El poeta, el vocalista y el monstruo: Jim Morrison

Un cigarro acompañado de unas 88 colillas, el reloj de la pared y  las escamas del cocodrilo de nuevo en el inodoro. Ya es de día, otra vez, y a él le sigue pesando abrir esos parpados poblados de pestañas marrones. Que insoportable es tener que volver a empezar, se dice mientras intenta recobrar la memoria, sin embargo, esa ausencia del recuerdo le ha generado otra melodía en la cabeza, y comienza a escribir, aquel rey no tiene trono fijo ni tampoco un reino, pero sabe que por la noche ofrecerá otro de esos conciertos donde todos se arrodillarán frente a él.

Comenzaba la década de los 60, las protestas civiles se hacían más grandes y una Guerra Fría amenazaba constantemente los discursos políticos. Estados Unidos de Norte América (U.S.A)*[1] se consolida como la máxima potencia capitalista (y bélica) en el planeta, pero es aquí mismo, donde nacen figuras contrarias a todos esos códigos del gobierno americano. Desde un Martin Luther King, que comienza a hablar desde una tarima, y con micrófono de los derechos civiles a la comunidad afroamericana, pasando por todo ese movimiento hippie que rechaza la Guerra de Vietnam.

Entre un ambiente hostil que huele a pólvora y mucho LSD, nace una banda que dará pie a un nuevo género del rock, The Doors, unas puertas que se abren al infinito; o que son mera inspiración de Huxley. Aquí nace el estereotipo del chico americano malvado por excelencia, quien sería obra  del singular monstruo, el cual, tenía el don de la diversidad;  del papel a los acordes, de los acordes a los versos y de los versos al alcohol: Jim Morrison.

Hablar de Morrison es una obligación para todo aquel que ha leído poesía, y le gusta el blues, pero también, es obligación de aquel al que la música psicodélica llegó a su vida, en una edad correcta. Jim Morrison era uno de esos humanos que podían transformarse, en esta ocasión tomaré la trasformación como un sinónimo de monstruosidad, ¿por qué?, como lo he mencionado aquel Rey Lagarto sobresalía, era diferente, uno de esos humanos que nacen una vez cada 100 años. Por ende, la sociedad, mejor dicho, la sociedad que le tocó, nunca lo pudo aceptar, incluir… Comprender.

Hombre de complexión tísica, con una barbilla muy bien cuadrada y el perfil del chico despreocupado por el mundo, nacido en Melbourne, hijo de un militar que por obvias razones tenía la disciplina en la sangre y, que nunca pudo heredar a su pequeño. Jim, comprendió muy pronto que su lugar no era el suelo y que las palabras podían ayudarlo a volar.  Versos, rimas, una joya negra y todos esos días extraños que perdió en la playa, lo ayudaron para encontrarse con su verdadera esencia.

Cuando por fin las puertas se abrieron, Morrison y compañía, tuvieron el cielo, el suelo y el infierno a sus pies. Tres años bastaron para que la agrupación se convirtiera  en la máxima representación el rock psicodélico, y que él al fin pudiera decir: soy un monstruo, y entonces en un giro de 360° el joven incomprendido e irreverente se convierte en un símbolo perfecto de la realidad social de Norteamérica, los cigarrillos, el cuero de víbora sobre sus escamas y  las masturbaciones perfectamente improvisadas pusieron de cabeza a la potencia del norte.

Lo caótico del asunto fue que Jim no comprendía lo que producía, estaba consciente de sus talentos y sabia con toda certeza que él tenía la capacidad de crear música perfecta. Sin embargo, su actitud, sus adicciones y sus “malos” hábitos lo llevaban a parecer “un ser maligno”, perverso, horroroso frente a una sociedad que intentaba, y lo sigue intentando, encontrar el comportamiento idóneo de una potencia. Es por obviedad que los jóvenes de aquellos años encontraran en Morrison el ídolo necesitado, cansados de las disputas entre el capitalismo y el comunismo y asqueados de los estereotipos marcados, la juventud encontró en autor de The Soft Parade el  monstruo  psicodélico que les decía: pueden coger a su madre, es bueno.

El poeta de los pantanos recorrió el mundo tan rápido como Dios, he hizo que The Doors fuera más que una banda, convirtiéndose así en un parteaguas de las nuevas generaciones del rock. Su sensualidad equilibrada y la sonrisa de heroína le daban a Morrison la capacidad de ser el rey de cualquier escenario, el chico de la Universidad de California  (UCLA) bebía a diario y se inyectaba todo tipo de drogas para, después, realizar obras como: Hard Rock Cafe, L. A. Woman, Other Voices, Full Circles; ¿dependencia?, ¿genialidad nata? Tal vez las dos, pero el don de la monstruosidad le permitía ser simplemente genial.

Luis Villoro se expresa de él  como un ser de doble moral, donde su música intentaba: “Los nuevos valores provienen de la música —la única amiga—, de un sonido limpio. Se trata de adueñarse del mundo para instaurar una nueva moral”.[2] Mientras que Morrison era repudiado por más de 30, 000 personas que le pedían cancelar su show.

Odiado, amado, drogado, maldecido o lo que sea que haya pasado nuestro Rey Lagarto se apropió de un país y del mundo entero con su monstruosidad, con su pandero y con sus versos que incitaban a la libertad sin límites. El final de la historia ya lo sabemos, una extraña maldición que cae en los genios hace que mueran a los 27 años  (en realidad murió a los 28) hizo que la voz ronca y perdurable de Jim Morrison dejará de pecar.

@MichelleGOMT


[1] *Por su siglas en inglés

[2] Villoro Luis, La poesía del rock (Breve antología), Material de Lectura, http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/poesiaenelrock-37.pdf (en línea), 2014.

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