La gente dice que tú y yo estamos locos, Syd

¿Qué es la locura? Todos nos hemos sentido un poco “locos” al caminar bajo la lluvia o sentir unas ganas incontrolables de correr o gritar, y… hacerlo. Órale, qué loco. Momentos que escapan a la razón y a cualquier comportamiento normal. Porque lo “normal” es que la gente se tape de la lluvia, y que camine y hable de una forma aceptable para la sociedad. Sin embargo, la presencia de estos momentos eufóricos no quiere decir que uno esté loco. Son completamente racionales, un vano intento de acceder a la verdadera locura, de ser algo más que humanos.

La locura no se piensa. El loco no intenta estar loco. El loco no sabe que está loco. El loco no se hace el loco. El loco es loco. No es que quiera serlo. Está y es loco. La locura, al escapar de la razón, permite a quien la padece acceder a estados diferentes a los considerados como normales (comunes, más bien). Y, sinceramente, ¿qué artista no desearía, con justa razón (¿?) estar completa y verdaderamente loco? Conocidos son los casos donde, quizá, la obra artística no hubiera sido la misma de haber sido creada por alguien completamente “normal”.

La música también ha sido beneficiada por la locura, mediante un representante humano lleno de misticismo y psicodelia. Hablamos de Syd Barrett, miembro fundador de Pink Floyd que, a pesar de su breve estancia en el grupo, marcó para siempre la música popular contemporánea. En este caso, como en otros, la intervención de la locura en la creación artística permitió la ruptura de las formas establecidas, llevando la música de Pink Floyd a niveles insospechados hasta entonces.

Syd Barrett llegó a este mundo (quizá desde algún otro) el 6 de enero de 1946 en Cambridge, Inglaterra. Roger Keith Barrett, así fue bautizado por sus padres, quienes habían formado una familia con cinco hijos, de los cuales Roger era el de en medio. Desde muy temprana edad tuvo instrumentos musicales en las manos. Tomó clases de piano, tuvo un ukelele a los diez, un banjo a los 11, guitarra acústica a los catorce y una eléctrica a los quince. También fue a sus catorce años de vida cuando recibió el apodo “Syd”, en honor a un contrabajista de jazz nativo de Cambridge, llamado Sid “The Beat” Barrett.

Syd y Roger Waters fueron amigos desde la infancia, e incluso la madre de Waters fue maestra de Barrett en la escuela. En 1962 conoció a David Gilmour en el Cambridge Technical College. Un año después, Barrett se convertiría en fan acérrimo de The Beatles y The Rolling Stones, y comenzaría a tocar canciones de ellos en fiestas y picnics. Poco después escribiría sus primeras canciones, en las que ya se podía ver y escuchar algo que no cuadraba con lo que la gente espera, incluso desde los títulos (“Effervescing Elephant”, por ejemplo).

En 1965, Barrett se integró a la banda que su amigo Roger Waters había formado con Nick Mason y Richard Wright. El nombre de la banda era The Tea Set, pero Barrett propuso otro nombre, como tributo a uno de sus álbumes de blues favoritos, obra de Pink Anderson y Floyd Council. Fue así que The Pink Floyd Sound se convirtió en The Pink Floyd Blues Band, luego en The Pink Floyd, y, finalmente, en Pink Floyd.

Fue ese mismo año que Barrett experimentaría su primer viaje de LSD, junto a Storm Thorgerson (quien posteriormente sería diseñador de las portadas de Pink Floyd). Esa noche, Syd Barrett terminaría desnudo en la bañera junto a un amigo, repitiendo la frase “sin reglas, sin reglas” una y otra vez. Pink Floyd cobraba notoriedad en la escena undergrund de Inglaterra bajo el liderazgo creativo de Syd Barrett. No pasó mucho tiempo para que firmaran un contrato con el sello EMI, en donde obtenían tiempo ilimitado en estudio para la grabación de su primer álbum.

El 5 de agosto de 1967, saldría a la venta The Piper at the Gates of Dawn, álbum debut de Pink Floyd, compuesto casi en su totalidad por Barrett. Un intenso golpe de colores sonoros que crean las más extrañas visiones en nuestros oídos. El único legado de Barrett a la humanidad, completamente innecesario pero inmensamente valioso para millones de personas. A pesar de ser el único álbum de la banda donde aparece Barrett, definió el sonido Pink Floyd y Waters y compañía siempre estuvieron en deuda con él.

A partir del lanzamiento de su obra maestra, Syd Barrett comenzaría a mostrar una actitud cada vez más errática e impredecible. El uso del LSD había incrementado el comportamiento estelar de Barrett quien en una ocasión permaneció todo un concierto emitiendo la misma nota de su guitarra. A veces ni siquiera tocaba. Durante una presentación en el Fillmore de San Francisco, Barrett comenzó a desafinar su guitarra lentamente. Este tipo de manifestaciones de locura no hacían ninguna gracia a sus compañeros, aunque la juventud de la época, severamente influenciada por el LSD, lo disfrutaba bastante.

La génesis de la locura de Barrett nunca ha sido del todo clara. Las versiones más difundidas hablan de síntomas de esquizofrenia y autismo, incrementados considerablemente por el uso y abuso de distintos tipos de drogas. Sea como haya sido, Syd Barrett se internó cada vez más en un mundo lleno de sombras que alcanzó dimensiones de pesadilla.

Algunas palabras de Roger Waters: “Syd era esquizofrénico, pero pocos lo aceptaban. Yo tenía lazos con su familia y recuerdo haber telefoneado a su hermano para decirle que tenía que venir por él, porque estaba terriblemente descontrolado”. Waters había buscado al guitarrista David Gilmour y éste se integró poco tiempo después a Pink Floyd. Syd se comportaba de maneras cada vez más extrañas, incomprensibles incluso para sus compañeros, por lo que pasó lo que tenía que pasar: Syd sería apartado de la banda.

La forma en que esto ocurrió cobra tintes bastante raros, dignos de la hermosa locura de Barrett. Así lo cuenta David Gilmour: “Íbamos conduciendo por Ladbroke Grove cuando alguien dijo: ‘¿Pasamos por Syd?’. Y alguien, probablemente Roger, respondió: “No, mejor no”. Así que no lo recogimos y continuamos nuestro trayecto hasta Southampton”. Y así fue. Esa noche Syd Barrett no se presentó con Pink Floyd y jamás volvería hacerlo. Carrera fugaz de interminable resplandor.

Gilmour añade: “Él ya no era capaz de hacer su trabajo ni estaba dispuesto a hacerlo […] así que nos hicimos a la idea y seguimos nuestro camino. Obviamente, tiempo después, nos sentimos devastados por la culpa”. En 1970, Syd abandonaría Londres para internarse en la casa de su madre, donde viviría hasta el final de sus días. Tenía sólo veinticuatro años y se encontraba totalmente fuera de circulación. Después de su retiro voluntario a las entrañas del infierno, hay poco que contar de la víctima más notoria de la psicodelia.

A pesar de su condición, Barrett intentó seguir su camino en la música. Hubo dos álbumes solistas, producidos por Waters y Gilmour (quienes sabían que debían mucho a Syd): The Madcap Laughs y Barrett, ambos de 1970. Dos años después Barrett formó una nueva agrupación, Stars, junto a Jack Monck y John “Twink” Alder. El resultado: un mes de vida y tres presentaciones, una de ellas desastrosa. Después de eso y hasta el último de sus días, Syd Barrett nunca volvería a componer o tocar música.

El fotógrafo Mick Rock, amigo de Barrett alguna vez dijo: “Su mente funcionaba a intervalos, y él lo sabía, lo había confesado. Una vez abierta la puerta que da al jardín de la creatividad, la propia condición de artista se eterniza”. La última aparición pública memorable de Barrett se dio en 1975, cuando visitó a sus excompañeros durante la grabación de Wish You Were Here. Un Syd Barrett apareció de improviso en el estudio, con un notable sobrepeso y el cabello y las cejas completamente ausentes. La banda se encontraba grabando la canción “Shine on You Crazy Diamond”, cuya letra está inspirada en Barrett.

La locura. Esa condición que al mismo tiempo nos atrae y nos repudia con increíble fuerza. Sus misterios quedarán irresueltos para aquellos que preferimos mantenernos de este lado, en la cordura. Syd Barrett dio un paso hacia la noche interminable y nunca regresó, no sabemos si para bien o para mal. Parte de sus misterios quedaron plasmados en su trabajo con Pink Floyd, el cual está ahí para recordarnos que hay otros caminos; incómodos, sí, pero, sin duda, fascinantes.

 

Homo sapiens | CDMX | Periodismo musical | Producción audiovisual

Deja un comentario