Si tuviera alas

Baños de una cafetería en la carretera. Unos segundos antes de descubrir que su acompañante tuvo una sobredosis ve en la cabina del baño la frase: “¿Qué estás haciendo?” Hasta este punto de la trama, el personaje no ha podido responder esa pregunta. O tal vez la pregunta va para nosotros: ¿Qué estamos haciendo con nuestra vida?

Ganadora del Grand Prix en el pasado Festival de Cannes, Balada de un hombre común es la nueva película de los hermanos Ethan y Joel Coen (Un hombre serio, 2009; Temple de acero, 2010). El film piezístico se centra en una semana de la vida de un cantante de folk que debe enfrentar diversas peripecias.

En manos de otro(s) realizador (es), la historia podría resultar un eterno cliché: el músico frustrado que no le encuentra sentido a la vida y que, tras enfrentar una prueba suprema, triunfa, encuentra el amor, y es feliz para siempre. Éste no es el caso. Aquí no hay triunfo.

Llewyn Davis (Oscar Isaac) es el hombre que camina contra el viento con su guitarra en una mano y el gato Ulises en la otra. Son los años sesenta y el mundo no parece tan distinto a como es ahora. Las personas son mezquinas y el dinero es lo que mueve. Pero Llewyn no está conforme sólo con existir. Tras la muerte de Mike, su compañero musical, busca el éxito como solista. Quiere vivir por y para la música. Canta: “Si tuviera alas, volaría como la paloma de Noé…”.

El ritmo del relato sigue al de la música. La guitarra acompaña en su travesía a Oscar Isaac, quien en otras filmes ya había demostrado su talento vocal —por ejemplo, para los créditos de Sucker Punch: Mundo surreal, cantó junto a Carla Gugino “Love Is The Drug”, de Roxy Music—.

La película explora esa búsqueda del sueño americano. De la felicidad no como una fase sino como un estado. Quienes están alrededor de Llewyn parecen conformarse con la vida que tienen y a él le sale todo mal por aspirar a algo más. ¿No es acaso lo que tendríamos que hacer todos? ¿Estar en una búsqueda constante de lo que nos llena?

La tragicomedia, tan característica de los Coen, no escapa a la historia. Los colores y la forma en que ambientan los años sesenta revelan cierta nostalgia por el ayer, pero además nos meten al mundo de Llewyn. En este caso, el título original (“Inside Llewyn Davis”) es muy acertado: al final comprendemos mejor al personaje, vemos como él ve; somos Llewyn Davis. La secuencia donde el personaje toca para el productor Grossman nos lo deja claro: conforme avanza la canción, la cámara se acerca a Davis, se adentra en él.

“Llewyn es el gato”. Porque se aleja; se escabulle por la primera puerta que ve abierta. Busca algo distinto. Pero, al final, siempre regresa y encuentra el modo de volver. Va tras sus pasos. Quizás en el camino aprende algo sobre sí mismo. O tal vez no. A lo mejor sólo nos hace reflexionar sobre nuestra vida y lo que haríamos si tuviéramos alas. ¿Quién volaría y quién se quedaría dónde está?

https://www.youtube.com/watch?v=gt9BfXLMcH4

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