de nuestro siglo.

Así, que más que hablar de creatividad que se acaba con la edad, prefiero pensar que los tiempos cambian. No es lo mismo escuchar a Pink Floyd en 1969 que ahora. Algunos evolucionan, mientras otros son olvidados o quedan ahí como recuerdo de una época, como curiosidad de un tiempo que vivimos pero pronto nos dejó. Y así como la forma de hacer música se transforma, también lo hace la forma de escucharla. No podíamos esperar que el punk durara para siempre, ¿verdad? O que los chicos de hoy escucharan new metal con el mismo fervor que lo hicimos algunos a principios de este siglo.

Si nos centramos en la maquinaria industrial, podemos pensar que los artistas dejan de recibir los reflectores porque, simplemente, ya no venden, o sólo venden sus éxitos de antaño. También está ahí la crítica, con su extraña obsesión por encontrar a “la nueva gran banda del mundo”. Muchos grupos han recibido esa lamentable etiqueta, para luego desaparecer entre el montón. Quizá no eran tan buenos y después nos dimos cuenta de ello.

Puede ser que todo se reduzca a una expectativa que no es cumplida. Algunas bandas se arriesgan y cambian la fórmula; otros deciden seguir con lo mismo hasta que da todo de sí. Al final, son pocos los que logran superar el éxito inmediato y trascender realmente. Tal vez deberíamos tomarnos las cosas con más calma y no inflar a la primera banda novedosa que se nos cruza. La música, casi siempre, llega a nosotros filtrada por los medios, y de eso puede depender el éxito o fracaso de alguna banda.

En fin, no voy a negar que también he dicho que “me gustaban más en su primer disco”. Pero bueno, quizá tampoco es para tanto. Al final de cuentas, si te gusta un solo disco de una banda o te clavaste con ellos y compras lo que saquen (aunque se tiren un pedo y lo graben), pienso que todas las expresiones musicales merecen ser escuchadas, sean creadas en el amanecer o en el ocaso de una vida.

Homo sapiens | CDMX | Periodismo musical | Producción audiovisual

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