Víscera de la cabeza: La soledad de los números primos

Once y trece; diecisiete y diecinueve; cuarenta y uno y cuarenta y tres. Los números primos son aquellos que sólo son divisibles entre sí mismos y la unidad. Los números primos hermanos son aquellos que están separados por un número par –sólo uno– y aun estando tan cerca, jamás alcanzan a tocarse.

En la cinta italiana, La soledad de los números primos (2010) –adaptación del Best seller homónimo– Matías está separado de Alice por Michella. Matías (Luca Marinelli) y Alice (Alba Rohrwacher) son el fresco de los problemas familiares. En ellos se han trazado, matizado y retocado los complejos del núcleo en que se criaron.

Matías es un genio de las ciencias, un hombre con sobrerresponsabilidades, callado, aislado y autoflagelado.  Alice es una anoréxica separada, pero, ¿por qué llegaron a esos tonos? ¿quién puso tales pigmentos?

Regresemos en el tiempo, es 1984. Matías –cuando niño– tenía una gemela: Michella, la cual había nacido con una especie de trastorno mental o trauma constante. Sus padres obligaban a Matías a ser completamente responsable, comprensivo y complaciente con su hermana, pues ellos no podían –o no querían, en especial su madre.

Un día Matías fue invitado a una fiesta de cumpleaños, y decidió dejar a su hermana en un banco del parque para que no lo avergonzara. Cuando volvió, ella había desaparecido.

Alice era una niña prodigio del snowboarding. Su madre –anoréxica– la peinaba y vestía a su semejanza. Su padre la explotaba como niña talento. Un día la obligó a esquiar durante una tormenta, como consecuencia, quedó coja.

Desde que Matías perdió a su hermana se dedicaba a dos cosas: a las ciencias y a la autoflagelación. Por su parte, Alice era despreciada por los de su colegio y por su padre, quien creía que carecía de feminidad.

Producto de una acumulación constante de verdades a medias, Matías y Alice tienen una amistad peculiar. Se encuentran a la mitad del camino, en los pasillos del colegio, en la vida, en la enfermedad, en la locura, en el sufrimiento.

Rojo y verde; verde y azul; azul y rojo. Si hablamos de colores, los colores primarios de la luz tampoco alcanzan a tocarse, se funden, pero de igual modo se encuentran separados por las tonalidades secundarias, terciarias y así sucesivamente. El rojo es separado del verde por el amarillo; el verde del azul por el cian y; finalmente el rojo del azul por el magenta.

La estructura de la cinta se presenta por medio de diversos códigos, el primero es temporal. Las secuencias se hilan a partir de rótulos que navegan de 1984 a 1991, de 2001 a 2009, de forma lineal y empleando todas las combinaciones posibles.

También a través de hechos, una clase de hecho en particular: la fiesta. Carnavales de criaturas extasiadas y confundidas. La primera, es la del cumpleaños al que es invitado Matías. Una fiesta de disfraces, nadie es lo que aparenta: “mientras más dulce sea la lengua del lobo, más afilados serán los dientes”. La segunda, cuando Alice invita a Matías a la fiesta de Viola –su aparentemente nueva y única amiga–. Viola esperaba que Matías la rechazara pero –aparentemente– no fue así,  razón por la cual Viola se pone celosa y humilla a Alice dentro de un carnaval de adolescentes embriagados por el néctar (la palabra) de su abeja reina (Viola).

La tercera es la boda a donde es enviada Alice a tomar fotografías. Fiesta y momento de catarsis. Matías le concede un viaje a su psique a Alice, le cuenta lo de Michella.

Así mismo, dentro de estas tres etapas de la cinta, se encierran un par de códigos más. Pictóricos y de la puesta en escena. En las fiestas suele emplearse una especie de neblina que –además de marcar elipsis– sirve para penetrar la víscera de la cabeza de los protagonistas.

Saverino Constanzo (director de la cinta)  emplea también como símbolo del laberinto cerebral el “cuartooscurobaño” de Alice. Lugar que, pronto al desenlace de la película, es penetrado por Matías.

Costanzo, quien antes había dirigido Private (2004) nos hace viajar a través de los laberintos de mente y carne de los personajes. Venas cortadas y amores imposibles.

La soledad de los números primos es la resaca del carnaval, aquello que se pudrió antes de que éste haya concluido. Es a lo que realmente podría llamársele “vidas paralelas”. Es el retrato de dos números primos; primos hermanos que, al igual que las líneas paralelas, jamás alcanzan a tocarse.

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