Dime qué formato usas y te diré quién eres

Ah, la tecnología; tan mentada en estos tiempos. Existen aquellos quienes la consumen sin control ni reflexión, pensando que eso les dará un estatus más alto dentro de la frágil sociedad tecnocrática (o que hará su vida más fácil y mejor). Otros, critican vorazmente el acelerado avance de la tecnología y su incursión cada vez más invasiva en nuestra vida diaria. Los más apocalípticos, piensan en el día que las máquinas y computadoras tomen control del mundo y envíen al T-1000 al pasado para que asesine a nuestro salvador. Todos los días hacemos uso de artefactos y aplicaciones tecnológicas, sin detenernos a pensar en ello.

¿Le debe algo la música a la tecnología? Muchísimo, sin duda. Sin los gigantescos avances tecnológicos que se desencadenaron a partir del Siglo XIX, no sería posible grabar música y reproducirla en nuestros hogares, y ya ni hablar de compartirla por una red informática mundial o de almacenar miles de canciones en un cajita con pantalla táctil. La creación musical también se ha visto beneficiada, ya que músicos y compositores disponen de más posibilidades para explotar nuevas formas de crear y experimentar; desde la invención de la guitarra eléctrica hasta las nuevas aplicaciones para sistemas operativos, pasando por los sintetizadores y las diferentes técnicas de grabación.

En estricto sentido, se podría decir que la industria musical, tal como la conocemos ahora, nació gracias a la tecnología (y su mamá la ciencia). Al ser posible grabar música, fue posible producirla en serie y comercializarla, jugando así en la lógica de mercado capitalista que mueve al mundo desde hace un rato. Las expresiones estéticas musicales existen desde hace ya muchos siglos, pero la forma en que hacemos uso de ellas en nuestros días, dentro de un mercado y una industria, es algo relativamente reciente, que fue impulsado por la tecnología. Incluso, se puede decir que muchas de las tendencias estéticas que han surgido en las últimas décadas tienen un referente tecnológico (pensemos en lo que en cierto momento inició Kraftwerk con la música electrónica, My Bloody Valentine con la distorsión o Brian Eno con las técnicas de grabación).

Pero regresemos al punto de vista del escucha. La forma en que escuchamos la música ha cambiado radicalmente una y otra vez en las últimas décadas. Ya desde finales del Siglo XIX era posible hacer grabaciones sonoras, aunque su duración era bastante limitada y su reproducción sufría de ciertas dificultades, por no decir que era imposible. En la década de los veinte aparecieron el disco de vinilo y el tocadiscos, el sistema de reproducción de sonido más antiguo. Sin embargo, su popularización se dio hasta finales de los años cuarenta, cuando la tecnología hizo posible una mayor calidad de grabación y reproducción, así como una mayor durabilidad.

Los primeros sencillos fueron publicados en 1949, y de ahí pa’l real. La industria discográfica floreció y este formato fue el dominante por cuarenta años. En un principio, fueron más populares los sencillos, con una canción principal y un B-side. Los llamados LP (Long Play), con una promedio de ocho a diez canciones,  se consolidaron hasta mediados de los sesenta. Durante cuatro décadas, las colecciones de vinilos en los hogares fueron creciendo, ya que era el formato por excelencia para escuchar música, además de la radio. No había más que sentarse alrededor del armatoste y dejar que la música fluyera a través del aire hasta los oídos.

Sin embargo, el emperador sonoro sería derrocado en la década de los ochenta, esa caracterizada por sus excesos y apariencias. El casete compacto, sistema de grabación y reproducción en cinta magnética, tomaría las riendas de la industria musical. Aunque ya existía desde 1963, fue hasta 1980 que alcanzó los estándares suficientes para asegurar su producción en masa y comercialización. Aunque la calidad de audio era significativamente menor a la del disco de vinilo, su inserción en el mercado resultó más fácil debido a su reducido tamaño, así como el de los aparatos capaces de reproducirlo.

¿Cambió esto la forma de escuchar la música? Sí, en gran medida. Ya no era necesario sentarse a escuchar alrededor de un aparatote: ahora había movilidad. A la aparición del casete le siguió la de reproductores portátiles cada vez más pequeños, comenzando con las típicas grabadoras de raperos negros hasta el Walkman de Sony. La gente ahora podía caminar y escuchar música o llevarla a sitios públicos de manera fácil, lo cual impactó de manera tremenda en la cultura.

Y no sólo eso; esta tecnología permitió al usuario manipular y por primera vez su experiencia de escucha, al poder grabar casetes con las canciones de su elección en el orden que ellos decidieran. Nacía el mixtape, compilación de canciones que el escucha elabora con base en sus gustos musicales o alguna otra razón. Ya no se trataba de sentarse a escuchar un álbum entero, sino que ahora el usuario decidía sobre su experiencia.

Algunos consideran al mixtape como una forma de arte, ya que la cuidadosa selección y ordenación de las pistas puede cobrar un nuevo sentido en su totalidad. Ustedes decidan. El mixtape continúa, de una u otra forma, vigente en nuestro días (o apoco no le han grabado un CD o mP3 a la chica de sus sueños).

¿Quién llegó después? El querido y odiado CD. Es aquí donde entramos en la era digital. Creado en 1979 y lanzado durante la década ochentera, no fue hasta principios de los noventa que cobró gran popularidad y desplazó al casete del trono. Nuevamente, el motivo fue una comercialización más fácil, aunque esta vez sí hubo una mejora respecto a la calidad del casete.

Ya no era necesario voltear el vinilo o el casete para escuchar la segunda parte del álbum; ahora todo se encontraba en un disco sumamente delgado y pequeño, fácil de vender. Obviamente, esto volvió a cambiar la forma en que la música era escuchada. Esta tecnología tuvo su pico de ventas en el año 2000, y, aunque a partir de ese año su popularidad se ha reducido en un 50%, su presencia aún predomina en las tiendas especializadas.

Y luego nació otro engendro de la tecnología digital; uno que comienza a ser blanco de severas críticas por parte de los aficionados a la música, y que, sin embargo, es el formato más popular en nuestros días. El MP3, uno de los estandartes del comienzo del nuevo siglo. La música ya no se almacenaba en formatos físicos, ahora sólo era información guardada en nuestra computadora. Únicamente tres megabytes utilizados para tener una canción. La panacea. Compresión en favor de la cantidad y la facilidad de compartir y transportar; pero una gran, gran pérdida de calidad.

Caso raro el del MP3. Este formato fue popularizado gracias a Internet, y no por las grandes empresas que habían promocionado los formatos anteriores. Servicios como Napster ayudaron a que archivos de música volaran de un lado para otro (de forma “ilegal”) y las bibliotecas musicales informáticas crecieran enormemente. Ahora era posible tener cientos y cientos de álbumes en un disco duro. Steve Jobs y su iPod fueron otro gran impulso, potencializando lo que había hecho el Walkman en los ochenta. Los melómanos ya pueden cargar enormes bases de datos sin necesidad de llevar a todos lados decenas de cajas de discos compactos.

Las empresas discográficas tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos, y, lo que en un principio vieron como una gran amenaza, parece convertirse poco a poco en el nuevo modelo del negocio en un futuro. Sin embargo, esta vez la calidad sufrió un duro golpe, y cada vez son más las voces que se alzan en contra de esta forma de escuchar música. Ya nadie escucha álbumes completos: elshuffle es el rey de nuestros tiempos.

Como ven, no hemos dejado de hablar de tecnología, pero la música y la forma en que la escuchamos están siempre en el centro de todo esto. ¿Qué sigue? Bueno, ahí están los servicios destreaming (con Spotify como gran rey) un nuevo modelo de negocio musical. No es raro ir a una fiesta donde el proveedor de los ritmos bailables sea una computadora con conexión a Internet y un playlist de YouTube o Spotify.

El vinilo regresó a los reflectores desde hace varios años, con el argumento de que su calidad nunca ha sido superada. Sin embargo, por el momento parece estar reservado para cierto público, con cierto poder adquisitivo, nostalgia por el pasado, o pretensión de melomanía audiofílica mamona. De hecho, nadie puede asegurar cien por ciento que la calidad sea mucho mayor a un CD. En la otra esquina, está Neil Young con su Pono, un nuevo reproductor y sistema de descarga de música digital en alta calidad (FLAC), que promete revolucionar el mercado el próximo octubre. Tecnologías hay muchas, ustedes deciden; pero, por favor, escuchen (buena) música.

@adriannowski

Homo sapiens | CDMX | Periodismo musical | Producción audiovisual

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