“Recibes propinas de Carlos Salinas…”

Para hablar de esta banda es necesario regresar un par de décadas atrás.  No necesitamos salir de la capital del país, ni mucho menos imaginarnos un panorama tan diferente al de hoy en día. México en los años noventa era (¿sigue siendo?) un territorio dominado por la fe a la Virgen de Guadalupe y el PRI. Fey, La Ley y Maná, sonaban en las estaciones de radio; se privatizaba hasta el aire y, en Chiapas, se desató la guerilla. Entre todo esto surgió una banda de donde menos lo esperaban.

Molotov es, en una palabra, cambio. La Ciudad de México fue el escenario perfecto para dar vida a una de esas agrupaciones de las que pocas veces dejan de ser sinceras, que no niegan la forma en la que surgieron, sino que agradecen a quienes los apoyaron y después muerden la mano que les da de comer (según). Tito Fuentes, Miky Huidobro, Jay de la Cueva e  Ivan Moreno  ganaron un concurso de bandas; los niños ricos del sur se decidieron por un estilo: cantarle a la mala vida, a la realidad, a la banda mexicana.

Para entonces (1995-1996) el nuevo milenio se acercaba. Las puertas en muchos de los ámbitos culturales, políticos y sociales, se abrían, lentamente, pero se abrían. Los medios de comunicación (perdón, Televisa) servían a una serie de intereses políticos establecidos que, poco a poco, dejaban de ser viables, por lo cual necesitaban un poco de drama y competencia para “darle sabor” al lema del capitalismo. El contenido de los mensajes era uno de los rubros más cuidados.  Temas como la pobreza, los conflictos sociales o los fraudes presidenciales eran poco expresados en medios, y a todo aquello que atentara contra ello se le desaparecía del mapa.

En esta realidad mexicana, Molotov decidió que sus rolas no serían himnos al amor, o a la vida, que no serían canciones para dedicar por la radio, o para presentaciones en televisión. Para 1997, la agrupación contaba ahora con dos nuevos miembros: Randy Ebright, en la batería, y Paco Ayala, supliendo a Jay de la Cueva; entonces aprecio ¿Dónde jugarán las niñas?  (1997) placa con la que la agrupación definió toda una década en México. Ácidos, ofensivos, vulgares, pero, sobretodo, un poco más realistas que el resto de sus contemporáneos, la banda se ganó rápidamente el estereotipo de “los censurados”. Como si fueran El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, nadie podía o debía hablar de ellos, pues era un suicidio trasmitir “Que no te haga bobo Jacabo”, cuando el máximo líder de opinión -y el único-, podía hacer que te vetaran de los medios en un segundo.

Y así, lentamente, el sexo, la política y la bataca del Gringo comenzaban a sonar bien. Sin embargo, eso no era suficiente, pues la censura, la expulsión y los miles de obstáculos se presentaron para que nadie pudiera conocer la música de Molotov. Como si fueran música satánica, los medios de comunicación vetaron a la agrupación en sus inicios; los medios que trasmitían sus rolas tenían que censurarlas, editarlas o cortarlas, para que ningún oído “libre de pecado” se contaminará de esas melodías.

Pero ya era tarde. La sinceridad asquerosa (y necesaria) que Molotov expresaba tuvo éxito, y fue por la necesidad de una dosis de realidad que la sociedad mexicana necesitaba. Se convirtieron en esa voz que pocos podían alzar, porque provocaban dolores de cabeza a los ladrones de cuello blanco. México dejo de ser su centro de atención; EUA y Europa abrigaron su música, estallando y acogiendo el reconocimiento lejos de casa. No fue hasta poco antes del año 2000 cuando los medios mexicanos doblaron las manos y permitieron lentamente que Molotov se filtrara por ellos; y, junto con esto, el segundo material de estudio comenzó a cocinarse.

Hoy son más que populares, sus rolas pasan a las tres de la tarde, y disfrutamos de sus videos en los conteos de televisión. Le siguen cantando a los gringos, le siguen tirando al gobierno, le cantan a las mujeres con sus albures, y escupen cerveza cada vez que toman el escenario. Rusia los ama, y en México son una pieza clave de esos pequeños destellos de rebeldía que, por lo común, suelen aparecer en el camino de la juventud. Los medios de comunicación y la misma sociedad dejo de espantarse al escuchar puto, nalgas, maricón, pinche gringo frijolero en las canciones que tararean sus hijos.

La realidad de un país se refleja en su cultura, en sus ciudadanos y en su gobierno. Sin embargo, cuando esta realidad es cubierta con mantas de seda, para que nadie cuestione por qué seguimos muriendo de hambre, si pagamos impuestos, es necesario que agrupaciones como Molotov surjan para que, al menos, le den un par de himnos a ese pueblo que se va quebrando un poco más cada día.

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