Triángulo de amor comercial

La música puede ser arte, en el mejor de los casos. Los sonidos siempre están ahí, en la naturaleza y en lo cultural. Pero el hombre es capaz de organizarlos de forma que tengan sentido, de darles un propósito. Mediante la creación de patrones a partir de sonidos y silencios y la utilización de diferentes frecuencias auditivas, un ser humano puede crear algo que sea entendible y disfrutable por otros de su misma especie. Otros han creado herramientas capaces de producir sonidos específicos, que pueden ser utilizadas por (casi) cualquier persona para provocar todo tipo de sensaciones en aquél que esté dispuesto a escuchar.

Además de todo lo anterior, el hombre ha dotado de otras formas a la música, adaptándola a los diversos cambios históricos. Así es que ha tenido diferentes usos, ya sean religiosos, estéticos, culturales o de entretenimiento. El siglo pasado vio el nacimiento de una nueva concepción de la música, la cual predomina en el uso que le damos a ésta actualmente: la comercial. Sí, la música hoy en día tiene un valor de cambio, lo que ha propiciado que se lucre con ella y se cree toda una industria a partir de eso.

La música es un arte, pero también un negocio (y uno muy bueno). ¿Y quiénes hacen los buenos negocios? Pues los hombres de negocios. Suena redundante, pero así es. Desde hace casi un siglo, las grandes discográficas, manejadas por empresarios, se han encargado de hacernos llegar lo “mejor de la música” a la gente; o, más bien, lo que ellos consideran que vale la pena dar a conocer.

Hombres que no saben nada de música, pero que, eso sí, tienen un gran olfato para el dinero, han llevado a grandes y a no tan grandes artistas a lo más alto del negocio, mientras que han destinado a otros tantos al anonimato. Y ellos son los que deciden quién merece la oportunidad. Hasta antes de la llegada de Internet, no eras nadie en esta industria si no vendías tu alma a alguna discográfica internacional.

Y sí, literalmente vendían su alma. O sea, su obra artística, producto de su alma. ¿Y quién era, y es, el gran ganador en el triángulo amoroso músico-distribuidora-público? Si dijeron que los músicos, piensen de nuevo. Si dijeron que el público, puede ser, en parte. Si dijeron que los distribuidores, saben de lo que hablan. Uno pensaría que la industria musical propicia una mayor relación entre los artistas y sus seguidores, pero en medio siempre hay un agente que no permite que exista esta relación sin su consentimiento.

Las empresas discográficas, a cambio de proporcionar los recursos económicos, tecnológicos y de distribución a los artistas, consiguen que éstos cedan su derecho a relacionarse directamente con la gente y a hacer con su arte lo que se les pega la gana. No es ningún secreto que los músicos obtienen una muy pequeña parte del dinero recaudado por la venta de discos, el cual se reparte entre una serie de intermediarios, que siempre obtienen la mejor parte en la relación artista-consumidor.

Luego, en los años noventa, llegó una herramienta que parecía cambiar el panorama. Internet permite al usuario acceder a un sinfín de información, que controlada o no, de calidad o no, es mucha más de la que estaba al alcance de la mano hasta antes de su aparición. Los músicos ahora tenían un nuevo medio para estar en contacto con sus fans y hacerles llegar información sobre conciertos y giras, discografías, noticias y demás, que fluía abiertamente entre las dos partes.

Posteriormente, con la llegada de la Web 2.0 y sus redes informáticas, el flujo no sólo era vertical, si no que ahora había una retroalimentación. Parecía que se reestablecía la relación músico-escucha y que se abría todo un abanico de posibilidades. Desde hace unos diez años, es infinitamente más fácil tener acceso a la música de bandas que sólo en su casa conocen, casa que, además, puede estar en países tan lejanos como Rusia o Australia.

Con herramientas como YouTube o Facebook, la inmensa maquinaria discográfica se ha vuelto cada vez más innecesaria y obsoleta. Sí, los melómanos aún compramos discos, aunque más por fetichismo que otra cosa. Los CD’s ya no representan una ganancia económica sustantiva, por lo que los artistas han encontrado en los conciertos, la forma más directa en la relación artista-receptor, un medio para obtener estas ganancias. La tecnología también ha puesto de su parte, al reducir considerablemente los costos de producción en las últimas décadas, lo que propicia el surgimiento de productores y disqueras independientes.

Por su puesto que esta situación no le ha gustado al intermediario, que ha visto como los usuarios tratan de pasar por encima de él para llegar de un salto hasta donde está su artista favorito. Es por eso que se han empleado numerosas tácticas y costosos abogados para impedir que se escape su mina de oro. Su arma favorita: los famosos derechos de autor.

Bajo esta premisa, se ha tratado (y se sigue intentando) de criminalizar a los fanáticos, haciendo pasar por delito el hecho de compartir la música por Internet. Táctica empleada por los grandes intermediarios que ven cómo su negocio, la distribución, se tambalea con cada archivo compartido o descargado gratuitamente. Y sí, son ellos los que están haciendo lo posible para que el viejo orden se reestablezca, porque yo no veo a los artistas metiendo demandas al por mayor a toda la gente que tiene el hermoso gesto de recomendar una canción suya.

Es difícil predecir hacia dónde se dirige la industria musical y los cambios legales que sufrirá su regulación en el mundo. Parece que a las grandes discográficas se les ha olvidado que fue la gente quien hizo crecer su industria, la misma a la que ahora quieren demandar por ayudarles en su chamba. Así como la naturaleza sabe adaptarse a las circunstancias, también las industrias, manejadas por hombres, deberían poder hacerlo. No es que sea malo por sí mismo que la música sea un negocio, siempre y cuando se dé a los músicos, al público, y a la misma música, el lugar que se merecen. Ojalá.

Homo sapiens | CDMX | Periodismo musical | Producción audiovisual

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