La guerra terminó. Ellos ganaron.

En la película Almost Famous (2000), dirigida por Cameron Crowe, el protagonista, William Miller (Patrick Fugit), conoce al famoso periodista de rock Lester Bangs (Philip Seymour Hoffman). Los dos platican en un bar, aunque William es aún muy joven para beber. Lester le da consejos al menor acerca de su quehacer periodístico. Es entonces cuando sentencia: “La guerra terminó. Ellos ganaron”.

¿Cuál guerra? La guerra del rock contra todo lo demás. ¿Quiénes son ellos, los que ganaron? Los que cooptaron al rock y lo volvieron parte del sistema. Sí, el rock perdió la lucha, y fue hace mucho tiempo.

(Nota: a pesar de que aquí se hizo referencia a una película, Lester Bangs sí existió; fue escritor en Rolling Stone y editor de Creem. Otra nota: William Miller está basado en el mismo Cameron Crowe, quien a su vez también fue escritor para Rolling Stone.)

Almost Famous está ambientada en 1973. Ya desde entonces se hablaba de la muerte del rock. “Lástima que llegaste tarde. El rock and roll se terminó”, le dice Bangs al joven William durante su primer encuentro. No se refiere a cuestiones meramente musicales, sino más bien ideológicas. El fracaso del rock como estandarte de libertad y emancipación de la juventud. El rock sucumbió ante todo lo que supuestamente luchaba.

Ya sabemos que el rock surgió en los años cincuenta y que en los sesenta evolucionó; pero, para la juventud de esa época, era mucho más que eso. El rock sirvió de vehículo para un gran número de movimientos sociales, los cuales reflejaban el enorme descontento de la sociedad estadounidense de la posguerra. (Hablamos de Estados Unidos porque ahí surgió esta forma musical).

Habían pasado varios años de la Segunda Guerra Mundial, y los hijos de las familias perfectas estadounidenses no se tragaban el mundo ideal que trataban de venderles. El american way of life fracasó más pronto de lo que todos creían. La juventud protestó ante eso que se trataba de imponerles, y trató de buscar su propio camino.

La música, el rock, fue piedra angular en los movimientos contraculturales de los años sesenta. En Inglaterra, los mods y los rockers expresaron este descontento social y abrazaron el rock y sus derivados como bandera. El momento álgido de esto se vivió en San Francisco, lugar de explosión del movimiento hippie. La Guerra de Vietnam vino a encender los ánimos de la juventud que reclamaba un mejor lugar dónde vivir.

(En México, cabe resaltar, esta supuesta “rebeldía” se expresaba a través de los suéteres de César Costa, los labios de Jonny Laboriel y las pompis de Angélica María, llegando tarde a casa y cantando sobre chicles y malteadas).

Llegó 1976 y el Monterey Pop Festival. 1969, Woodstock. Todos los mejores tocaron en esos dos lugares. Jimi Hendrix, The Who, Janis Joplin, Santana, Jefferson Airplane, The Band y CSN&Y. Cientos de miles de jóvenes en un solo lugar, apostando por una nueva forma de vivir, un nuevo estilo para hacer las cosas. La sociedad pudo ver de lo que el rock era capaz, lo que era posible a través de la música. (Aquí sí, hubo una réplica mexicana digna de mencionar: El Festival Rock y Ruedas de Avándaro).

Y después de eso, el rock perdió la guerra, ellos ganaron. Como todo lo que tiene éxito, el rock se convirtió en una mercancía. Y vaya que era una muy buena. Con millones de discos vendidos, los músicos se convirtieron en rockstars en la década siguiente. Mujeres, drogas y alcohol era todo lo que cualquier buen músico de rock buscaba. Ya no había ideales, no había búsqueda de algo mejor, no había rebeldía. La irreverencia se mostraba a través de la autodestrucción y el exceso.

Ellos ganaron, porque supieron aprovechar el gran momento del rock and roll. Supieron ver lo que los jóvenes querían y se los dieron, ahora con un precio por delante. La sociedad de aquella época quería vivir mejor, pero a través del éxito desmesurado. Todos querían vivir el sueño del rockstar. Todos querían ser aclamados por la multitud; ya no importaban los derechos civiles o la igualdad.

Ellos ganaron. El sistema capitalista (sin ánimos de sonar rojillo) se apropió de los símbolos de rebeldía y los mandó de vuelta a sus creadores, ahora producidos en serie y empaquetados. Todos querían verse como sus ídolos, así que, ¿por qué no?, les vendieron su ropa. El rock se convirtió en un fetiche, una mercancía, y vaya que había mucha gente hambrienta de consumirlo.

(Hay que darle su mérito al punk y el postpunk, que dieron un respiro a los ideales del rock a finales de los setenta. Sin embargo, hoy puedes comprar una playera de Sex Pistols o Joy Divison en Pull & Bear.)

¿Hoy qué queda de todo eso? Ya no tenemos Woodstock ni Monterey. Tenemos festivales de tres días con precios altísimos, que cada año se llenan de jóvenes dispuestos a gastar un dineral con tal de ver a las mismas bandas de siempre. Hoy tenemos grandes consorcios que controlan dónde y cuándo se presentan los artistas.

Hoy el rock ya no es vehículo ni expresión de rebeldía. Y no hablo de una rebeldía sin causa a la James Dean, sino de aquella que buscaba que las cosas fueran, por lo menos, un poco mejor. Esa rebeldía que sabía que nos estaban imponiendo algo que no queríamos. De eso ya no queda (casi) nada. Ya no hay convicciones. Hoy puedes ser emo y al rato hípster, siempre bajo una etiqueta estereotipada que te impusieron otros y tú adoptaste.

Hoy los conciertos de rock ya no espantan a nadie. Menos cuando se busca cualquier pretexto para tocar unas cuantas canciones y hacerse publicidad a costa de una supuesta labor humanitaria (hola, Bono). Hoy el rock vende, y no sólo música. Seguramente ustedes también tuvieron ese sentimiento durante sus primeros pasos en el rock; el sentimiento de que podían lograrlo todo. Pero al final se queda en eso, en un sentimiento, una ilusión a la que le han exprimido el alma.

“La industria de lo cool”, diría (la representación de) Lester Bangs en Almost Famous. Pero no crean que voy a salir con la payasada de que todo era mejor antes (porque ni siquiera viví esa época). No hay mejor o peor; simplemente, las cosas pasan, y el rock evolucionó como debía de hacerlo. Tampoco voy a decir que el rock está muerto, porque sigue vivo de alguna u otra manera. Quizá, si no se hubiera convertido en una industria, sí estaría muerto. Sin embargo, el rock perdió, hace mucho, la batalla que él mismo inició. La guerra terminó. Ellos ganaron.

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