De festivalitos a festivalotes

Más sabe el diablo por viejo que por diablo, según dice el dicho, pero ¿Cuánto tiempo se necesita para considerar a algo viejo? Y si bien entonces, algo viejo tendría la voz de la experiencia, es aún más importante definir el tiempo. Pero tampoco la experiencia quiere decir perfección,  tener el conocimiento de las situaciones sólo significa saber usarlas para el propio favor. En asuntos de la música incluso sería tener la habilidad de ser práctico.

La cuarta edición del Festival Marvin se llevó a cabo este fin de semana y parece que la experiencia aún no cala, y tampoco eso de dejar a un lado la amistad por el profesionalismo. Hablar de un evento cien por ciento profesional es decir mucho, y juzgar con tal determinación a un evento de su tipo, realmente no tiene mucho sentido.

A nivel producción de un concierto las cosas se complican, ¿Qué hay que favorecer? ¿La experiencia musical o la experiencia de los asistentes? ¿O el concepto mismo del evento? Hablando con profesionalismo, habría que cubrir todos. Pero aceptémoslo, nada sucede de manera perfecta, nunca, aunque a veces los imprevistos saben a gloria. Así sucedió en este festival.

Pro. No es una fiesta es un convivio ¿O no? Realmente no importa, un festival siempre se presta para entablar amistad con personas que quizás nunca habrías de conocer, y que incluso puede que jamás vuelvas a ver, pero que a pesar de eso, entre todos arman el ambiente para pasarla bien, un gran evento para ser amigos de 10 horas. ¿Falta de profesionalismo? Quizás sólo mucha unión.

Contra. Ingenieros de audio de la propia producción contra ingenieros de las bandas. Porque para algo es el soundcheck, y porque además se tiene un itinerario. Una cosa es montar y otra armar todo un diseño sonoro a la mera hora. En resumen, pensamos que esperar más de una hora a Mexican Dubwiser haya valido mucho la pena.

Pro. De pronto ver al bajista de Hawaiian Gremlins sobre los brazos de la gente del slam, y que surfea al ritmo de Los Blenders que están en el escenario. Porque los músicos también disfrutan y se revientan con la música, y siempre es grato ver y formar parte de esa diversión, donde dejan de ser el rockstar del escenario, y se prenden con el público, con otros compañeros de oficio.

Contra. Ver como se llega más rápido, a pie o trepado en la van. Porque por muy buena idea que sea lo del transporte en el festival, pocos contaban con el conglomeramiento vial, hicieron falta letreritos de “tiempo de viaje” para calcular si valía la pena hacer el viaje, caminar o no moverse.

Pro. Bueno, bonito, y barato. La verdad es que el Festival Marvin se construye bajo una serie de elementos ya dispuestos y que los organizadores retoman para darle lugar a su festival, ¿Quién no ha ido un fin de semana de bar en bar buscando seguir la fiesta? Aunque claro, difícilmente vas de bar en bar viendo bandas internacionales. Poder pasar de ver a O Tortuga, luego Go!Zilla, y después a Phedré, tiene su mérito, y que te prevean de las condiciones para que esto suceda, se agradece.

Contra. No soy famoso, así que espero en la fila. Aunque es obvio que el talento del festival tiene preferencia en todo, es bastante cruel ver como gozan de esos beneficios mientras que otros, simples mortales, tienen que sufrir la desorganización por querer entrar a ver a algunas bandas, haciendo largas filas por largo rato. Al menos La Vida Bohéme comenzó a tiempo para seguir con el itinerario, para quienes lo tenía, y continuarlo con The Growlers, cerrando la noche.

En conclusión, esto de la urbanidad informal del festival termina dándole un toque especial, muy citadino, y que a pesar de todo, le quita lo rutinario a los espacios cliché de la Roma-Condesa. Si bien, justo las relaciones personales y las ganas de hacer de un festival un festejo de y para los amigos, hizo que este naciera y que realmente se sintiera así, alegra bastante que a pesar de los infortunios los festivales siguen abriéndose paso en México.

Paso a paso el festivalito va ganando experiencia, además siempre es un gusto saber que tenemos la oportunidad de ver a alguna banda nueva o a otra que no creíamos posible que se presentara en el país. De festivalitos a festivalotes, festejemos que los haya, en favor de la escena nacional, la internacional, y de la salud mental de los melómanos, todos estamos aprendiendo de esto.