De peyoteras, vestidas y alborotadas

“Cumplimos 18 años. Ya nos podemos casar. Y, hablando de eso, en serio, ya nos podemos casar. Ahora falta encontrar con quién”, fue de los comentarios del (la) presentador(a) de la inauguración del Festival MIX México: Festival de Diversidad Sexual en Cine y Video, que comenzó el pasado jueves 29 su decimoctava edición con la proyección de Peyote. Luego, cuando una chica gritó el nombre de la película, pidiendo que ya empezara —tras una hora de retraso de la proyección—, el (la) presentador(a) contestó. “Mana, si quieres peyote, aquí traigo. Tachas, aspirinas con coca, lo que gustes; pero déjame terminar”.

“Uy, hay harta jotilla”. Y sí: la sala 3 de la Cineteca Nacional estaba casi llena, en su mayoría, de personas homosexuales con sus parejas o en grupos de amigos. En las filas de la dulcería y de la sala se podían escuchar conversaciones  como: “Yo siempre supe que era gay. Aun así, siempre es como un shock la primera vez que te agarras con un hombre… Como que sientes que estás haciendo algo mal…”.

No es que tenga que hacerse la diferenciación entre el público heterosexual y homosexual; pero sí. Al parecer, es motivo de orgullo que se pueda marcar esa diferencia. Qué bonito: preservar aún los estereotipos gais. Y más aún: los  gais que van a la salas a ver propuestas de cine “alternativo”. Un cine “alternativo” no por su propuesta audiovisual, sino por su temática.

Aunque no es para menospreciar el esfuerzo de traer ciertas películas (como Hoje eu quero voltar sozinho, que se presentó a principios del año en el Festival de Berlín, y varios cortometrajes de todo el mundo). En ese sentido, la exhibición y la curaduría del festival parecen estar bien pensadas. Sin embargo, lo criticable es la forma en que se promueve el festival; como si la diversidad sólo tuviera que ver con el cuerpo y no con la mente; como si las exhibiciones cinematográficas tuvieran que segmentarse de acuerdo con la orientación sexual; como si jotear fuera necesario para evidenciar la homosexualidad y mostrar orgullo.

Pero la culpa no la tienen los cineastas. Peyote, por ejemplo, ópera prima de Omar Flores, está bastante lograda. El mismo director dijo que fue hecha con poco dinero, pero con muchas ganas. Y se ve el entusiasmo. Tiene una narrativa sólida que, a pesar de algunos diálogos inverosímiles, logra conmover. Y no importa si eres gay o heterosexual; la identificación se da a través de los símbolos: es una road movie con identidad mexicana.

Pues ya, yo propongo que dividan las salas en dos lados: el buga (hetero) y el del orgullo gay —que, a su vez, se podría dividir en pasivos y activos; o en osos, twinks, vestidas, etcétera—. Digo, para que cada quién sepa cómo tiene que mirar la película.  Es lo único que falta, comadres.

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